lunes, 15 de diciembre de 2014

Los tipos duros sí bailan, de Mercedes de Vega

Los tipos duros sí bailan. Mercedes de Vega
Este cuento es todo un propósito de admiración a una de las mejores novelas de género negro, que para mí, se hayan escrito nuca: Los tipos duros no bailan. Y por supuesto una gran obra literaria poco común de encontrar en este tipo de textos.

Norman Mailer es el más delicioso de los narradores en una novela cuyo duro protagonista fascina a cualquier escritor que aspire a construir una buena obra de intriga.

Y como no he podido ni he querido resistirme a parafrasear esta historia en mi cuento, he construido una trama paralela en Los tipos duros sí bailan, que es un caso de hipertextualidad, de un texto, mi texto, que habla de otro texto, el de Norman Mailer; y de los avatares de su protagonista Tim Maden al que remite la trama de mi relato.

En fin, ficciones que hablan de ficciones y criminales que a lo mejor nuca lo fueron, como este mío que aquí dispongo para entregarle a las redes de mi blog.


Los tipos duros sí bailan

                   “Solo lamento una cosa, Madden —dijo Regency—.
               Y es que no nos emborrachemos hablando de filosofía”

Los tipos duros no bailan
Norman Mailer





Me vi despertar con el estómago destrozado, solo y despan­zurrado en mi sofá y en compañía del gato de Rebeca. La luz estaba desapareciendo del balcón. Tuve una sensación de desasosiego y sentí compasión de verme derrotado.

Mi ser se desintegraba. Las sienes me latían acosadas por la resaca y el descontrol de la noche anterior, y un terrible presagio me llenó de incertidumbre. El salón olía a mazmorra y el gato se había orinado en uno de mis zapatos. En cuanto pude recobrar la visión, le vi esos ojos traidores, amarillos, como lluvia ácida abrasándome la cara. ¿Por qué el puñetero gato de Rebeca me miraba con el odio que creí ver en sus pupilas, subido y repanchinga­do en la maleta de mi mujer, que vi entonces en medio del salón? Nunca me gustó ese gato sin raza. No me gustan los gatos. Pero por conservar a Rebeca hubiera hecho cual­quier cosa, hasta asesinar.

Esa, esa palabra; no, no quería ni pensar en esa pala­bra: a-s-e-s-i-n-a-r. Tuve un terrible presentimiento. Me venían imágenes desconcertantes a la cabeza. Una sensa­ción de agobio me subía por la garganta reseca del güisqui con el que debí continuar anoche cuando llegué a casa, porque vi la botella de Johnnie Walker vacía, tirada sobre la alfombra. Y ahí estaba la maleta de Rebeca, bajo el culo del gato. Empezaba a recordar lentamente. Esa maleta ahí, en medio, significaba que todavía mi mujer no se había largado con Eduardo. Me alarmé al verme la camisa que llevaba puesta. Me la regaló alguien en una de esas tontas reuniones de amigo invisible, con unas flores atroces y, que yo en mi sano juicio, nunca me pondría. Ni para estar por casa.

Me incorporé del sofá hecho unos zorros. Me dolía el alma. Otra borrachera descomunal. El gato me seguía observando y pensé en Rebeca. Reconozco que discutía­mos, pero eso le pone de buen humor y a su manera es feliz, sacando las uñas para afilárselas en mi cara cuando esto sucede, demasiado a menudo. Yo le doy cancha y le sujeto las muñecas para acabar haciendo salvajemente el amor con ella. Eso le encanta a mi mujer. El alcohol y las drogas habían pertenecido a nuestro escandaloso pasado como nos pertenece la infancia, pero agua pasada no mue­ve molinos, o eso queríamos creer.

Al espabilarme tuve el fatídico presentimiento de que ya no la volvería a ver. Creí recordar que Rebeca había decidido abandonarme. Una mujer como ella era nor­mal que al final acabara por largarse. Yo soy un don nadie, un tipo burlón y ocurrente, y a Rebeca siempre le hizo gracia que escribiera, aunque fueran libritos de autoayuda para yonquis y subespecies diversas con la soga al cuello en busca de una mano amiga que los ayude a salir del pozo en el que yo mismo había buceado durante algunos años, pero eso también era agua pasada. Ahora, por pri­mera vez en mi vida, disfrutaba de un empleo de oficinis­ta a media jornada, tiempo de sobra para escribir, y lo hacía mejor que nunca, tras pasar por varios talleres de escritura que abandonaba en las tres primeras sesiones, ¡espantado! Rebeca parecía contenta jugando a ser la espo­sa de un escritor, sin mucho convencimiento, porque me daba palmaditas en el hombro mientras se pasaba las horas subida a la cinta de correr hasta sudar como si aca­bara de salir de la ducha. Y con mujeres como ella nunca tienes la certeza de que te estén diciendo la verdad.

La resaca se volvía una feroz angustia en mi estómago. No deseaba presenciar mi fracaso, ni ver cómo me ponía los cuernos fugándose con ese tipo, creo que a París; ¡sí a París!; ni volver a oír su estúpida voz en el hipotético caso de que regresa con él a Madrid, en cuanto se aburriese de verle la cara de fantasma, envuelto en su manto de armiño, durante día y noche, y se aburriese de su absurdo aliento a pastillas de menta. Me llamaría desde algún restaurante caro y concurrido, de esos que a uno se le nubla la vista cuando el maître te desliza sobre el mantel de hilo la ban­dejita de plata y ves la factura con tantas cifras que ruegas a Dios que te toque el décimo de lotería que guardas en la americana. Esperaría a los postres y, con los efectos de las dos botellas de champagne que es capaz de beberse mi mujer, sin mojarse los labios, me llamaría al móvil para darme en los hocicos su recién comprada y exclusiva feli­cidad. Rebeca es de ese tipo, siempre le encantó hacerme rabiar y pavonearse para dejarme claro que soy un náufrago rescatado del Titanic, pero de tercera o cuarta clase.

