lunes, 8 de junio de 2015

El Madrid de la II República en la novela Cuando estábamos vivos

El Madrid de la II República, de Mercedes de Vega
Cuando estábamos vivos
y el Madrid de la II República

"Acaba de publicarse una edición especial con un suplemento en el que narro la relación de la obra con el marco histórico en el que intentan sobrevivir los personajes de Cuando estábamos vivos". 

La II República es el espacio temporal de la trama de Cuando estábamos vivosEl final de los años 20 y la crisis del 29, da comienzo a una década transcendente para Europa. El golpe de estado militar, la resistencia de Madrid a caer en el asedio y el comienzo de la Guerra Civil, son los sucesos que empujan a los protagonistas de mi novela a su catarsis personal. El ambiente, una vez más, como personaje poderoso que modifica las vidas y el destino de todos los que deambulan por las páginas del relato y, que a su manera, intentan sobrevivir  y cambiar el curso de los acontecimientos.

La época no fue una elección elegida desde el principio, cuando comenzaba a desarrollar la novela en mi cabeza; llegó después, al escribirla. Intentaba narrar la muerte de un personaje; eso es lo que quería escribir; el resto fue apareciendo poco a poco. Y como ese personaje existió en la realidad y quería darle vida y ser fiel a su época, debía contextualizarlo, recrear todo su mundo y su historia, y su contexto vital. Y ese contexto era el la II República. Así que puse a trabajar a toda una época para que diera forma a todos los avatares que narro en mi relato y hacer de él un territorio de leyenda y de símbolos que me permitiesen reelaborar una genealogía familiar, épica y legendaria, como las que se forjan en los tiempos de grandes crisis sociales.

La II República fue etapa de ruptura y cambio, pero también de diversión, de libertad, de toros, de teatros, de cines y de opinión desenfrenada en los cafés y los hogares. De la bohemia a la tradición, de los barrios nuevos a los extrarradios más allá del ensanche. De un urbanismo que explota a una efervescencia estética que transforma la ciudad para elevarla a la modernidad y acabar con la hacinación y las penosas condiciones de vida. De un nuevo siglo de avances tecnológicos y nuevas corrientes artísticas e innovadoras. La época de vanguardias de Dalí, Picasso, Miró y Buñuel. Una generación que fraguó la identidad moderna de España.

Y si nos preguntamos por qué Madrid es el escenario de la novela, contestaría que a la ciudad de Madrid se adscriben mis protagonistas porque Madrid es mi ciudad, la ciudad de mis padres y en la que acontecieron los hechos que narro.

Porque el Madrid los años 20 y 30 era la esperanza, la modernidad, el futuro, las oportunidades. También lo eran Barcelona, Bilbao, Valencia, Sevilla… y sus cinturones industriales a los que acudían miles trabajadores de todos los lugres de España.

Madrid, junto a las principales ciudades españolas, era el espacio de representación de la vida de la élite política, social, artística y cultural; y también de sus antagonistas: los desheredados y los disidentes. Hombre y mujeres expulsados del campo y de la tierra, con la miseria a cuestas, las manos vacías y los ojos grandes que llegaban a Madrid en busca de trabajo, de un futuro digno, urbano, cosmopolita, libre; un bienestar que no encontraban en sus lugares de procedencia, en el espacio rural, acaparado por el antiguo régimen del caciquismo y la falta de innovación, sumido en el atraso.

La gran ciudad como la ilusión en la que comenzar la construcción de una esperanza, como ocurría en todas las urbes europeas, receptoras de inmigración rural y también extranjera.
Madrid duplicó su población en los primeros treinta años del siglo XX. La mayoría de las las capitales de provincia vieron incrementadas con rapidez sus poblaciones. Con ello, la diversidad cultural de su habitantes pone en marcha la necesidad de un cambio en la estructura económica y social. La necesidad de una vida mejor generó un profundo deseo de cambio que nacía espontáneamente. Ese anhelo de cambio está representado en la novela a través de Francisco Anglada. Ellos provienen del sur de Aragón y personifica a una burguesía ilustrada que nunca llegó a hacer su revolución francesa.

Madrid de la II República, de Mercedes de Vega
Pero Madrid no pierde su identidad con los flujos migratorios. Se reafirma así misma como un espacio de diversidad humana en la que no se rechaza a nadie ni se pide nada a cambio. Todos los que llegan la hacen suya. Madrid se deja querer y amar por los que llaman a su puerta, con las manos vacías o llenas. Y todos se la diputan y la afirman para hacerla suya, como a una gran amante, como la propia Lucia Oriol y Francisco Anglada que hacen de Madrid su amor, su refugio y su tragedia. Madrid da carta de ciudadanía a todos sus habitantes; a los que viven en grandes casas y palacios pero, también y, sobre todo, a los que llegan a las pensiones, a las buhardillas, a las casas de corrala y a los sotabancos, como "la mujer de los pechos vacíos" con la que termino la novela.

Mis personajes, como el Madrid de la República, desean borrar de la geografía de la ciudad la visión barojiana que continúa en los años 30. El autor escribe en 1903:

… Madrid está rodado de suburbios, en donde viven peor que en el fondo de África un mundo de mendigos, de miseria, de gente abandonada…

Baroja, Pío: "Crónica: Hampa". El Pueblo Vasco, 18-IX-1903

Cuando estábamos vivos lleva el impulso del Madrid de la literatura de la generación del 98 con vocación europeísta de Pio Baroja, Azorín, Valle Inclán y Unamuno. Pero tampoco olvida a los castizos madrileñistas como Carlos Arniches y Ramón Gómez de la Serna. Éste inaugura la tertulia literaria en el café Pombo de las vanguardias artísticas del periodo de entreguerras. Escribe Ramón Gómez de la Serna, en Nostalgias de Madrid:

Madrid es tan novelesco, que su novela perfecta es la de lo insucedido.

