martes, 7 de diciembre de 2010

Camus y la literatura como filosofía



Hay vidas que caben en una caja de galletas, vidas que se convierten en un trozo de metralla y quedan olvidadas en el ruido de las guerras; en una lata como sepultura.
El mundo está lleno de tragedias y de muerte, y las guerras de la primera mitad del siglo XX determinaron la vida y la obra de Camus y de toda una generación de pensadores, de artistas, de filósofos, y de hombres sencillos… que veían cómo la bella Europa se desangraba en guerras e ideologías totalitarias que la sembraban de muerte y horror.
Y mientras el pequeño Albert aprendía a andar en su ciudad natal de Mondovi, Argelia, su padre moría en plena batalla, apenas a unos kilómetros de donde el propio Camus se la dejaría 46 años después en un accidente de automóvil. El destino a veces nos prepara encuentros siniestros.
Me imagino cómo debió ser para Camus crecer sin haber conocido a su padre, mirar de reojo aquella lata de galletas, seguro que debajo de la cama, o en el estante de un armario en la cocina donde su madre debía esconderla y en la que guardaba ese pequeño fragmento de metralla que lo dejó huérfano en la batalla del río Marne, hermoso afluente del Sena, cerca de París en el otoño de 1914, cuando él apenas había cumplido once mes y recién comenzada la Primera Guerra Mundial –el 28 de julio al declarar Austria la guerra a Serbia–.

Albert Camus nació en Argelia en 1913. Pertenecía a una familia pied-noir –franceses nacidos en Argelia y colonos emigrados–.
Filósofo, escritor y dramaturgo, creador de la filosofía del absurdo, como su destino y el de toda una generación que vivió las guerras y revoluciones del siglo pasado, y del anterior, de éste, y de los que seguirán mientras el hombre siga siendo ese lobo que es para sí mismo. Creció en plena guerra de las colonias y pronosticó con una gran visión la llega de las dictaduras a los países descolonizados de esa forma tan brutal como la que dio lugar a la guerra de independencia de Argelia.
Nadie como él representa la dicotomía humana, la contraposición de dos posturas filosóficas: Rousseau Vs Hobbes. Su filosofía contrasta con su obra literaria, que en mi opinión, lleva el espíritu de Rousseau, por muy nietzcheniano y existencialista que muchos piensan que fue. La naturaleza del hombre en Camus es buena, cree en la bondad del ser humano: el mal, viene después, negando el pecado original. Hay una frase en El contrato social de Rousseau que expresa muy bien el sentimiento político de Camus: « Renunciar a la libertad es renunciar a la cualidad de hombres, a los derechos de humanidad e incluso a los deberes». Luchó por la liberación de la esclavitud de los oprimidos, por la rebelión de los pueblos sometidos. Reivindicó al hombre bueno, la lucha por la nobleza y la sencillez criticada por Sartre. Militó por un periodismo crítico y por la búsqueda de la verdad como esencia. El pensamiento y la filosofía de Camus estuvieron en desavenencia y disputa ontológica con Sartre y con el existencialismo de su nausea, sin propósito, sin finalidad para el hombre y el mundo. Luchó contra el estalinismo y toda forma de dictadura.
Influido por el pensamiento de Nietzche y su amor la tragedia griega, es heredero directo de todos los padres de la filosofía y del pensamiento político que sustentan nuestros modernos conceptos occidentales del mundo: la libertad, la democracia, el estado de derecho y la laicidad. Su construcción filosófica y su activismo no se dejaron abatir por la derrota y el fracaso del hombre, que sí supura por su obra literaria.
Y es aquí donde tenemos las dos caras de la moneda del propio ser humano: por una parte, sus personajes literarios representan la indiferencia, la imposibilidad de cambiar el futuro, el absurdo de la existencia; quizás ese existencialismo que él intentaba superar de Sartre. Y por otro lado, su pensamiento y compromiso político nos revelan a un hombre comprometido con su tiempo, postulando con vehemencia la lucha continua por la libertad y la militancia proactiva con la idea del cambio.
No debemos olvidar de donde proceden nuestros conceptos que nos han liberado de la antigua servidumbre, y que al mismo tiempo nos ha lanzado a una lucha sin cuartel a defender los valores que creemos que deben regir a una sociedad de hombres libres. Y aunque a éstas alturas de posmodernidad tecnológica y materialismo científico, nos parezca anticuado ese discurso, sabemos perfectamente, después de haber conseguido los preceptos democráticos, que seguimos siendo siervos de una sociedad de consumo que nos aparta de la naturaleza y que utiliza nuevas formas de esclavización.
Camus, reivindicó la naturaleza de la obra de su admirado Nietzsche con la buena intención de limpiar su imagen del negativismo nihilista y del mal uso y apropiación que había hecho el nazismo de ella. En El hombre rebelde dedica parte de la obra a esclarecer el pensamiento de Nietzsche, al que le dedica el capítulo «Nietzsche y el nihilismo». En este ensayo filosófico, trata de aclarar su postura ante el nihilismo negador de todos los valores, para fundar el nihilismo que afirma, que crea, que construye una jerarquía de nuevos valores con el propósito de denunciar los regímenes totalitarios en una búsqueda continua de justicia laica. Hay un punto medular en su visión del hombre y su filosofía cuando dice que:

«No hay pensamiento absolutamente nihilista, sino, quizás, en el suicidio»

Y éste es un punto esencial en su filo-literatura que queda expresado muy bien en El mito de Sísifo. Aquí suicidio y absurdo van de la mano en esa piedra que carga Sísifo a su espalda, planteando el absurdo de la existencia humana y sus categorías.

«No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía.
Las demás, si el mundo tiene tres dimensiones, o si el espíritu tiene nueva o doce categorías, viene a continuación
»

En el comienzo de El mito de Sísifo revela la esencia de este pensamiento:

«Los dioses habían condenado a Sísifo a rodar sin cesar una roca hasta la cima de una montaña desde donde la piedra volvería a caer por su propio peso. Habían pensado con algún fundamento
que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza
»

Para Camus, Premio Nobel de Literatura en 1957, predecesor de Juan Ramón Jiménez y antecesor de Boris Pasternak, el suicido es el contrario a la vida y al absurdo de ésta, que toda vida lleva implícito, y por supuesto no lo justifica, sino todo lo contrario: reivindica al hombre rebelde ante las injusticias, ante los órdenes establecidos. Hace de él un ser social y comprometido, pero consciente de su absurdo final, como bien plantea en El hombre rebelde:

«La conclusión final del razonamiento del absurdo es, en efecto, el rechazo del suicidio
y el mantenimiento de esa confrontación desesperada entre la interrogación humana y el silencio del mundo
»

Dioses, fundamentos, naturaleza, condena, esperanza, inutilidad, castigo, destino. En este ensayo encontramos ya todo el humanismo moralista de Camus.

Y centrándonos en la cuestión literaria, Camus postuló por la novela como filosofía: por la literatura filosófica. Dijo, que una novela no es más que una filosofía puesta en imágenes, y, que si se quería ser filosofo había que escribir novelas. Y desde luego, no hay más que leer El extranjero. En el Mito de Sísifo, vemos a un hombre insatisfecho de su condición humana, al amparo de los mitos griegos. Para Camus, la literatura, lo que llamamos ficción, debía ser la expresión de los conceptos filosóficos del artista.
El extranjero, La caída, La peste y El huésped, son novelas mayores de la literatura europea en las que el premio nobel reflexiona profundamente sobre la condición humana y su destino. Quizás, sea El extranjero la novela que mejor condensa el absurdo y la indiferencia del destino y de la muerte, donde la luz tiene una importancia vital en el hombre del sur que él mismo representaba, con un concepto de lo trágico que ha de ser superado por la vida. Juicio, acción y castigo para poner en valor la absurdidad de la justicia de los hombres.
Por las novelas Camus planea la sombra de Kafka. El extranjero y La Peste son grandes obras que me sugieren al escritor Checo. Y con el teatro quiere dar un paso más; ya no se conforma con la novela, quiere encumbrar al teatro a una categoría superior con Calígula, Estado de sitio y Los justos.

El 4 de enero de 1960, murió estrellado contra un árbol en el Facel Vega 500 de su editor y amigo. El accidente se produjo por el reventón de una rueda, a 113 kilómetros de París, cerca de La Capelle Champagny, impactando violentamente contra un plátano, único árbol de una recta de 5 km. Conducía su editor Michel Gallimard, que murió unos días después. Viajaban también la esposa de éste y su hija de 15 años que salieron ilesas. Llevaba con él La gaya ciencia y un manuscrito de El primer hombre, novela en la que trabajaba a modo de autobiografía, publicada inconclusa por su hija Catherine en 1994. En ella el autor evoca su nacimiento y juventud en su querida Argelia de pobreza, en la que el futbol y el teatro ocupaban su interés juvenil. La muerte feliz fue publicada también inconclusa en el 71.