Y en el fondo de mi ser esperaba que ella, tarde o tempra­no, consumaría el acto de largarse con el primero que le ofreciera una vida mejor. Pero lo que nunca imaginé, ni en el peor de mis sueños, es que yo pudiera ser capaz de llevar a cabo, con bastante exactitud y para evitar la hipo­tética llamada de Rebeca desde el hipotético restaurante, las locas ficciones de una novela, que, por cierto, había leído en dos ocasiones. Siempre me asombró la retorcida fantasía del autor: el viejo y potente Mailer. El Mailer duro y seductor de Los tipos duros no bailan que le fascinaba a Susana. ¡La dichosa Susana! Ella misma se encar­gó de regalarme esa novela la famosa noche que vino a cenar a casa con Eduardo, su segundo y rebuscado mari­do. Nunca supe de dónde narices los sacaba.

Empezaba a comprender. Según se oscurecía el salón, mi cabeza se recomponía lentamente. Tuve la impresión de que Susana ya no era mi gran amiga de juventud. Nos conocemos desde el instituto. Creo que con ella me une (o unía) un vínculo especial desde que nos graduamos, cuando se convirtió, de la noche a la mañana, en una rubia oxigenada y escondió sus zapatos planos para siempre en lo más profundo de su ser. Es remilgada y convencional y nunca sabes lo que está pensando de verdad. Sus ojos brillan como si estuviera siempre a punto de cometer un asesinato. Y durante todos estos años hemos cuidado nuestra amistad con delicadeza, como un jardín en el que no queríamos ni pisar, hasta que le presenté a Rebeca, nada más conocerla. Se cayeron razonablemente bien. Las dos tan rubias, y compitiendo por ser la reina de la noche, me hacía gracia de verdad. De vez en cuando salíamos los tres, y luego con las parejas sucesivas de Susana, hasta que conoció al segundo hombre de su vida (o eso dijo), reen­carnado en la atontada figura de Eduardo. Un tipo con aire de haber salido de un partido de polo, porque juega al polo, y con más dinero que la fábrica de la moneda, su principal y máximo atractivo con las mujeres.

Y, santo Dios… ¿Por qué las navidades pasadas tuve la infeliz idea de invitarlos a cenar a casa? Para mi sorpresa Rebeca se metió en la cocina (algo inusual) y preparó un estofado con chocolate (cuyo ingrediente principal no era el caco si no el hachís). Gracias a ese mágico componente, que los cuatro compartíamos como se comparten los secretos, nos estuvimos riendo como auténticos idiotas durante toda la noche, hasta terminar con el mueble bar completo. A las cuatro de la madrugada, Eduardo y mi mujer estaban tiesos en el sofá y Susana y yo bajamos al Seven de María de Molina a por una botella de güisqui y más cigarrillos.

Cuando regresamos la habían armado.

Rebeca y Eduardo estaban en nuestro dormitorio. Se apareaban como auténticos cangrejos. Mi primera reacción fue echarme a reír como a quien le cuentan un chiste que no entiende, pero Susana montó en cólera. Jamás la había visto tan fuera de sí. Su rubio y esponjoso cabello se erizó como las crines de un caballo a setenta kilómetros hora. Mi reacción no fue menos veloz pero me lo tomé con cierta filosofía. Susana corrió hacia mi sofá del salón insul­tando a mi mujer, como poseída por el Diablo, y se dejó caer. Se tapó la cara con las manos y comenzó a llorar. Yo la abracé para consolarla. Creo que el colocón de Rebeca y de Eduardo era más descomunal que el nuestro porque no tuvieron ni el detalle de echarse las sábanas por encima en cuanto abrí la puerta con la botella de güisqui en la mano para ofrecerles un trago. Reconozco que yo iba muy, pero que muy borracho, y pensé que Susana había perdi­do el juicio, pues seguía llorando y maldiciendo a mi mujer, a su marido y al pobre gato que huyó de una pata­da en el trasero que le atizó la buena de mi amiga.

—¡Es una ramera! ¡Jesucristo, cuánto la odio! ¡Quiero irme de aquí, por favor, Rafa, sácame de aquí!

¿Qué podía hacer más que abrazarla otra vez? Cogí las llaves del coche y la llevé a su casa. A mi regreso, Eduardo había desaparecido y Rebeca dormía a pierna suelta sobre las sábanas. Por la mañana, a ninguno de los dos nos ape­teció mencionar el incidente nocturno y corrimos un velo como quien baja el telón de una horrible obra, hasta que ayer Susana lo levantó, y bien levantado.

Desde esa noche dejamos de salir con Susana y Eduar­do y no volvimos a verles, como es natural. Aquella torpe­za de mi mujer supuso un antes y un después en nuestras vidas. De aquello hacía más de diez meses. Y ayer Susana se presentó en mi oficina de los ferrocarriles para invitar­me a almorzar. Estaba seguro. Los exalcohólicos tenemos un olfato especial para oler la verdad que no deseamos ni ver al día siguiente. Empezaba a acordarme con bastante soltura, considerando la borrachera de novato de la noche anterior. El dolor de cabeza me dejaba de atormentar.