Es la época en que asistimos al renacimiento del arte y de la literatura con el impulso innovador y vanguardista de la llamada "Edad de Plata" que pone el broche de oro al Madrid literario y artístico de la España de la II República.

Todos hicieron de Madrid su escritura. Ciudad sedienta de todas las estéticas y todas las filosofías, con un inmenso amor por la vida. Desde los cafés literarios, la Residencia de Estudiantes y el Ateneo, las grandes voces de la literatura española escribían su identidad. Dámaso Alonso, Luis Cernuda, Rafael Alberti, Vicente Alexaindre, Federico García Lorca, Juan Ramón Jimenez, Max Aub… escriben en la geografía madrileña como en una hoja en blanco en la que dar forma el pensamiento libre, como el de Ortega y Gasset, Ginés de los Ríos y la Institución Libre de Enseñanza. La mayoría de los escritores de esta explosión literaria terminaron en el exilio, como León Felipe, o desaparecieron dramáticamente en el conflicto, como Lorca y Miguel Hernández. Ellos darán paso a la literatura de la desolación y de la añoranza, tras la Guerra Civil, la II Guerra Mundial y los estragos del fascismo.

Es también la España de 1934, cuando el Congreso aprueba el sufragio femenino, tras un caluroso debate en sus escaños entre dos diputadas, abogadas y feministas, que han logrado romper resistencias y llegar a lo más alto en la política: un escaño en las Cortes. Y son Clara Campoamor y Victoria Kent. La una a favor y la segunda en contra de otorgar el voto a la mujer, representan una muestra de los antagonismos de aquellos años agitados.

Y este es el contexto, el marco narrativo de la II República, que, junto al turbulento espacio político español, con de la huida de un rey y la caída de la monarquía, 26 gobiernos en 8 años de República, cuatro elecciones: una municipal y tres a Cortes Generales, y un golpe de estado militar apoyado por el fascismo de Italia y Alemania, conforma la génesis de Cuando estábamos vivos, que finaliza como la mismísima II República: con el levantamiento militar y la Guerra Civil que ya entra en Madrid por la Ciudad Universitaria y el Parque del Oeste.

Cuándo estábamos vivos, de Mercedes de Vega
He querido hacer de Madrid un territorio mítico porque en la II República la ciudad asienta su identidad moderna, como moderna es Lucia Oriol y la libertad con la que vive por todos los rincones de la ciudad. Una ciudad que cambia su fisonomía.

Desde principios de siglo, el nuevo urbanismo intenta racionalizar el trazado de las calles con nuevos edificios monumentales que dan paso a nuevos barrios. Como la Ciudad Lineal de Arturo Soria, ideada por el urbanista para la convivencia de todas las clases sociales en un entorno propicio a la vida higiénica y saludable. Es la ciudad de grandes arquitectos, como Antonio Palacios, que diseña el Circulo de Bellas Artes, El Palacio de Comunicaciones, el Gran Casino de Madrid, entre otros. Se construye la nueva Ciudad Universitaria (ya iniciada en 1927), diseñada por el equipo de López Sotero para sustituir a la antigua de la calle San Bernardo. Se proyecta el complejo gubernamental de los Nuevos Ministerios, encargado por el ministro de Obras Públicas Indalecio Prieto, en los terrenos del hipódromo, a Secundino Zuazo que diseña también la prolongación de la Castellana. De ese arquitecto bilbaíno es el Palacio de la Música y la emblemática Casa de las Flores (en el mismo barrio de Argüelles en el que residen los Oriol y los Anglada), y donde vivió Pablo Neruda por recomendación de su amigo Rafael Alberti, durante el tiempo en que fue cónsul de Chile en Madrid, entre el año 34 y el 36. En la guerra, la Casa de la Flores se encontró en el frente de batalla, sirvió de cárcel y de arsenal y dicen que el gran patio interior se convirtió en campo de fusilamiento.

Pero antes, la ciudad crece hacia los suburbios y arrabales que soportan la presión del cinturón periférico, donde se amontan los obreros sin trabajo en chabolas, descampados, a lado de los traperos como el de Tetuán de las Victorias. Y también se desarrolla hacía sus planificados ensanches racionalistas como la nueva colonia de El Viso y el Parque-Residencia, diseñadas por Rafael Bergamín, cercanas a los altos del hipódromo, para alojar a una clase media que ansía crecer y consolidarse.

Madrid se transforma y sus habitantes con ella, al igual que Cuando estábamos vivos transita por esta época hacia otra bien distinta.

En este entono se fragua la historia y la trama de la novela, y toman vida y acción todos y cada uno de sus protagonistas. Ellos se mueven por los parques, cafés y callejones. Por esas calles estrechas, como la del Príncipe, en la que se inaugura en 1917 la primera sinagoga da Madrid, en un piso particular. La II República continuó con la política filosefardita comenzada por el senador Ángel Pulido y Alfonso XIII, y acogió en España alrededor de 3.500 judíos refugiados del nazismo. Otros llegaron antes, con la depresión del 29 y los pogromos europeos. Algunos judíos del Protectorado y del Mediterráneo se instalaron en España con la llegada de la República. Pero para las órdenes religiosas no corrían buenos tiempos.

También Cuando estábamos vivos es el Madrid de los hospicios y de los hospitales de beneficencia, con sus más de 45.000 niños sin escolarizar en 1931.Donde las obras de caridad y filantrópicas se solapan con los esfuerzos de los gobiernos para terminar con una población sumida en la pobreza.

Y este es el relato de la ciudad que hoy heredamos y que testimonio en las páginas de esta novela. 79 años después, solo aspiro a que el lector haga suya por un instante la historia de este libro, como mis personajes han tenido que hacer suya la época en que existieron, si alguna vez estuvieron vivos.