Hay algo muy importante para comprender a Camus, como a cualquier hombre, y es su infancia. Su madre era de origen español, de una humilde familia menorquina. A él le gustaba alardear de sangre española. Catalina Elena Sintes era una mujer taciturna, sentada siempre al lado de una ventana, en la oscuridad –palabras del propio Camus en El primer hombre–. Era sorda y analfabeta; no hace falta añadir nada más… Yo, me la imagino vestida de negro con un pañuelo en la cabeza y zapatillas de esparto mirando al vacio de una ventana sobre la luz de un desierto, mirando hacia ese vacío que habita en el corazón de Monsieur Meursault, protagonista de El extranjero. Camus la debía amar profundamente como muestra esta declaración que escribió:

«Ninguna causa, aunque sea inocente y justa, me separará jamás de mi madre, que es la causa más importante».

Y que pronunció en su discurso del Premio Novel. Qué declaración reveladora... No es de extrañar que en El extranjero la figura de la madre sea un eje fundamental en el argumento, y por lo que se le condena a muerte a Mersault: por su incapacidad de amar a la madre como justificación de una naturaleza depravada que lo enajena como ser humano, y por eso, por su incapacidad de amar a la madre, es capaz de cometer el peor de los crímenes: cuestión que justifica su sentencia a muerte. La justicia de los hombres cae sobre aquél incapaz amar a la madre. La madre como principio de vida.
Y su madre, la de Camus, guardaba ese trozo de metralla que asesinó a su marido un 11 de octubre de 1911, en una caja de galletas, quedando viuda con dos niños pequeños. Tras la muerte de su esposo se trasladaron de Mondovia a Argel, quedando Catalina con los dos pequeños bajo la tutélela de la madre de su marido, al parecer una autoritaria suegra. Catalina debió ser una mujer peculiar, quien sabe si llegó a vislumbrar cómo moriría su hijo. Dicen que las personas con minusvalías desarrollan ciertas capacidades. Que siniestra metáfora para la muerte del gran escritor.


Finaliza 2010 y con él el cincuentenario de la muerte de Albert Camus, un pensador y sobre todo un gran escritor que ha influido poderosamente en toda una generación de escritores, y que sin duda, seguirá haciéndolo a quienes lean su obra. Una obra truncada por una muerte inapropiada, como siempre suele ocurrir con ella.

martes, 19 de octubre de 2010

Alzheimer

Alzheimer I

Llegó al mostrador de facturación algo fatigado de tanto andar por los largos pasillos colapsados, pidiendo perdón con amabilidad, a la gente que se apretaba en sus filas sin dejar pasar a nadie. Después de tropezarse con varios carritos cargados de maletas, llegó a su ansiada meta el uno de agosto. La azafata miró asombrada su billete y le dijo con cariño que su avión había despegado el año pasado. El hombre, con ojos de incredulidad, lo guardó en el abrigo y se fue para casa. Pensó para consolarse que un olvido lo tiene cualquiera.




Alzheimer II

El uno de agosto llamó a un taxi. Le dijo al conductor que le llevara a…, bueno, a ese lugar donde hay tantos aviones. El taxista le dejó en la puerta de un enorme edificio. El hombre, se maravilló al ver las aeronaves colgadas en los altos techos del…, curioso, al ver esos cacharros metálicos se acordó del nombre: eso es, aeropuerto, ¡estaba en el aeropuerto! Se acercó al mostrador para sacar la tarjeta de embarque. Le entregó a la azafata el billete, ella lo leyó atentamente y llamó al supervisor. Hablaban entre ellos. Le miraban. Al final, la azafata amablemente le dijo con una linda sonrisita, que por exceso de tráfico aéreo se había cancelado su vuelo. El hombre se encogió de hombros y le dio las gracias sin entender qué podía haber pasado. Dobló cuidadosamente el billete, lo guardó en la gabardina y salió por una puerta en la que estaba escrito: Le esperamos de nuevo en el Museo de Aviación. Gracias por su visita. Y tomó un taxi de regreso.


Alzheimer III

Sonó el despertador a las nueve de la mañana. Se levantó muy contento y vio su maleta preparada al lado de la cama. Se duchó, se afeitó canturreando delante del espejo; se vistió, chequeó el billete, se puso su mejor abrigo y cogió la maleta. Con ella en la mano dio varias vueltas por la habitación; se sentó en la silla, se puso a pensar y, al final, con una mueca de resignación en el rostro, dejó la maleta en el suelo y se sentó en la cama. No recordaba lo que tenía que hacer esa mañana. Ni siquiera recordó qué día era.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Miguel Delibes, sociólogo accidental


Con la muerte de Miguel Delibes se cierra definitivamente una época de España, concluye (esperemos que no regrese nunca) la larguísima etapa de pobreza y oscurantismo de la sociedad rural española, que desaparece también con Delibes. Un autor profundamente castellano que escribió con una visión realista y sin nostalgia del pasado, con toda la dureza de un presente fracasado por la guerra civil, la posguerra y la dictadura, y que marcó su mirada del español de mitades del siglo XX. Con todas sus miserias y esperanzas.
La vida en el campo, el paisaje humano y geográfico de Castilla, la diferencia de clases en el espacio rural, que aliena por igual al terrateniente y al siervo, representa el imaginario más potente y creativo de su narrativa.