Recuerdo que me sorprendido gratamente volver a reen­contrarme con Susana, aunque por su serio rostro, pues se mordía el labio inferior continuamente, algo le preocupaba, y mucho. Bajamos a la cafetería de la estación y nos senta­mos en una mesa discreta, tras pasar por el bufete y pillar­nos un menú de 15 euros. Llevaba una falda negra muy estrecha, tan estrecha que creí que no se la podría sacar esa la noche, y sus ojos negros me parecieron más violentos y atractivos que nunca. Pensé que era una pena no haberme casado con ella. Pero nunca fui su tipo, sobre todo porque mi sueldo no es lo que una mujer de su clase espera de un hombre como yo. Su cabellera rubia y salvaje le caía por los hombros como una promesa de odio. Para mi extrañeza ni tocó el panaché de verduras, porque sacó del bolso, en cuanto nos sentamos, el mismo libro rojo del viejo Norman Mailer que me regaló aquella fatídica y última noche en mi casa que yo no quería ni recordar, porque mi mujer pasó unas semanas insoportables, metiéndose con Susana cada dos por tres, sin mencionar explícitamente su etílico aparea­miento con Eduardo, y me gritaba: “Estúpida amiga tuya…, no sabe aguantar una broma, ¡es una remilgada y una hipó­crita! ¡Menuda mosquita muerta! Pobre Eduardo. A mí por lo menos se me ve el plumero. ¡Que la follen!”. Yo no entendía el porqué de aquella aversión repentina hacia Susana, si consideramos que fue Rebeca quien forzó la situación. Y así es mi mujer, explosiva e inmisericorde; audaz, tan audaz que creo que tuvimos que pararle los pies, y con un pasado oscuro y escasa familia, ya desaparecida. Gracias a Dios.

Pero vuelvo al almuerzo con Susana en la estación por­que tengo la impresión de ver otra vez su pérfida cara abriendo el libro de Mailer. Despegó sus labios rosados para decirme que lo estaba releyendo por enésima vez y no dejaba de asombrarse de las ideas que le rondaban por la cabeza. “La cabeza, sí, la cabeza”, dijo, saboreando esas palabras. La miré perplejo por las significaciones que tie­nen las cabezas en la novela. Y lo que a continuación vino a contarme me alarmó completamente.

—¿Qué está pasando? —pregunté.

—¿Que qué está pasando? Algo muy de esperar. Tu mujer se está follando a mi marido. ¿Te parece poco? Y des­de hace tres meses, desde esa escenita en vuestra cama.

Me sentí como aplastado por un tren de mercancías conducido por Susana.

—¿Estás segura? Son acusaciones muy graves. ¿Tienes pruebas? ¿No será el estrés producido por aquella fea impresión de mi casa? Rebeca es una loca pero… Estába­mos borrachos, habíamos fumado, fue una tontería… Ella hace cosas sin sentido, pero liarse con Eduardo…

—No fue una tontería, Rafa, ¡en absoluto!, porque el jodido Eduardo me lo ha confesado esta misma mañana. ¡Está loco por ella y se largan! ¡Se largan! Han estado vién­dose todo este tiempo, los muy… Pobre Rafa, esa guarra te la ha pegado bien pegada. Voy a omitir los detalles de la espantosa discusión con mi marido, pero solo te digo que me ha firmado un cheque por más de lo que le hubie­ra sacado jamás por echarme a un lado y dejarle el camino libre. ¡Pobre imbécil! Nunca nadie me ha humillado de esta forma horrible. ¡Oh, Rafa!, tenemos que hacer algo. ¡Me va a abandonar! Y es la segunda vez que me sucede… ¡No voy a poder soportarlo! ¡Me tenía que haber casado conti­go, mierda!

—Venga, Susi, como en los viejos tiempos, eh, manten­gamos la calma.

Susana lloraba de nuevo ante mí y no supe qué hacer, ni qué decir, pero la volví a abrazar en medio de la cafe­tería sin darme cuenta de que era yo el otro destinatario de aquel engaño. Levantó su bonita mirada con sus ojitos enrojecidos y exclamó:

—Pero ¿no te das cuenta? ¡Se largan mañana! —vi en sus labios el color del pánico—. A las siete de la tarde, en tren, y con destino a París, ¿me oyes? ¡A París! Salen desde Chamartín. ¡Y no pongas esa cara! ¿No te lo crees? ¡He visto los dos billetes con mis propios ojos!

Me llevé las manos a la cabeza y pensé en las veces que Rebeca me había pedido que la llevara a París, en ese mis­mo tren, y por supuesto en Gran Clase, en cabina indivi­dual, cocinero y champagne, ¡mucho champagne!; y siempre le di largas. París no es una ciudad que me guste, y viajar en tren, después de gastar todas mis mañanas en las oficinas de una estación, no me ilusionaba especialmente. Y se lo habría sacado al incauto de Eduardo haciendo buen uso de todos sus encantos. El muy estúpido había picado. En el fondo es algo que le pega a Rebeca. A ella le apasio­nan los trenes nocturnos (es decir: todo aquello que se pueda hacer en la oscuridad) y colarse en las tiendas de una nueva ciudad, a desfalcarlas, si le es posible. Rebeca defini­tivamente no poseía alma.

Tras las terribles revelaciones del mediodía anterior, e intentando mantener mi cínico escepticismo, solo me podía acordar de que Susana y yo salimos de la estación y nos meti­mos en una de las cientos de tascas del barrio de Huertas y, luego en otra y luego en otra; y un güisqui, y otro y otro, y así hasta perder el sentido. Creo que tomamos un taxi porque un coche blanco con franja roja casi me atropella. Recuerdo un fuerte empujón para meterme dentro. Luego me vi danzando y danzando como en una pista de baile, y se me ha borrado de la memoria todo lo que hicimos después.