Madrid, junio de 2015


Mercedes de Vega
Cuando estábamos vivos, de Mercedes de Vega

martes, 26 de mayo de 2015

Presentación de la novela Cuando estábamos vivos, Mercedes de Vega.

Mercedes de Vega. Cuando estábamos vivos.




Con el lema: "Lucía Oriol destruye tabúes", se presenta en la librería de Logroño, Santos Ochoa, Cuando estábamos vivos.
Miércoles 27 de mayo a las 19:30.



Primero tendremos una charla en el club de lectura Café con libros 

domingo, 15 de marzo de 2015

Cuando estábamos vivos. Novela.

Cuando estábamos vivos, Mercedes de Vega


El 16 de abril sale a la venta Cuando estábamos vivos. Tras varios años de incansable trabajo de escritura y de gestación, por fin ve la luz en una exquisita y cuidada edición de Plaza y Janés, en pastas duras. Un gran trabajo de un gran equipo.

Y aquí ya están sus personajes: Lucía Oriol, Jimena Anglada, Francisco y David, y Juliana Roy esperando tomar vida bajo la luz de la lamparita de noche, o en el metro o en el autobús asomándose por las páginas del libro a las calles de Madrid, o de cualquier pueblo o ciudad para comenzar sus aventuras en la imaginación del lector. Pues solo así, al ser leída, esta historia que he escrito se pondrá hacer real, todo lo real que puede ser la ficción. Y a la espera de su lector, está impaciente por vivir Cuando estábamos vivos

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Madrid, 1928. En los albores de la Segunda República, Lucía Oriol, cambia el rumbo de su vida cuando conoce a Francisco Anglada, viudo empresario de origen judío que adquiere, por el doble de su valor, una residencia a la familia Oriol en la calle Pintor Rosales. Lo que comienza como una aventura amorosa, se enreda cuando llega a Madrid la adolescente y conflictiva hija de Francisco. La relación entre ambas, la doble vida de Lucía y el pasado oculto de los Anglada, destaparán un torbellino de secretos de los que nadie saldrá indemne.

El amor de Lucía Oriol por un hombre atrapado en el laberinto del pasado, la necesidad de contar la verdad y de hacer justicia con sus descendientes, desarrolla esta profunda historia, inspirada en hechos reales, retrato dos familias y de una joven sin destino y de su trágica muerte. De lo que fue de su hijo en un Madrid convulsionado por la contienda, por al amor, la destrucción y el engaño. El comienzo de la Guerra Civil será el ácido que precipite el rumbo de sus vidas.

Una trama tejida en nuestra historia más personal, para mostrar que en todas las familias se esconden oscuros secretos que pueden resultar letales. Cuando estábamos vivos no es solo la historia de una mujer que debe afrontar su doble vida y elegir entre la razón y el corazón, sino también es el ambicioso retrato de una época y de un Madrid de grandes cambios. 

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Para comprarlo en venta anticipada, en ebook o papel:





lunes, 15 de diciembre de 2014

Los tipos duros sí bailan, de Mercedes de Vega

Los tipos duros sí bailan. Mercedes de Vega
Este cuento es todo un propósito de admiración a una de las mejores novelas de género negro, que para mí, se hayan escrito nuca: Los tipos duros no bailan. Y por supuesto una gran obra literaria poco común de encontrar en este tipo de textos.

Norman Mailer es el más delicioso de los narradores en una novela cuyo duro protagonista fascina a cualquier escritor que aspire a construir una buena obra de intriga.

Y como no he podido ni he querido resistirme a parafrasear esta historia en mi cuento, he construido una trama paralela en Los tipos duros sí bailan, que es un caso de hipertextualidad, de un texto, mi texto, que habla de otro texto, el de Norman Mailer; y de los avatares de su protagonista Tim Maden al que remite la trama de mi relato.

En fin, ficciones que hablan de ficciones y criminales que a lo mejor nuca lo fueron, como este mío que aquí dispongo para entregarle a las redes de mi blog.


Los tipos duros sí bailan

                   “Solo lamento una cosa, Madden —dijo Regency—.
               Y es que no nos emborrachemos hablando de filosofía”

Los tipos duros no bailan
Norman Mailer





Me vi despertar con el estómago destrozado, solo y despan­zurrado en mi sofá y en compañía del gato de Rebeca. La luz estaba desapareciendo del balcón. Tuve una sensación de desasosiego y sentí compasión de verme derrotado.

Mi ser se desintegraba. Las sienes me latían acosadas por la resaca y el descontrol de la noche anterior, y un terrible presagio me llenó de incertidumbre. El salón olía a mazmorra y el gato se había orinado en uno de mis zapatos. En cuanto pude recobrar la visión, le vi esos ojos traidores, amarillos, como lluvia ácida abrasándome la cara. ¿Por qué el puñetero gato de Rebeca me miraba con el odio que creí ver en sus pupilas, subido y repanchinga­do en la maleta de mi mujer, que vi entonces en medio del salón? Nunca me gustó ese gato sin raza. No me gustan los gatos. Pero por conservar a Rebeca hubiera hecho cual­quier cosa, hasta asesinar.

Esa, esa palabra; no, no quería ni pensar en esa pala­bra: a-s-e-s-i-n-a-r. Tuve un terrible presentimiento. Me venían imágenes desconcertantes a la cabeza. Una sensa­ción de agobio me subía por la garganta reseca del güisqui con el que debí continuar anoche cuando llegué a casa, porque vi la botella de Johnnie Walker vacía, tirada sobre la alfombra. Y ahí estaba la maleta de Rebeca, bajo el culo del gato. Empezaba a recordar lentamente. Esa maleta ahí, en medio, significaba que todavía mi mujer no se había largado con Eduardo. Me alarmé al verme la camisa que llevaba puesta. Me la regaló alguien en una de esas tontas reuniones de amigo invisible, con unas flores atroces y, que yo en mi sano juicio, nunca me pondría. Ni para estar por casa.