Su escritura se desarrolla principalmente en la ruralidad española, tan denostada por sí misma y que el autor Vallisoletano recrea con el realismo de la propia experiencia, cultivando en el fracaso de sus personajes caminos de optimismo y ternura. En El Camino (1950), nos muestra el mundo de la infancia, de la muerte; el idealismo juvenil que luego se esfuma como el humo de una hoguera; la naturaleza y el paisaje que tan presente está en todas sus obras, utilizando un lenguaje claro y sencillo, tan reconocible y familiar para el lector, que hace de él su mejor recurso.

Miguel Delibes atesora en sus páginas un conocimiento profundo del campo castellano, de la caza, de la botánica, de la pesca, de los útiles propios de una sociedad rural que experimentaba la naturaleza con toda su potencia y sus recursos, también con toda su miseria, describiéndola con la precisión técnica propia de un científico, que es a la vez poeta de un pueblo humillado y dominado por la estructura oligárquica de la antigua España.
Retrató al hombre rural en su propio hábitat como ningún otro autor del siglo XX, con el lenguaje del hombre humilde y rendido, consciente de su experiencia vital, sin artificios ni experimentaciones narrativas, con un estilo trasparente, costumbrista y tradicional que le alza precisamente hacia lo complejo y universal. Delibes utilizó una riqueza de términos asombrosa y abundantísima, gran experto del discurso popular, usando un caudal de refrenes y dichos, expresiones y locuciones populares que atesora en toda su obra, y nos muestra su discurso a través de las voces de sus personajes que se camuflan entre los rastrojos y los páramos con la escopeta al hombro.
Gran amante y experto conocedor del campo y de la caza en todos sus términos, reivindicando la simbiosis del hombre con su medio; el hombre cazador que se une con la naturaleza en la más primitiva de las asociaciones, en un respeto profundo, absoluto y sensible por orden natural del la vida y de la muerte.
Miguel Delibes, Camilo José Cela, Buero Vallejo, Torrente Ballester, Carmen Laforet, son autores que nacieron antes de la guerra civil, y que la posguerra les conduce a una escritura nacida en la experiencia de la desmoralización, del escepticismo y la desorientación. Son nuestros grandes narradores de la generación del 36 definidos por el realismo social.

Casi todas sus novelas se escenifican en el espacio angosto del pueblo o de la pequeña ciudad de provincias, donde el dominio y la violencia esclavizan al individuo y cercenan su libertad a la servidumbre del cacique. Cinco horas con Mario (1966), se desarrolla en el espacio estanco del monólogo interior de una mujer que conversa con su difunto esposo, profesor e intelectual comprometido, recurriendo a la dialéctica del reproche, de la confrontación y la denuncia de dos visiones distintas del mundo; de la relación de pareja y del fracaso social, y de su propia soledad y frustración como mujer en la encrucijada de las dos Españas. Quizás sea Las ratas (1962), una de sus novelas más duras, en la que un niño de once años y su padre tienen por hogar una cueva donde sobreviven cazando ratas, a la merced del dominio oligárquico en el que el drama está servido.
Delibes entra en el rango del observador etnográfico que mira, escucha, registra, anota y distribuye el material de campo con el que elabora su narrativa, sus personajes, los dramas humanos que son fiel reflejo de su observación profunda y científica del contexto social y microsocial de su entorno, trabajando como el etnógrafo y el sociólogo. Y es así como elaboran su escritura los escritores realistas que aspiran a ser fiel testigo y testimonio del hombre de su época.

Con el paso de los años, la obra de Delibes da fe de un comportamiento humano y una estructura social que se ha transformado radicalmente hacia los valores de la equidad y la justicia con el proceso de democratización de la sociedad española, a raíz de aquel gran pacto de estado que supuso la transición, el estado de derecho y la democracia.
En Los santos inocentes (1981), nos dibuja un retrato cruel y certero de una conciencia social deshumanizada y en descomposición, pone de manifiesto su reivindicación de justicia social, y proporciona un auténtico testimonio de la época en que vivieron los padres y los abuelos de la actual generación de jóvenes de las nuevas tecnologías y del ocio masivo, que ya, no reconocen en la obra de Delibes al español medio que resistía en nuestros pueblos y ciudades no hace más de veinte años.
Quizá no falten ahora autores que testifiquen nuestras formas actuales de vida en el pueblo o en la pequeña ciudad (son abundantes los escritores que lo abordan), y que indudablemente tanto ha cambiado para mimetizarse con la libre impersonalidad urbana de las últimas décadas; pero desde luego, con la profundidad y el oído atento que puso Miguel Delibes, con su observación minuciosa y literal del medio, su esperanza y humanidad, desbordan cualquier consideración que rechace su actualidad.