Me levanté por fin del sillón, medio mareado y dispuesto a averiguar qué había sucedido la noche pasada. Enseguida me llamó la atención el hueco de la estantería. ¡Faltaba el libro de Mailer!, el mismo que me regaló Susana y que había desplegado con aire de triunfo en el almuerzo de la estación, si se puede llamar así lo que hicimos. Los pensa­mientos tenebrosos me llegaban a la cabeza como bombas atómicas. Mi cerebro se convirtió en un banco de niebla. Miré el reloj. Eran las seis de la tarde, faltaba solo una hora para que París me arrebatara a mi mujer. ¿Y si la noche anterior yo había sido capaz de tomar drásticas medidas para evitar ese viaje?, borracho y emporrado para tener valor, empujado por ese tren de mercancías conducido por Susana. ¡No! No me creí capaz de semejante barbaridad. ¡Acabar con la vida de Rebeca! ¡Cortarle la cabeza como en la novela de Mailer! Quizá, esa era la idea retorcida de Susana, con el rollo del libro, para forzarme a hacer algo tan terrible. Llegué a la conclusión de que ciertas mujeres esta­ban desposeídas de alma. Pero no era el momento de pensar en almas sino en cuerpos, y el de mi mujer no estaba en casa.

Registré frenéticamente todas las habitaciones. Rebeca había sacado sus prendas de los cajones y faltaban zapatos y ropa interior, seguro que todo lo encontraría en su male­ta. Quedé atrapado en un mar de dudas y preguntas des­cabelladas. Estaba seco. Me temblaban las piernas. Fui hacia el mueble bar y me serví una ginebra. Era lo único que había. El trago me despejó enseguida la cabeza y me armé del valor suficiente para acercarme a la maleta de Rebeca, dispuesta en medio del salón, como si alguien la hubiera dejado allí por algún motivo. El gato se había escondido, y fue cuando vi el libro que faltaba de la estan­tería, tirado detrás de la puerta del salón. Me acerqué como quien se acerca a la escena de un crimen y entorné la puerta lentamente dando con el pie la vuelta a la nove­la. Para mayor horror estaba manchada como de sangre por los lomos y la di una patada para alejarla de mí como si fuese un inmundo escarabajo. En ese momento sonó un teléfono móvil. Giré la cabeza en dirección a la maleta porque el sonido venía de su interior. Lo dejé sonar y sonar hasta que retornó el silencio más absoluto a mi salón. Ya casi no veía, pues la luz del ocaso estaba des­apareciendo por mi balcón.

Debía intentarlo. Tenía que salir de dudas. Miré a mi alrededor y no encontré signos de violencia, ni manchas de sangre, ni nada que indicara las ideas macabras que se me pasaban por la cabeza. Así que me acerqué a la male­ta de Rebeca, con la camisa de flores que jamás me pon­dría, para averiguar qué estaba pasando, si es que pasaba algo o toda mi excitación era producto de la borrachera de la pasada noche. Recordé la clave de la cerradura que enganchaba la cremallera. Hizo clic, y la deslicé lentamen­te unos centímetros, los suficientes para meter el brazo y encontrarme con lo que me imaginaba: una bolsa como de basura, atada con su cinta de plástico. Algo por dentro me decía: “¡No, no sigas!”, Pero seguí tocando hasta palpar lo que había dentro. Retiré la mano dando un alarido, pues toqué pelo como apelmazado de una cabeza, y me dije: “muchacho, serénate, mantén la calma”. Respiré hondo y volví a introducir el brazo buscando ahora sin tanto temor, para reconocer al tacto el rostro de mi mujer, su nariz puntiaguda y sus pómulos redonditos y ya rígidos, su duro cabello todo revuelto, y la oreja: ¡su oreja!, con los cinco pírsines que yo mismo le había comprado en el Rastro.

¡No quise saber más! Subí la cremallera y volví a colo­car el candado. Me temblaban los dedos como si estuvie­ran pegados a una taladradora. Caí en el detalle del candado. Quien cerró la maleta conocía el código, y Rebe­ca no pudo ser, estaba claro, y no creo que Susana cono­ciera ese detalle de nuestra intimidad, salvo que se lo hubiera preguntado a mi mujer antes de asesinarla. “Sí, asesinarla”, eso pensé, ¡loco de mí!

Lo primero que pude hacer fue llamar a Susana. Tras cinco inútiles llamadas solo conseguí escuchar su fría voz a través del contestador automático. Cualquiera que haya leído la novela de Mailer, sabrá que lo que encontró en el zulo del bosque de Truro, en el que escondía la marihua­na, su loco protagonista Tim Madden, no fue solo la cabe­za de su mujer dentro en una bolsa de basura, sino dos, ¡dos cabezas de mujer! Pero yo no iba a ir más allá rebus­cando en la maleta de Rebeca para comprobar si solo estaba su cabeza, o dos, y también la de Susana, y sus cuerpos, o lo que el Diablo hubiera escondido en ella.

¿Y si el Diablo era yo? ¿O era Susana? ¿O ambos? Los dos teníamos motivos para asesinar a Rebeca. Pero yo no soy un asesino; como luego se supo que Tim Madden no cometió los dos homicidios cuyas cabezas alguien escon­dió en su zulo, para incriminarlo.

Me estaba volviendo loco.

El tiempo me acercaba a la salida de ese tren con los pró­fugos amantes. ¿Y si el idiota de Eduardo había corrido la misma suerte? A ver quién explicaba aquello a la policía.

Así que siguiendo mi negro código de conducta de escritor de poca monta y dispuesto a rematar la situación y resarcirme, me puse la americana. Y con esa pinta de prófugo caribeño con la barba crecida y el pelo de pun­ta por las impresiones, cogí la maleta de Rebeca, con su cabeza dentro, y la rodé hasta el garaje, la metí en el maletero y salí hacia la estación de Chamartín. Su teléfo­no sonó en la maleta un par de veces durante el trayec­to, hasta que paró. Mi terror se desvanecía. Abrí la guantera, cogí un porro de mi cajita de emergencia y me lo encendí. Lo necesitaba para idear lo que le diría al marido de Susana en caso de encontrarlo esperando a mi mujer.