Me incorporé del sofá hecho unos zorros. Me dolía el alma. Otra borrachera descomunal. El gato me seguía observando y pensé en Rebeca. Reconozco que discutía­mos, pero eso le pone de buen humor y a su manera es feliz, sacando las uñas para afilárselas en mi cara cuando esto sucede, demasiado a menudo. Yo le doy cancha y le sujeto las muñecas para acabar haciendo salvajemente el amor con ella. Eso le encanta a mi mujer. El alcohol y las drogas habían pertenecido a nuestro escandaloso pasado como nos pertenece la infancia, pero agua pasada no mue­ve molinos, o eso queríamos creer.

Al espabilarme tuve el fatídico presentimiento de que ya no la volvería a ver. Creí recordar que Rebeca había decidido abandonarme. Una mujer como ella era nor­mal que al final acabara por largarse. Yo soy un don nadie, un tipo burlón y ocurrente, y a Rebeca siempre le hizo gracia que escribiera, aunque fueran libritos de autoayuda para yonquis y subespecies diversas con la soga al cuello en busca de una mano amiga que los ayude a salir del pozo en el que yo mismo había buceado durante algunos años, pero eso también era agua pasada. Ahora, por pri­mera vez en mi vida, disfrutaba de un empleo de oficinis­ta a media jornada, tiempo de sobra para escribir, y lo hacía mejor que nunca, tras pasar por varios talleres de escritura que abandonaba en las tres primeras sesiones, ¡espantado! Rebeca parecía contenta jugando a ser la espo­sa de un escritor, sin mucho convencimiento, porque me daba palmaditas en el hombro mientras se pasaba las horas subida a la cinta de correr hasta sudar como si aca­bara de salir de la ducha. Y con mujeres como ella nunca tienes la certeza de que te estén diciendo la verdad.

La resaca se volvía una feroz angustia en mi estómago. No deseaba presenciar mi fracaso, ni ver cómo me ponía los cuernos fugándose con ese tipo, creo que a París; ¡sí a París!; ni volver a oír su estúpida voz en el hipotético caso de que regresa con él a Madrid, en cuanto se aburriese de verle la cara de fantasma, envuelto en su manto de armiño, durante día y noche, y se aburriese de su absurdo aliento a pastillas de menta. Me llamaría desde algún restaurante caro y concurrido, de esos que a uno se le nubla la vista cuando el maître te desliza sobre el mantel de hilo la ban­dejita de plata y ves la factura con tantas cifras que ruegas a Dios que te toque el décimo de lotería que guardas en la americana. Esperaría a los postres y, con los efectos de las dos botellas de champagne que es capaz de beberse mi mujer, sin mojarse los labios, me llamaría al móvil para darme en los hocicos su recién comprada y exclusiva feli­cidad. Rebeca es de ese tipo, siempre le encantó hacerme rabiar y pavonearse para dejarme claro que soy un náufrago rescatado del Titanic, pero de tercera o cuarta clase.

Y en el fondo de mi ser esperaba que ella, tarde o tempra­no, consumaría el acto de largarse con el primero que le ofreciera una vida mejor. Pero lo que nunca imaginé, ni en el peor de mis sueños, es que yo pudiera ser capaz de llevar a cabo, con bastante exactitud y para evitar la hipo­tética llamada de Rebeca desde el hipotético restaurante, las locas ficciones de una novela, que, por cierto, había leído en dos ocasiones. Siempre me asombró la retorcida fantasía del autor: el viejo y potente Mailer. El Mailer duro y seductor de Los tipos duros no bailan que le fascinaba a Susana. ¡La dichosa Susana! Ella misma se encar­gó de regalarme esa novela la famosa noche que vino a cenar a casa con Eduardo, su segundo y rebuscado mari­do. Nunca supe de dónde narices los sacaba.

Empezaba a comprender. Según se oscurecía el salón, mi cabeza se recomponía lentamente. Tuve la impresión de que Susana ya no era mi gran amiga de juventud. Nos conocemos desde el instituto. Creo que con ella me une (o unía) un vínculo especial desde que nos graduamos, cuando se convirtió, de la noche a la mañana, en una rubia oxigenada y escondió sus zapatos planos para siempre en lo más profundo de su ser. Es remilgada y convencional y nunca sabes lo que está pensando de verdad. Sus ojos brillan como si estuviera siempre a punto de cometer un asesinato. Y durante todos estos años hemos cuidado nuestra amistad con delicadeza, como un jardín en el que no queríamos ni pisar, hasta que le presenté a Rebeca, nada más conocerla. Se cayeron razonablemente bien. Las dos tan rubias, y compitiendo por ser la reina de la noche, me hacía gracia de verdad. De vez en cuando salíamos los tres, y luego con las parejas sucesivas de Susana, hasta que conoció al segundo hombre de su vida (o eso dijo), reen­carnado en la atontada figura de Eduardo. Un tipo con aire de haber salido de un partido de polo, porque juega al polo, y con más dinero que la fábrica de la moneda, su principal y máximo atractivo con las mujeres.

Y, santo Dios… ¿Por qué las navidades pasadas tuve la infeliz idea de invitarlos a cenar a casa? Para mi sorpresa Rebeca se metió en la cocina (algo inusual) y preparó un estofado con chocolate (cuyo ingrediente principal no era el caco si no el hachís). Gracias a ese mágico componente, que los cuatro compartíamos como se comparten los secretos, nos estuvimos riendo como auténticos idiotas durante toda la noche, hasta terminar con el mueble bar completo. A las cuatro de la madrugada, Eduardo y mi mujer estaban tiesos en el sofá y Susana y yo bajamos al Seven de María de Molina a por una botella de güisqui y más cigarrillos.