Miguel Delibes fue un gran observador de la interacción del individuo en el angosto espacio social en continuo conflicto que se desarrolla en las décadas de los 40 a los 80 en la sociedad española, y se alza como el mejor de los sociólogos de una época que desaparece con él. Su escritura desvela no sólo las formas de vida y costumbres de Castilla y de los pueblo de España que salieron hacia otro continente en busca de pan o de grandeza, sino de toda una nación que se transformó radicalmente en el siglo XX, ya irreconocible en la obra de Delibes, pero quizá todavía con las mismas pasiones.

Artículo publicado en la revista El Extramundi y los Papeles de Iria Flavia, Nº LXII.

martes, 31 de agosto de 2010

El cuento y el valor de la brevedad



Parece que los críticos, empujados por las editoriales, unas verdaderamente valientes a la hora de publicar pequeños libros con grandes historias breves, y otras, las grandes, compitiendo con sus novelistas que se atrevan con la brevedad, están poniendo en valor el cuento como género.

Tras el largo reinado de la novela, que llena de tinta cientos y cientos de páginas para pescar al ansiado lector y lo embauca, lo seduce, lo hechiza con todas sus artes y sus malicias y lo zarandea entre su sus aguas profundas hasta casi ahogarlo por mil veces revolcándolo entre sus corrientes como si fuera un barco a la deriva, el cuento se asoma por la proa. La novela es un océano que mueve sus aguas atrayendo con sus cantos de sirena al tímido lector que se mire en sus reflejos, y le susurra al oído que cómo ella, no hay ninguna.

El cuento se está desperezando. Intenta hacerse un hueco en las listas de ventas, en los lineales de las grandes librerías, en los medios especializados y, sobre todo, entre el gran público, un público poco acostumbrado a las historias cortas, por muchos motivos. Uno de ellos es lo poco que cunde un librito de relatos; no el tocho de los cuentos completos de Chéjov, con dieciocho tomos, que no hay quien se los lleve a la playa. Otro motivo es «lo rápido que se leen», dicen muchos. «Que cuando lo acabas te quedas con cara de póker esperando más», dicen otros. «Lo poco que cunde por lo que pagas por ellos. Para eso me compro una novela que dura más», me dio a entender una conocida el otro día cuando terminó mi libro y me llamó por teléfono para decirme lo mucho que le habían gustado mis historias de acido surrealismo, «aunque tan cortas…», me susurró tras el auricular.
La verdad es que no supe que decir, me quedé aplastada sobre el asiento del sofá y no me dejó ni rechistar para interpelarme, para cuando la novela.

Pero el relato tiene su lector, el que busca intensidad y no rellenar el tiempo, ni las tardes aburridas de verano. El cuento te deja respirar, te permite cambiar de historia como quien cambia de zapatos cuando te aprietan, y sobre todo, te insta a leerlo de nuevo para aprehender todo lo que esconde (los buenos), si te atreves.

Este año se conmemora el 150 aniversario del nacimiento del maestro del cuento, y sobre todo del más prolífico escritor de relatos de toda la historia de la literatura, Antón Pávlovich Chéjov. Su herencia y su técnica son después de un siglo, modelo y estudio para todo escritor que se asome al relato corto. Y cualquier motivo es bueno para leer a este médico que tomó como amante a la escritura. Exceptuando algunos artículos en varias revistas de cultura, que han aprovechado la efeméride para lanzar los cuentos de varias editoriales y revalorizar a los escritores de relatos, nuestro Chéjov está pasando sin pena ni gloria por los ámbitos culturales de nuestro país. Me encantan sus personajes turbadores, alienados e incapaces de cambiar el curso de su destino en un espacio social indiferente al hombre, el mismo hombre que camina por nuestras calles, solo que viste diferente y lleva un móvil en el bolsillo.
Sin duda, lo cotidiano nos atrapa igual que al caballero y a la dama de la Rusia del siglo XIX, recién liberados de la servidumbre, pero nosotros no preparamos ninguna revolución, sino que ahondamos en el estancamiento de nuestra vida de sofá, playa y ordenador que busca historias largas para pasar el tiempo que se nos echa encima.
Nada como Chéjov para entrar en el cuento del siglo XX y disfrutar de la lectura maravillosa de El violín de Rotchschild, La dama del perrito, Las ostras, La corista, Aniuta, Tristeza, Velodia, El pabellón número 6, Vecinos, En la barbería….