Enseguida vi al majadero de Eduardo en el andén, y respiré aliviado al ver que vivía. Porque aunque fuera un estúpido jugador de polo no se merecía morir. Tampoco Rebeca. Pero ahora no podía pensar en ella. Lo encontré apostado sobre una columna llamando por teléfono. Pensé en el móvil de Rebeca, pero ya no sonaba. Me paré frente a él con la maleta de mi mujer en la mano, como un imbécil.

Cuando levantó la vista me miró como si se le hubiera aparecido el Diablo en persona. Casi da un alarido.

—Tranquilo, hombre. Vengo en nombre de Rebeca —dije con la voz más convincente que pude encontrar en mi garganta—. Soy un pacifista. No me gustan las escenas —¿pero qué idiotez estaba diciendo? Eduardo me miraba con los ojos abiertos como platos, y proseguí:

—A la madre de Rebeca le ha dado otro ataque. Está en la residencia, y mi mujer acompañándola. Ya te habrá contado… La anciana tiene demencia senil y le dan unos ataques terribles, pero se le pasan en 24 horas. Rebeca se dejó el móvil en casa y llamó para que te avisara. Ella es así. Mañana se reunirá contigo donde tú ya sabes. Eso es lo que me dijo: que cogieras el tren sin ella. Mañana a medio día toma un vuelo para la ciudad que tú ya sabes. Y yo, como buen esposo que quiere recuperar a su mujer cuando se harte de ti, vengo a decírtelo, en son de paz —y levanté la mano como si fuese un indio.

—Rafael, ¿te estás burlando? ¿Qué has tomado?

—¡Te lo juro por Dios! Mira, te he traído su maleta, para que la lleves contigo cómodamente en el tren y así maña­na ella no tenga que facturar en el aeropuerto; te la pongo en bandeja, tío. Yo soy así, generoso. Quiero que regrese a mi lado.

—No sabía que tuviese a su madre en una residencia —la verdad, yo tampoco, me dije a mí mismo, porque hacía más de diez años que había muerto la pobre mujer.

—Sabes tan pocas cosas de ella… —exclamé, subiendo los hombros.

—Eres un perdedor —dijo con saña Eduardo.

—Bueno…, ya sabes que soy seguidor de Adam Smith, y siempre pensé que la riqueza del hombre proviene de su propio trabajo y no del oro ni la plata, ni del capitalismo salvaje.

No sé, me sentía animado y empezaba a decir tonterías. Para mi suerte, escuchamos los dos la partida inminente del tren. Eduardo dudaba. No sabía qué hacer, perplejo y arrinconado, como a quien le meten un gol. Le acerqué la maleta. La cogió y la levantó en vilo; creí que se le caía, pues pesaba lo suyo y se le fue hacia un lado, pero la subió al vagón haciéndose el fuerte, y él detrás, como un autómata al que le han dado cuerda. Y yo había encontra­do la llave.

A modo de despedida, mientras una súbita felicidad acudía a mi encuentro al ver al mentecato de Eduardo subido al tren, con la cabeza de Rebeca en la maleta y vete tú a saber qué más, dije, así de homenaje:

—¡Ah…! Y dile a Susana, si la ves, que los tipos duros sí bailan.

—Vosotros, como siempre, hablando en clave —me contestó, y me dio la espalda con la maleta de Rebeca cogida por el asa haciéndola rodar por la alfombrilla para alcanzar su asiento.


Y viendo partir su tren, de repente, me acordé de todo y salí en desbandada.


Premios del tren 2014


http://www.premiosdeltren.es/

jueves, 30 de octubre de 2014

Premios del Tren "Antonio Machado" 2014

Premios del Tren, Mercedes de Vega


Mercedes de Vega ha sido finalista y accésit por segundo año consecutivo en los Premios del Tren "Antonio Machado" 2014, con su cuento ´Los tipos duros sí bailan´ que convoca  la Fundación de los Ferrocarriles Españoles y la Fundación Española Antonio Machado, 

Se han presentado a esta edición 2014, 668 autores de 21 países, con 715 obras: 257 poemas y 458 cuentos.
Este certamen está consolidado como uno de los más importantes de España, no solo por su dotación económica, sino también por su gran trayectoria y nivel de premiados del mundo literario español e internacional. En sus treinta y ocho ediciones se han presentado al concurso unos 40.000 escritores. 

Los autores premiados en las dos modalidades, han recibido en el Palacio de Fernán Núñez, sede de la Fundación de los Ferrocarriles Españoles en Madrid, los Premios del Tren 2014 ‘Antonio Machado’ de Poesía y Cuento. El escritor Juan Antonio González Iglesias ha sido Primer Premio de Poesía; el Segundo Premio de este apartado lo ha recibido Adolfo Cueto. Primer Premio de Cuento para Felipe Benítez Reyes y el Segundo Premio para Manuel Moya.

Las otras ocho obras premiadas con Accésit:

·  Poesía: Carlos Alcorta, Aurora Guerra Tapia, Manuel Moreno Díaz y Manuel Terrín Benavides.

·  Cuento: Mercedes de Vega,  Ricardo Menéndez Salmón, Carlos Castán y María de las Nieves Morales.

 Todas las obras se reunirán en un libro que se publicará dentro de la colección ‘Premios del Tren’ en diciembre de 2014.

Premios del Tren 2014
Han formado parte del Jurado de esta edición: Clara Sánchez (escritora), Manuel Vilas Vidal y Alberto Ramos Díaz (ganadores de los Premios del Tren 2013), Luis García Montero y Jesús García Sánchez (Comité de Lectura), Manuel Núñez Encabo (director de la Fundación Española "Antonio Machado"), Juan Miguel Sánchez García (Ministerio de Fomento), Sergio Acereda (dirección de Comunicación – Renfe), José Luis Semprún (dirección de Comunicación – Adif) y Juan Altares (gerente del Área de Cultura y Comunicación Externa) que actuará como Secretario.