Cuando regresamos la habían armado.

Rebeca y Eduardo estaban en nuestro dormitorio. Se apareaban como auténticos cangrejos. Mi primera reacción fue echarme a reír como a quien le cuentan un chiste que no entiende, pero Susana montó en cólera. Jamás la había visto tan fuera de sí. Su rubio y esponjoso cabello se erizó como las crines de un caballo a setenta kilómetros hora. Mi reacción no fue menos veloz pero me lo tomé con cierta filosofía. Susana corrió hacia mi sofá del salón insul­tando a mi mujer, como poseída por el Diablo, y se dejó caer. Se tapó la cara con las manos y comenzó a llorar. Yo la abracé para consolarla. Creo que el colocón de Rebeca y de Eduardo era más descomunal que el nuestro porque no tuvieron ni el detalle de echarse las sábanas por encima en cuanto abrí la puerta con la botella de güisqui en la mano para ofrecerles un trago. Reconozco que yo iba muy, pero que muy borracho, y pensé que Susana había perdi­do el juicio, pues seguía llorando y maldiciendo a mi mujer, a su marido y al pobre gato que huyó de una pata­da en el trasero que le atizó la buena de mi amiga.

—¡Es una ramera! ¡Jesucristo, cuánto la odio! ¡Quiero irme de aquí, por favor, Rafa, sácame de aquí!

¿Qué podía hacer más que abrazarla otra vez? Cogí las llaves del coche y la llevé a su casa. A mi regreso, Eduardo había desaparecido y Rebeca dormía a pierna suelta sobre las sábanas. Por la mañana, a ninguno de los dos nos ape­teció mencionar el incidente nocturno y corrimos un velo como quien baja el telón de una horrible obra, hasta que ayer Susana lo levantó, y bien levantado.

Desde esa noche dejamos de salir con Susana y Eduar­do y no volvimos a verles, como es natural. Aquella torpe­za de mi mujer supuso un antes y un después en nuestras vidas. De aquello hacía más de diez meses. Y ayer Susana se presentó en mi oficina de los ferrocarriles para invitar­me a almorzar. Estaba seguro. Los exalcohólicos tenemos un olfato especial para oler la verdad que no deseamos ni ver al día siguiente. Empezaba a acordarme con bastante soltura, considerando la borrachera de novato de la noche anterior. El dolor de cabeza me dejaba de atormentar.

Recuerdo que me sorprendido gratamente volver a reen­contrarme con Susana, aunque por su serio rostro, pues se mordía el labio inferior continuamente, algo le preocupaba, y mucho. Bajamos a la cafetería de la estación y nos senta­mos en una mesa discreta, tras pasar por el bufete y pillar­nos un menú de 15 euros. Llevaba una falda negra muy estrecha, tan estrecha que creí que no se la podría sacar esa la noche, y sus ojos negros me parecieron más violentos y atractivos que nunca. Pensé que era una pena no haberme casado con ella. Pero nunca fui su tipo, sobre todo porque mi sueldo no es lo que una mujer de su clase espera de un hombre como yo. Su cabellera rubia y salvaje le caía por los hombros como una promesa de odio. Para mi extrañeza ni tocó el panaché de verduras, porque sacó del bolso, en cuanto nos sentamos, el mismo libro rojo del viejo Norman Mailer que me regaló aquella fatídica y última noche en mi casa que yo no quería ni recordar, porque mi mujer pasó unas semanas insoportables, metiéndose con Susana cada dos por tres, sin mencionar explícitamente su etílico aparea­miento con Eduardo, y me gritaba: “Estúpida amiga tuya…, no sabe aguantar una broma, ¡es una remilgada y una hipó­crita! ¡Menuda mosquita muerta! Pobre Eduardo. A mí por lo menos se me ve el plumero. ¡Que la follen!”. Yo no entendía el porqué de aquella aversión repentina hacia Susana, si consideramos que fue Rebeca quien forzó la situación. Y así es mi mujer, explosiva e inmisericorde; audaz, tan audaz que creo que tuvimos que pararle los pies, y con un pasado oscuro y escasa familia, ya desaparecida. Gracias a Dios.

Pero vuelvo al almuerzo con Susana en la estación por­que tengo la impresión de ver otra vez su pérfida cara abriendo el libro de Mailer. Despegó sus labios rosados para decirme que lo estaba releyendo por enésima vez y no dejaba de asombrarse de las ideas que le rondaban por la cabeza. “La cabeza, sí, la cabeza”, dijo, saboreando esas palabras. La miré perplejo por las significaciones que tie­nen las cabezas en la novela. Y lo que a continuación vino a contarme me alarmó completamente.

—¿Qué está pasando? —pregunté.

—¿Que qué está pasando? Algo muy de esperar. Tu mujer se está follando a mi marido. ¿Te parece poco? Y des­de hace tres meses, desde esa escenita en vuestra cama.

Me sentí como aplastado por un tren de mercancías conducido por Susana.

—¿Estás segura? Son acusaciones muy graves. ¿Tienes pruebas? ¿No será el estrés producido por aquella fea impresión de mi casa? Rebeca es una loca pero… Estába­mos borrachos, habíamos fumado, fue una tontería… Ella hace cosas sin sentido, pero liarse con Eduardo…

—No fue una tontería, Rafa, ¡en absoluto!, porque el jodido Eduardo me lo ha confesado esta misma mañana. ¡Está loco por ella y se largan! ¡Se largan! Han estado vién­dose todo este tiempo, los muy… Pobre Rafa, esa guarra te la ha pegado bien pegada. Voy a omitir los detalles de la espantosa discusión con mi marido, pero solo te digo que me ha firmado un cheque por más de lo que le hubie­ra sacado jamás por echarme a un lado y dejarle el camino libre. ¡Pobre imbécil! Nunca nadie me ha humillado de esta forma horrible. ¡Oh, Rafa!, tenemos que hacer algo. ¡Me va a abandonar! Y es la segunda vez que me sucede… ¡No voy a poder soportarlo! ¡Me tenía que haber casado conti­go, mierda!