Y como dice el refrán: lo bueno, si es breve, dos veces bueno, y para eso Chéjov.

martes, 27 de julio de 2010

Una mañana de verano en Berlin



Paseo por Berlín. Por la puerta de Brandemburgo, por el Checkpoint Charlie, entre los restos de muro pintados, entre calles con cruces blancas apostadas en las verjas de los parques que llevan un nombre que una vez perteneció a un hombre o mujer que intentó buscar la libertad, la emoción de ser dueño de su propio destino aunque ese destino ya estuviera escrito y sentenciado; da igual, todos tenemos derecho a creer que podemos escribir el nuestro y tenemos la obligación moral de huir de aquellos que intenten manipularlo.
Y me emociono y casi lloro, y ando y ando y veo los tranvías pasar a mi lado cargados de ojos y de bocas, y de brazos y piernas que no veo, y recuerdo el pasado de esta ciudad que está escrito en cada esquina, en mismo pavimento. Las bicicletas pasan veloces. El silencio de Berlín me sobrecoge. Dicen que los españoles somos muy bulliciosos, que por allá donde vamos se nos nota y nos miran con cierto desprecio por ello, pero el sonido de la voz humana me reconforta, me dice que lo que hay a mi alrededor es real y que existe. En esta ciudad no escucho más que el sonido lejano de las rudas de los autos y las bicis cuando surcan el asfalto. A la gente no se le oye, parece que sólo susurran, como las hojas de los árboles cayendo en el otoño del Tiergarten a los pies del Ángel caído. Pero no tengo pudor, y me adentro en tranvía hacia los profundos barrios del este. Aquí la cosa cambia, estoy lejos de la isla de los museos, del Bundestag, de la ciudad oficial y del Unter den Linden. La suciedad cotidiana y el malestar de la cultura se apoderan de los edificios, de las aceras y la calle, no veo ningún biergarten por más que los busco para tomar una cerveza. Y es que éstos berlineses que andan deprisa y van en bicicleta, se siguen pareciendo a los ciudadanos que quedaron tras el telón de acero. Un telón de acero invisible que se te mete en el alma cuando paseas por las calles de Berlín y piensas en lo que pasó aquí mismo, bajo mi apartamento no hace más de 60 años, construido sobre el búnker de Hitler donde se suicidó, bajo estos mismos edificios y las aguas tranquilas del Spree que serpentea la ciudad.

Esta mañana me despertaron unas voces que hablaban en inglés bajo mi ventana, era un guía americano en medio de un círculo de turistas que lo escuchaban con gravedad y atención, como si hablara de algo brutal, transcendente y verdadero. Nunca he visto a un grupo de turistas sentirse más partícipes de una historia que a éstos. Me metí para dentro, me até la bata, me desperecé, me preparé un café soluble y, con la taza en la mano, volví a asomarme a la ventana de mi habitación que da un jardincillo entre la Gertrud-Kolmar Straße y la An der Kolonnade. Me aposté sobre el alfeizar y me quedé observándolos. Sentí que ese grupo velaba por mantener vivo el recuerdo de un tejido subterráneo como un laberinto de muros de 4 metros de espesor construido en 1935 a quince metros de profundidad para servir de refugio antiaéreo a uno de los individuos más crueles de la historia del hombre. El Führerbunker era una estructura de habitaciones subterráneas al que se trasladó Hitler el dieciséis de enero del 45, casi al finalizar la guerra, y en el que vivió sus últimas semanas protegido de los continuos ataques sobre Berlín que la dejó enterrada en sus propios escombros, y en el que se suicidó junto a su mujer Eva Braun, justo antes de la entrada inminente de los rusos en la ciudad.

Escuchaba al guía que decía que los restos de ambos fueron sacados al exterior, ahí mismo, sobre un punto de tierra hacia donde miraban los turistas de pantalón corto y sandalias, y ahí mismo fueron quemados para evitar que los rusos apresaran sus restos. Vi que unos cuantos levantaban la cabeza y me miraron, no supe qué hacer con la taza de café en la mano. Escuché que este edifico tranquilo y compacto donde resido por unos días ha sido edificado sobre la Cancillería del búnker. El gobierno comunista que dividió la ciudad dinamitó el Führerbunker, dejándolo caer en el olvido en esta placita de jardines descuidados, hasta que hoy por la mañana me asomé para escuchar a estos turistas que me despertaron.