El fallo y la entrega de los Premios del Tren ha tenido lugar el día 28 de octubre, fecha en la que se conmemora el ‘Día del Tren’ recordando la inauguración del primer ferrocarril que funcionó en la península, la línea Barcelona-Mataró.

En la web del concurso se incluye toda la información sobre este concurso literario, las obras premiadas en la modalidad de Cuento y Poesía, los currículos de los autores y las galerías fotográficas de las ceremonias de entrega de premios. Esta página recibe más de 57.000 accesos anuales.

Mercedes de Vega, Premios del Tren

Los Premios del Tren “Antonio Machado” de Poesía y Cuento siguen la larga trayectoria marcada por el Premio de Narraciones Breves "Antonio Machado", instituido por Renfe en 1977 y organizado por la Fundación de los Ferrocarriles Españoles desde 1985. Después de 25 años del Premio de Narraciones Breves, se convocó en 2002 la primera edición de los Premios del Tren, “Antonio Machado” de Poesía y Cuento.

La Fundación de los Ferrocarriles Españoles organiza múltiples actividades  con el objetivo de incrementar la participación del mundo de la cultura y de la sociedad en general en la promoción del ferrocarril. Pocos medios de transporte e inventos de la modernidad han atraído al mundo de la cultura con la intensidad del ferrocarril. El universo que rodea al tren ha despertado desde sus comienzos, hace 166 años en España, los afanes creativos de escritores, fotógrafos, músicos, pintores, escultores o cineastas.


Fundación de Ferrocarriles Españoles
Santa Isabel, 44.  28012 Madrid


viernes, 4 de abril de 2014

Lectura de cuentos de Mercedes de Vega en La Noche de los Libros

LECTURA DE RELATOS


"De todos los instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo (...). Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y la imaginación"
J. L. Borges


Y para festejar la existencia de tan fascinante creación, la Comunidad de Madrid celebró, por noveno año consecutivo, LA GRAN FIESTA DE LA NOCHE DE LOS LIBROS.

La biblioteca Francisco Umbral participó en este acontecimiento anual con Mercedes de Vega.

Hubo una lectura dramatizada de sus cuentos por la actriz Paloma Pérez Montoro, que leyó varios relatos del libro Cuentos del Sismógrafo, y el cuento La ultima vez que vi a mi hermano, accésit en los Premios del tren "Antonio Machado" 2013.




BIBLIOTECA FRANCISCO UMBRAL
Salón de Actos.
C/ Las Norias, 39.
Majadahonda, Madrid.






domingo, 2 de marzo de 2014

La última vez que vi a mi hermano



Historia hilvanada alrededor del cuento de John Cheever, Reunión, publicado en 1962. He querido situar a mis personajes en el mismo lugar -una estación-, en la que se van a reunir -y conocer- dos hermanos parafraseando al padre e hijo de Reunión que pasarán juntos unas horas en la estación Gran Central de Nueva York; sus caminos se cruzan y deciden verse durante el rato que va a condensar toda una vida.


Richard Ford quiso homenajear también a este cuento maravilloso de Cheever colocando en la misma estación a dos amantes. Los dos relatos fueron publicados en New Yorker. 

Dejo los enlaces a la revista para quien desee acercarse a sus versiones originales:


Y aquí va La última vez que vi a mi hermano, con todo el espíritu de Reunión, cuento subido en este mismo blog en diciembre de 2012.