—Venga, Susi, como en los viejos tiempos, eh, manten­gamos la calma.

Susana lloraba de nuevo ante mí y no supe qué hacer, ni qué decir, pero la volví a abrazar en medio de la cafe­tería sin darme cuenta de que era yo el otro destinatario de aquel engaño. Levantó su bonita mirada con sus ojitos enrojecidos y exclamó:

—Pero ¿no te das cuenta? ¡Se largan mañana! —vi en sus labios el color del pánico—. A las siete de la tarde, en tren, y con destino a París, ¿me oyes? ¡A París! Salen desde Chamartín. ¡Y no pongas esa cara! ¿No te lo crees? ¡He visto los dos billetes con mis propios ojos!

Me llevé las manos a la cabeza y pensé en las veces que Rebeca me había pedido que la llevara a París, en ese mis­mo tren, y por supuesto en Gran Clase, en cabina indivi­dual, cocinero y champagne, ¡mucho champagne!; y siempre le di largas. París no es una ciudad que me guste, y viajar en tren, después de gastar todas mis mañanas en las oficinas de una estación, no me ilusionaba especialmente. Y se lo habría sacado al incauto de Eduardo haciendo buen uso de todos sus encantos. El muy estúpido había picado. En el fondo es algo que le pega a Rebeca. A ella le apasio­nan los trenes nocturnos (es decir: todo aquello que se pueda hacer en la oscuridad) y colarse en las tiendas de una nueva ciudad, a desfalcarlas, si le es posible. Rebeca defini­tivamente no poseía alma.

Tras las terribles revelaciones del mediodía anterior, e intentando mantener mi cínico escepticismo, solo me podía acordar de que Susana y yo salimos de la estación y nos meti­mos en una de las cientos de tascas del barrio de Huertas y, luego en otra y luego en otra; y un güisqui, y otro y otro, y así hasta perder el sentido. Creo que tomamos un taxi porque un coche blanco con franja roja casi me atropella. Recuerdo un fuerte empujón para meterme dentro. Luego me vi danzando y danzando como en una pista de baile, y se me ha borrado de la memoria todo lo que hicimos después.

Me levanté por fin del sillón, medio mareado y dispuesto a averiguar qué había sucedido la noche pasada. Enseguida me llamó la atención el hueco de la estantería. ¡Faltaba el libro de Mailer!, el mismo que me regaló Susana y que había desplegado con aire de triunfo en el almuerzo de la estación, si se puede llamar así lo que hicimos. Los pensa­mientos tenebrosos me llegaban a la cabeza como bombas atómicas. Mi cerebro se convirtió en un banco de niebla. Miré el reloj. Eran las seis de la tarde, faltaba solo una hora para que París me arrebatara a mi mujer. ¿Y si la noche anterior yo había sido capaz de tomar drásticas medidas para evitar ese viaje?, borracho y emporrado para tener valor, empujado por ese tren de mercancías conducido por Susana. ¡No! No me creí capaz de semejante barbaridad. ¡Acabar con la vida de Rebeca! ¡Cortarle la cabeza como en la novela de Mailer! Quizá, esa era la idea retorcida de Susana, con el rollo del libro, para forzarme a hacer algo tan terrible. Llegué a la conclusión de que ciertas mujeres esta­ban desposeídas de alma. Pero no era el momento de pensar en almas sino en cuerpos, y el de mi mujer no estaba en casa.

Registré frenéticamente todas las habitaciones. Rebeca había sacado sus prendas de los cajones y faltaban zapatos y ropa interior, seguro que todo lo encontraría en su male­ta. Quedé atrapado en un mar de dudas y preguntas des­cabelladas. Estaba seco. Me temblaban las piernas. Fui hacia el mueble bar y me serví una ginebra. Era lo único que había. El trago me despejó enseguida la cabeza y me armé del valor suficiente para acercarme a la maleta de Rebeca, dispuesta en medio del salón, como si alguien la hubiera dejado allí por algún motivo. El gato se había escondido, y fue cuando vi el libro que faltaba de la estan­tería, tirado detrás de la puerta del salón. Me acerqué como quien se acerca a la escena de un crimen y entorné la puerta lentamente dando con el pie la vuelta a la nove­la. Para mayor horror estaba manchada como de sangre por los lomos y la di una patada para alejarla de mí como si fuese un inmundo escarabajo. En ese momento sonó un teléfono móvil. Giré la cabeza en dirección a la maleta porque el sonido venía de su interior. Lo dejé sonar y sonar hasta que retornó el silencio más absoluto a mi salón. Ya casi no veía, pues la luz del ocaso estaba des­apareciendo por mi balcón.