El verano de Berlín es fresco y me daba en la cara. Las grises estelas del monumento al holocausto asomaban a lo lejos como lápidas de titanes. Veía ya gente caminar entre ellas, a pesar de que eran las nueve de la mañana. Yo seguía atenta al guía que explicaba lo que ahí mismo sucedió hace sesenta y cinco años, justo bajo mi ventana. No quería escuchar lo que ya había leído, no quería saber que bajo esa placita de jardines desaliñados vivió Hitler sus últimos días. Estamos en 2010, en el euro, en la UE, nos creemos el ombligo del mundo, es occidente, nuestros valores democráticos nos protegen; o eso quiero creer. Vivo en un mundo tan ajeno a esa trágica historia de holocausto y de muerte, de un muro que separó a una ciudad y a todo un planeta en dos ideas irreconciliables, que siento vergüenza; no sé que he de sentir; y es que hoy diecinueve de julio de 2010, me parece un sueño macabro que nunca, nunca debió ocurrir; y que si no fuera por lo que es, por esos turistas rodeando a un guía con voz de pito, haciendo preguntas dolorosas, podría decir, que ha sido una terrorífica pesadilla de un sueño en el que nunca nos debimos dormir.
Me desperecé y me metí a la ducha para ir a ver a la bella Nefertiti.

viernes, 9 de julio de 2010

Nuestra invictus: ¿conseguirá la roja unir a la nación?




¿Será acaso nuestra selección de fútbol el Nelson Mandela de nuestro país? ¿Serán nuestros “Springboks” quienes consigan con sus victorias, pero sobre todo con su espíritu de unión bajo una misma bandera, lo que nuestra clase política intenta escondiendo la mano y tirando la piedra del nacionalismo separatista a todos los españoles?

Los jugadores de la selección española nos han dado una gran lección que nunca tendríamos que olvidar. Y es que han estado por encima de las miserias políticas, las disputas partidistas... y de la intolerancia de los nacionalismos que reivindican la separación de España. Los propios jugadores –la mayoría del Barça– han demostrado, con la frente muy alta, que España, somos todos.
Y se han partido el alma, y nos la han partido a todos, con esa lección que han dado a su país y al mundo entero de lo que debe ser un equipo. Porque cuando corrían por el campo de extremo a extremo no lo hacían sólo tras un balón, el balón era la excusa que los unía por una misma causa, quizás también por un honor manchado –aunque ya estemos muy acostumbrados los españoles a que nos lo ensucien, y muchos de nosotros seamos sus mejores abanderados– y motivados por una ilusión que va más allá de la victoria del propio juego y de las ganas de triunfo; y es que éstos deportistas, éste entrenador y éste equipo sabían perfectamente lo que significaba esa victoria, como el propio Mandela lo supo y fue capaz de construir un país destrozado por el odio.

No puedo evitar acordarme de la película Invictus de Clint Eastwood, basada en la novela Playing The Enemy: Nelson Mandela y The Game that Made a Nation, de Johon Carlin, y quedarme pensativa al ver este magnífico film que hizo posible que Morgan Freeman interpreta a un Nelson Mandela que sabía perfectamente que un partido podía unir a una nación. Qué pena que nuestros dirigentes políticos sean hombres de miras tan bajas –aunque algo han intuido, aunque sea para limpiar su imagen–. Y si un partido y un equipo fue capaz de unir una nación segregada por el apartheid a punto de una guerra civil, nuestros jugadores ayer también hicieron entender a este país, que algunos políticos intentan segregar, que nuestra nación está más viva que nunca, deseosa de una reconciliación, aunque a muchos se les atragantara la victoria de un equipo que nos dejó a todos con la boca abierta.
La categoría humana y la elegancia que han derrochado las dos selecciones nos ha asombrado a todos, y al igual que el español, el equipo alemán ha superado a sus políticos, como suele suceder en el deporte. Una vez más, el juego limpio y la deportividad se han puesto por encima y ha emocionado al mundo entero.


Y como aquel junio de 1995 en que Sudáfrica ganó el campeonato del mundo de rugby en el Ellis Park de Johannesburgo, España juagará el 11 de junio de 2010 en el Soccer City Stadium también en Johannesburgo. En el Soccer City dio Nelson Mandela su primer gran discurso tras ser liberado en 1990. Será el encuentro más importante de la historia de nuestro país, pues ya hemos ganado, nos pongamos o no por delante del marcador a Holanda, en el esfuerzo por haber dejado el orgullo de ser español donde no ha estado en su historia. Que tomen nota.