Conocí a mi hermano en la estación de Atocha. Llegaba de Barcelona y mamá y yo fuimos a esperarlo. Charli disponía de dos horas antes de tomar su siguiente tren con destino a Sevilla. Iba a comenzar su primer trabajo como ferrallista, en un rascacielos, y acababa de ser contratado por una empresa de construcción. Era su primer empleo, aunque yo en ese momento desconocía todo aquello. Más aún, para mí ese muchacho era un autentico desconocido, de hecho, conocí la existencia de mi hermano durante el trayecto en taxi del colegio a la estación.
A primera hora de la mañana, mientras desayunábamos, mi madre aguardó a que saliera papá de casa para decirme que vendría a recogerme al colegio, a las tres de la tarde, y me perdería las clases siguientes. No quiso adelantarme nada más. Había llamado a secretaría el día anterior para recogerme a la hora convenida. Que no me despeinara demasiado, ni me manchara los pantalones jugando al fútbol; debía mantener la camisa limpia y los zapatos en buen estado, nada de rotos ni manchas de bolígrafo.
No entendí de qué iba todo aquello y por qué tanto secreto. En el taxi, toda misteriosa y mejor vestida que nunca, con unos altísimos zapatos nuevos y una estola de visón café con leche, me hizo jurarla por lo más sagrado, que jamás contaría a nadie el encuentro de aquella tarde. Y mucho menos a papá. Eso le destrozaría el corazón, y hasta podría abandonarla y sacarme a mí del colegio, y vete tú a saber cuál sería el destino de nuestra feliz familia. No tan feliz, sentí yo en ese momento, un poco molesto de verla nerviosa.
«No pasa nada, mamá, soy una tumba», tuve que decirle para que confiase en mí y tranquilizarla un poco. No dejaba de retocarse el carmín de los labios con su espejito en la mano, sacándolo y metiéndolo de su bolso continuamente.
‒Estás genial, madre, no te hace falta tanta pintura ‒dije‒. Estás guapísima.
‒¡Hoy, tengo una cara horrible! Mira que ojeras…, y estas bolsas debajo de los parpados…
Y volvió a mirarse en el espejito estirándose con el dedo la piel de la frente.
‒¿Verdad, cielo, que no aparento la edad que tengo? Me preguntó de sopetón. Aunque ya estoy acostumbrado a ese tipo de preguntas de mi madre. Ahora ponía morritos al espejo y se miraba ladeando la cabeza y echándose el pelo hacia atrás, largo y liso como una tabla.
‒¡Estás guapísima!, créeme, eres la madre más elegante del colegio. Y ya es decir, porque van todas…
‒¡Pero me ves joven, ¿o no?! ¿Tengo buen aspecto? ¿Estoy bien? ¿No tengo mala cara? ¡Odio esta arruga horrible en la frente! ‒y de nuevo se la estiró con el dedo haciendo muecas al espejo. A continuación se lo guardó en el bolso, sacó un peine y se repeinó aún más el cabello.
‒Júrame que no se lo vas a contar a papá, ¿lo juras? Es un secreto entre madre e hijo. ¡A ver, qué pareces despistado!
‒¡Te lo juro, te lo juro! ¿Cómo quieres que te lo diga? Soy una tumba.
Gracias a dios llegamos a la estación, pagó el taxi y entramos en el edificio.
Había muchísimo jaleo. Ella andaba deprisa y le sudaba la mano; yo se la agarraba para no perderme. Creo que iba tan obcecada en busca de algo que no se dio cuenta de que llevaba el bolso abierto. Se lo cerré y seguimos andando entre la gente. Miró en una pantalla colgada del techo y bajamos hacia un andén. Sus tacones eran demasiado altos para aquella escalera mecánica tan empinada, pensé que se le podrían enganchar entre los escalones y tener un disgusto. Y fue cuando miré hacia abajo y vi a un joven levantando el brazo a mi madre, entre la gente que salía del tren, con una cazadora negra de cuero y una maleta en la mano, de esas antiguas, sin ruedas. Ella lo saludó discretamente desde la escalerilla y él se encaminó hacia nosotros.
–Este, ¿es tu hijo? –fue lo primero que dijo mi hermano nada más verme, para referirse a mí, y añadió:
–No se parece a ti. En nada. Menos mal ‒y me miró de arriba abajo como si fuese un insecto.
Él sí se parecía a mamá. Poseía sus ojos marrones y grandes, y los dientes blancos y perfectos. Me dio rabia darme cuenta de lo poco que yo me parecía a mi madre. Me quedé mudo. No sabía qué decirle. Así que no dije nada. Ni tan siquiera «hola».
Mi madre tampoco sabía cómo conversar con ese hijo que estaba de paso y no veía desde hacía más de veinte años. Por lo menos.
–Qué alto estás, Charli. ¿Estás bien, Charli? –dijo mi madre, azarada, sin convicción, intentando mantener la calma. ¿Has tenido buen viaje, Charli?
Creo que mamá no se atrevía a llamarlo hijo, y no hacía más que repetir ese nombre ridículo.
–Pues bien, gracias, estoy bien ‒y Charli se encogió de hombros. Unos hombros enormes y desarrollados como los de un estibador‒. No me falta una pierna, ni el hígado, ni un riñón. Tengo salud y un trabajo. Y ahora, me ha salido una madre. ¿Qué más puedo querer? –respondió Charli. Que luego supe que no era Charli, sino Carlos.
Caminamos los tres, como auténticos desconocidos, hasta el bar, donde tomamos asiento en la mesa más discreta que mi madre pudo encontrar, en un rincón, junto al pasillo de los aseos.
–¿No quieres que nos vean juntos, verdad, mami? –dijo Charli de golpe, nada más dejar en el suelo su maleta. Seguro que ahí dentro iban todas las cosas que Charli debía poseer en la vida. Eso me imaginé.
Mamá se puso roja como un tomate.
–Quería que os conocierais ‒dijo ella, como disculpándose–. Yo… Voy a la barra a pedir unas bebidas ‒y para romper el hielo–: ¿Queréis comer algo? ¿Voy a por algo? ¡Esto es un desastre; aquí nadie sirve en las mesas!
Yo no quise tomar nada y él la pidió un cubata de ron con Coca-Cola y un bocadillo de jamón serrano.
–Conque tú eres su niñito… –empezó a decirme en cuanto ella se dio la vuelta–. Mira chaval, cuídate de esa tía, que a mí ya me abandonó una vez. Y quien abandona una vez, abandona mil. Aunque no es mala. Siempre me lo ha pagado todo. Es generosa. Sin tirar cohetes, ¿eh?. Y ya veo… A ti no te cuida mal. Menuda pinta de pijo tienes. ¿Pero sabes que te digo?, que tienes suerte, chaval; conserva tu familia: consejo de hermano. Di algo, hombre, que no muerdo ‒y me dio con el puño cerrado en el hombro, como si fuera un boxeador‒. ¿A que no has visto a nadie como yo?