Debía intentarlo. Tenía que salir de dudas. Miré a mi alrededor y no encontré signos de violencia, ni manchas de sangre, ni nada que indicara las ideas macabras que se me pasaban por la cabeza. Así que me acerqué a la male­ta de Rebeca, con la camisa de flores que jamás me pon­dría, para averiguar qué estaba pasando, si es que pasaba algo o toda mi excitación era producto de la borrachera de la pasada noche. Recordé la clave de la cerradura que enganchaba la cremallera. Hizo clic, y la deslicé lentamen­te unos centímetros, los suficientes para meter el brazo y encontrarme con lo que me imaginaba: una bolsa como de basura, atada con su cinta de plástico. Algo por dentro me decía: “¡No, no sigas!”, Pero seguí tocando hasta palpar lo que había dentro. Retiré la mano dando un alarido, pues toqué pelo como apelmazado de una cabeza, y me dije: “muchacho, serénate, mantén la calma”. Respiré hondo y volví a introducir el brazo buscando ahora sin tanto temor, para reconocer al tacto el rostro de mi mujer, su nariz puntiaguda y sus pómulos redonditos y ya rígidos, su duro cabello todo revuelto, y la oreja: ¡su oreja!, con los cinco pírsines que yo mismo le había comprado en el Rastro.

¡No quise saber más! Subí la cremallera y volví a colo­car el candado. Me temblaban los dedos como si estuvie­ran pegados a una taladradora. Caí en el detalle del candado. Quien cerró la maleta conocía el código, y Rebe­ca no pudo ser, estaba claro, y no creo que Susana cono­ciera ese detalle de nuestra intimidad, salvo que se lo hubiera preguntado a mi mujer antes de asesinarla. “Sí, asesinarla”, eso pensé, ¡loco de mí!

Lo primero que pude hacer fue llamar a Susana. Tras cinco inútiles llamadas solo conseguí escuchar su fría voz a través del contestador automático. Cualquiera que haya leído la novela de Mailer, sabrá que lo que encontró en el zulo del bosque de Truro, en el que escondía la marihua­na, su loco protagonista Tim Madden, no fue solo la cabe­za de su mujer dentro en una bolsa de basura, sino dos, ¡dos cabezas de mujer! Pero yo no iba a ir más allá rebus­cando en la maleta de Rebeca para comprobar si solo estaba su cabeza, o dos, y también la de Susana, y sus cuerpos, o lo que el Diablo hubiera escondido en ella.

¿Y si el Diablo era yo? ¿O era Susana? ¿O ambos? Los dos teníamos motivos para asesinar a Rebeca. Pero yo no soy un asesino; como luego se supo que Tim Madden no cometió los dos homicidios cuyas cabezas alguien escon­dió en su zulo, para incriminarlo.

Me estaba volviendo loco.

El tiempo me acercaba a la salida de ese tren con los pró­fugos amantes. ¿Y si el idiota de Eduardo había corrido la misma suerte? A ver quién explicaba aquello a la policía.

Así que siguiendo mi negro código de conducta de escritor de poca monta y dispuesto a rematar la situación y resarcirme, me puse la americana. Y con esa pinta de prófugo caribeño con la barba crecida y el pelo de pun­ta por las impresiones, cogí la maleta de Rebeca, con su cabeza dentro, y la rodé hasta el garaje, la metí en el maletero y salí hacia la estación de Chamartín. Su teléfo­no sonó en la maleta un par de veces durante el trayec­to, hasta que paró. Mi terror se desvanecía. Abrí la guantera, cogí un porro de mi cajita de emergencia y me lo encendí. Lo necesitaba para idear lo que le diría al marido de Susana en caso de encontrarlo esperando a mi mujer.

Enseguida vi al majadero de Eduardo en el andén, y respiré aliviado al ver que vivía. Porque aunque fuera un estúpido jugador de polo no se merecía morir. Tampoco Rebeca. Pero ahora no podía pensar en ella. Lo encontré apostado sobre una columna llamando por teléfono. Pensé en el móvil de Rebeca, pero ya no sonaba. Me paré frente a él con la maleta de mi mujer en la mano, como un imbécil.

Cuando levantó la vista me miró como si se le hubiera aparecido el Diablo en persona. Casi da un alarido.

—Tranquilo, hombre. Vengo en nombre de Rebeca —dije con la voz más convincente que pude encontrar en mi garganta—. Soy un pacifista. No me gustan las escenas —¿pero qué idiotez estaba diciendo? Eduardo me miraba con los ojos abiertos como platos, y proseguí:

—A la madre de Rebeca le ha dado otro ataque. Está en la residencia, y mi mujer acompañándola. Ya te habrá contado… La anciana tiene demencia senil y le dan unos ataques terribles, pero se le pasan en 24 horas. Rebeca se dejó el móvil en casa y llamó para que te avisara. Ella es así. Mañana se reunirá contigo donde tú ya sabes. Eso es lo que me dijo: que cogieras el tren sin ella. Mañana a medio día toma un vuelo para la ciudad que tú ya sabes. Y yo, como buen esposo que quiere recuperar a su mujer cuando se harte de ti, vengo a decírtelo, en son de paz —y levanté la mano como si fuese un indio.

—Rafael, ¿te estás burlando? ¿Qué has tomado?

—¡Te lo juro por Dios! Mira, te he traído su maleta, para que la lleves contigo cómodamente en el tren y así maña­na ella no tenga que facturar en el aeropuerto; te la pongo en bandeja, tío. Yo soy así, generoso. Quiero que regrese a mi lado.

—No sabía que tuviese a su madre en una residencia —la verdad, yo tampoco, me dije a mí mismo, porque hacía más de diez años que había muerto la pobre mujer.

—Sabes tan pocas cosas de ella… —exclamé, subiendo los hombros.

—Eres un perdedor —dijo con saña Eduardo.

—Bueno…, ya sabes que soy seguidor de Adam Smith, y siempre pensé que la riqueza del hombre proviene de su propio trabajo y no del oro ni la plata, ni del capitalismo salvaje.

No sé, me sentía animado y empezaba a decir tonterías. Para mi suerte, escuchamos los dos la partida inminente del tren. Eduardo dudaba. No sabía qué hacer, perplejo y arrinconado, como a quien le meten un gol. Le acerqué la maleta. La cogió y la levantó en vilo; creí que se le caía, pues pesaba lo suyo y se le fue hacia un lado, pero la subió al vagón haciéndose el fuerte, y él detrás, como un autómata al que le han dado cuerda. Y yo había encontra­do la llave.