Y reivindico más que nunca el poema Invictus de William Ernest Henley:

"También nosotros somos los amos de nuestro destino: capitanes de nuestra alma".


Fuera de la noche que me cubre,
Negra como el abismo de polo a polo,
Agradezco a cualquier dios que pudiera existir
Por mi alma inconquistable.
En las feroces garras de las circunstancias
Ni me he lamentado ni he dado gritos.
Bajo los golpes del azar
Mi cabeza sangra, pero no se inclina.
Más allá de este lugar de ira y lágrimas
Es inminente el Horror de la sombra,
Y sin embargo la amenaza de los años
Me encuentra y me encontrará sin miedo.
No importa cuán estrecha sea la puerta,
Cuán cargada de castigos la sentencia.
Soy el amo de mi destino:
Soy el capitán de mi alma.













Artículo con Copyright: todos los derechos reservados

sábado, 3 de julio de 2010

Video: Borges y la ceguera. Conferencia de Jorge Luis Borges, el 3 de agosto de 1977 en el Teatro Coliseo de Buenos Aires.

video

Borges era un erudito, un creador.... un sabio de la palabra. El testimonio de un gran genio de la literatura, que nunca escrubió una novela. "Por qué utilizar cuatrocientas páginas para decir lo que se puede escribir en diez", decía. Y él lo demostró con su maestria de la condensanción y el manejo del tiempo.

Bajo la luna
el tigre de oro y de sombra
mira sus garras.
No sabe que en el alba
han desrozado un hombre.

Fragmento del poema "Tankas".
J.L.B.

jueves, 17 de junio de 2010

Sismógrafo Zhang Heng



¿Que es un sismógrafo Zhang Heng?

Zhang Heng fue un inventor y astrónomo chino. Realizó mapas estelares, inventó el prototipo de la esfera armilar, escribía poesía... pero lo que le hizo famoso fue el detector de terremotos inventado por él en el año 132 d. C., es decir, 1700 años antes del primer sismógrafo europeo. Este artilugio, que es como una vasija, tiene a su alrededor ocho dragones marcando los puntos cardinales. Cada uno tiene en la boca una bola de cobre, al menor movimiento símico, el drágón que se orienta a él abrirá su boca y su bola caerá en la boca de su rana. El científico entonces sabrá la orientación del terremoto. Lo que no hacía este sismógrafo era medir su intensidad. Como vereís ha quedado ya un poco anticuado, pero es un invento original.

¿Por qué Cuentos del Sismógrafo?

La protagonista del relato Sismógrafo, que da nombre al libro, regala a su padre un sismógrafo Zhang Heng para su octógesimo cumpleaños. Él, sismólogo octogenario, poco a poco se va desplazando de su lugar en el mundo por una enfermedad que lo va desintegrando. El final es sorprendente, el sismógrafo Zhan Heng acabará vengándose de su crimen.

También, quise trasmitir la idea de que los cuentos están salidos de un sismógrafo, cómo si ese invento fuese capaz de contar historias y de crear personajes imaginarios, capaces de emerger del fondo de la tierra.

Torre de Hércules



Dicen que por la noche se ven brillos y luces en las ventanas de la torre, y que desde el mar y en la lejanía móvil y vibrante del agua, se refleja su único habitante. Hombre o mujer o niño o niña que se mueve de ventana en ventana como se mueven los planetas alrededor del sol. La luz naranja del ocaso se esconde entre los huecos horadados por el aire en la piedra de sus muros, que alumbra con su ojo de cíclope a los barcos que buscan la costa.
También dicen que un niño romano murió ahogado entre sus acantilados cuando la última piedra era puesta encima de las miles de piedras que la levantaron, y que el niño fue enterrado bajo los últimos fragmentos que empedraban el suelo. Y que ese niño, dicen, que ha crecido bajo la torre haciéndose un hombre, tan grande y fuerte que sus brazos y sus piernas se extienden por el suelo ahuecando la tierra, como raíces que buscan la humedad. Y que la península sobre la que la torre se alza, es el cuerpo del pequeño Hércules subterráneo que emerge a la superficie con las tres cabezas de Gerión en la mano. Y también, que ese hombre o mujer o niño o niña que va de ventana en ventana por las noches, y que ven los barcos desde el horizonte, casi desde América, es el alma del niño romano que vaga por la torre cuando subsuelo se duerme y el mar se oscurece.
Y que el faro es una estrella que se apaga, escondida en la retina del Hércules que alumbra el camino de los barcos perdidos que buscan el jardín de las Hespérides.



Homenaje a la Torre de Hércules de La Coruña al ser declarada
Patrimonio de la Humanidad


Mercedes de Vega
Madrid, veintinueve de junio de 2009

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