–No sé qué decir. No sabía nada y…
–O sea, que acabas de enterarte de que tienes un hermanito.
–Bueno, no sé, yo…
–No pasa nada, chaval. Tranquilo. Cosas de mujeres. Se quedan embarazadas, casi de niñas, y luego no saben qué hacer con el bebé, por eso del «qué dirá mi padre, me echará de casa, no podré acabar la universidad, perderé a mis amigas, lo perderé todo…»; lo de siempre. Mira, chaval, tú sí que has tenido suerte de haber llegado en un buen momento para ella. Y casada con un millonetis.
Ese tío no paraba de llamarme chaval.
Mamá llegó con una bandeja y las bebidas. Charli se tomó el cubata de un trago sin echarse toda la Coca-Cola y dijo que estaba «seco». El bocadillo ni lo tocó. Mamá lo miraba como avergonzada y se bebió su refresco también de un trago. Todo el mundo parecía «seco», menos yo.
–Voy a pedir otro. ¿Queréis algo? –preguntó Charli–. Venga chaval, tómate algo, y deja de tener esa cara de pasmo. Solo voy a robarte a tu mami un par horas, no es tanto pedir, ¿no? Y desaparezco de vuestras vidas de una puta vez.
Mamá lo miraba sin decir ni pío, atónita. Parecía sacudida por una descarga eléctrica. No sabía qué hacer con su estola de visón, e intentaba meterla en el bolso empujándola hacia dentro como si el bicho estuviese vivo.
Según se alejaba Charli hacia la barra, a por su segundo cubata, me di cuenta de su aspecto de…, no sé cómo decir, de chico que no quiere que le hagan fotos porque odia su cara, o algo así.
–Siento que tengas que conocer a Charli de esta forma dijo mi madre con una voz de ultratumba.
–Querrás decir a mi hermano, ¿no?
–Sí, tu hermano. Lo siento, amor, lo siento, no sé si ha sido buena idea… ¡Estoy tan confundida! Es todo tan complicado de explicar…
–¡No lo sientas! Ya soy un hombre. Y más a partir de esta tarde.
–No debes decir nada, me oyes, nada, a nadie. Cuando seas mayor lo entenderás, cariño. Lo entenderás todo. Ser mayor es muy difícil. Y yo…¡Oh, dios!, lo he hecho fatal.
–Y si no soy mayor, madre, ¿por qué me has traído? ¿Eh? ¿Por qué me has traído? ¡En vez de haber vendo tú sola! –grité, a punto de llorar.
–La vida no es lo que parece, cielito. ¡Lo siento, lo siento!
 Charli llegaba con su cubata de ron, pero ahora sin la botella de Coca-Cola. Se oía la megafonía con la partida y llegada de trenes de todos los destinos inimaginables; quise tomar uno y largarme lejos de allí. El segundo cubata también se lo bebió de un par de tragos. «Dios», pensé, «se va a emborrachar».
–Charli, no bebas tan deprisa –le dijo mi madre, que lo observaba como si estuviese ante un extraterrestre.
–¿Qué pasa?, ahora vas de madre preocupada. ¡Ok, dejémoslo! Mira, me vas a hacer un favor: métete la lengua en el culo y ve al cajero a sacarme cien euros, que no tengo suelto.
Mamá se levantó como si la hubieran pinchado en el trasero. A la vuelta de la cafetería había un cajero automático. Regresó con el dinero y Charli se guardó los cien euros en el bolsillo de la cazadora como si hubiera recogido la paga de Navidad.
Me levanté y dije que me iba al baño.
La verdad, no me apetecía verles la cara de funeral, y esa forma en que se miraban el uno al otro. Entonces, Charli me agarró del brazo y tiró sobre la mesa un billete de diez euros ordenándome que fuese a la barra a por otro cubata de ron.
–¡Vete a la mierda! –le dije, y me largué corriendo para meterme en los aseos.
Allí estuve un buen rato, encerrado en un váter, y luego salí y me senté en el suelo, en el pasillito, como una hora más o menos, haciendo tiempo hasta que anunciaran la salida de su maldito tren. Por fin, lo escuché y me fui de allí. Ni se inmutaron al verme.  
Mi madre, frente a Charli, se alisaba la arruga de la frente, apoyada con el codo en la mesa mirando al vacío, como si en él se hallasen las respuestas a todas las preguntas que le hacia ese hijo. Creo que no sabía cómo reparar la infeliz vida de mi hermano. Se levantaron los dos y nos dirigimos hacia su andén para despedirlo.
Charli caminaba con su maleta en una mano y con la otra abrazaba a mi madre, que también era la suya, y yo los seguía con las mías en los bolsillos del pantalón, contado los minutos para verlo desaparecer. No sé qué habría pasado, ni de lo que habrían hablado, pero Charli estaba más simpático y la apretujaba con sus fuertes brazos. No parecía su hijo. Creo que se debió beber algunos cubatas más porque se le había puesto una cara de idiota que no era normal.
Para mi sorpresa el andén estaba casi vacío. No había llegado su tren y los monitores señalaban que encontraba en aproximación. Me imaginé el retraso: debían bajar los pasajeros, limpiarlo, subir mi hermano y todos los demás, y a lo mejor, hasta cambiar de maquinista. Ellos dos cuchicheaban delante de mí y yo intentaba hacerme invisible. Esperaba no encontrarme con nadie del colegio. El tren se aproximaba. Por fin se largaría. Dieron un paso hacia adelante. Charli estaba muy cerca de las vías, casi en el borde del apeadero, diciendo tonterías a mi madre de su pasado; reproches y más reproches que yo no quería escuchar. Mi madre, un pasito más atrás, se limpiaba las lágrimas con el pañuelo y me acerqué a mi hermano con intención de empujarlo en cuanto el tren se aproximara.
Quería estar seguro de que no sobreviviría.
Pero sobrevivió. En el momento preciso, la mano de mi madre tiró de él e impidió que cumpliera mi propósito. Mi hermano se tambaleó y cayó encima mío. Nos levantamos rápidamente. El tren paró ante mis narices y Charli se me quedó mirando, desafiante, con la cazadora abierta y la camiseta por fuera del pantalón. Dijo, mirándome fijamente con cara de borracho:
–Anda, marchaos; yo ya me quedo. ¡No quiero veros más, capullos! Y chaval, a ver si comes más y, con suerte, la próxima lo consigues.
Y esa fue la primera y última vez que vi a mi hermano.




La última vez que vi a mi hermano está publicado en el libro Madrid-Casablanca-Barcelona, Creo y otros relatos.