A modo de despedida, mientras una súbita felicidad acudía a mi encuentro al ver al mentecato de Eduardo subido al tren, con la cabeza de Rebeca en la maleta y vete tú a saber qué más, dije, así de homenaje:

—¡Ah…! Y dile a Susana, si la ves, que los tipos duros sí bailan.

—Vosotros, como siempre, hablando en clave —me contestó, y me dio la espalda con la maleta de Rebeca cogida por el asa haciéndola rodar por la alfombrilla para alcanzar su asiento.


Y viendo partir su tren, de repente, me acordé de todo y salí en desbandada.


Premios del tren 2014


http://www.premiosdeltren.es/

jueves, 30 de octubre de 2014

Premios del Tren "Antonio Machado" 2014

Premios del Tren, Mercedes de Vega


Mercedes de Vega ha sido finalista y accésit por segundo año consecutivo en los Premios del Tren "Antonio Machado" 2014, con su cuento ´Los tipos duros sí bailan´ que convoca  la Fundación de los Ferrocarriles Españoles y la Fundación Española Antonio Machado, 

Se han presentado a esta edición 2014, 668 autores de 21 países, con 715 obras: 257 poemas y 458 cuentos.
Este certamen está consolidado como uno de los más importantes de España, no solo por su dotación económica, sino también por su gran trayectoria y nivel de premiados del mundo literario español e internacional. En sus treinta y ocho ediciones se han presentado al concurso unos 40.000 escritores. 

Los autores premiados en las dos modalidades, han recibido en el Palacio de Fernán Núñez, sede de la Fundación de los Ferrocarriles Españoles en Madrid, los Premios del Tren 2014 ‘Antonio Machado’ de Poesía y Cuento. El escritor Juan Antonio González Iglesias ha sido Primer Premio de Poesía; el Segundo Premio de este apartado lo ha recibido Adolfo Cueto. Primer Premio de Cuento para Felipe Benítez Reyes y el Segundo Premio para Manuel Moya.

Las otras ocho obras premiadas con Accésit:

·  Poesía: Carlos Alcorta, Aurora Guerra Tapia, Manuel Moreno Díaz y Manuel Terrín Benavides.

·  Cuento: Mercedes de Vega,  Ricardo Menéndez Salmón, Carlos Castán y María de las Nieves Morales.

 Todas las obras se reunirán en un libro que se publicará dentro de la colección ‘Premios del Tren’ en diciembre de 2014.

Premios del Tren 2014
Han formado parte del Jurado de esta edición: Clara Sánchez (escritora), Manuel Vilas Vidal y Alberto Ramos Díaz (ganadores de los Premios del Tren 2013), Luis García Montero y Jesús García Sánchez (Comité de Lectura), Manuel Núñez Encabo (director de la Fundación Española "Antonio Machado"), Juan Miguel Sánchez García (Ministerio de Fomento), Sergio Acereda (dirección de Comunicación – Renfe), José Luis Semprún (dirección de Comunicación – Adif) y Juan Altares (gerente del Área de Cultura y Comunicación Externa) que actuará como Secretario.

El fallo y la entrega de los Premios del Tren ha tenido lugar el día 28 de octubre, fecha en la que se conmemora el ‘Día del Tren’ recordando la inauguración del primer ferrocarril que funcionó en la península, la línea Barcelona-Mataró.

En la web del concurso se incluye toda la información sobre este concurso literario, las obras premiadas en la modalidad de Cuento y Poesía, los currículos de los autores y las galerías fotográficas de las ceremonias de entrega de premios. Esta página recibe más de 57.000 accesos anuales.

Mercedes de Vega, Premios del Tren

Los Premios del Tren “Antonio Machado” de Poesía y Cuento siguen la larga trayectoria marcada por el Premio de Narraciones Breves "Antonio Machado", instituido por Renfe en 1977 y organizado por la Fundación de los Ferrocarriles Españoles desde 1985. Después de 25 años del Premio de Narraciones Breves, se convocó en 2002 la primera edición de los Premios del Tren, “Antonio Machado” de Poesía y Cuento.

La Fundación de los Ferrocarriles Españoles organiza múltiples actividades  con el objetivo de incrementar la participación del mundo de la cultura y de la sociedad en general en la promoción del ferrocarril. Pocos medios de transporte e inventos de la modernidad han atraído al mundo de la cultura con la intensidad del ferrocarril. El universo que rodea al tren ha despertado desde sus comienzos, hace 166 años en España, los afanes creativos de escritores, fotógrafos, músicos, pintores, escultores o cineastas.


Fundación de Ferrocarriles Españoles
Santa Isabel, 44.  28012 Madrid


viernes, 4 de abril de 2014

Lectura de cuentos de Mercedes de Vega en La Noche de los Libros

LECTURA DE RELATOS


"De todos los instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo (...). Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y la imaginación"
J. L. Borges


Y para festejar la existencia de tan fascinante creación, la Comunidad de Madrid celebró, por noveno año consecutivo, LA GRAN FIESTA DE LA NOCHE DE LOS LIBROS.

La biblioteca Francisco Umbral participó en este acontecimiento anual con Mercedes de Vega.

Hubo una lectura dramatizada de sus cuentos por la actriz Paloma Pérez Montoro, que leyó varios relatos del libro Cuentos del Sismógrafo, y el cuento La ultima vez que vi a mi hermano, accésit en los Premios del tren "Antonio Machado" 2013.




BIBLIOTECA FRANCISCO UMBRAL
Salón de Actos.
C/ Las Norias, 39.
Majadahonda, Madrid.