jueves, 28 de abril de 2011

Lo que más me dolió de la noche de los libros


La cola era de cuarenta y cinco minutos, nada más y nada menos. Giraba haciendo requiebros alrededor de pequeñas estanterías repletas de libros de los autores más demandados de las últimas décadas, algunos clásicos y casi nada para niños. Un público curioso el de la fila, pensé; disciplinado, cuchicheando en voz baja sobre las obras del escritor en la mano, presumiendo casi todos de un estilo intelectual acorde con la rancia librería de una modernidad clásica anclada en la indiferencia del tiempo. Los pacientes hacedores de la cola me parecieron gente de los años ochenta con un olor a rancia universidad, exceptuando a un par de modernos que parecían haberse equivocado de librería y de un joven como recién salido de un cuento de Poe con el rostro tan blanco, sombrero de copa y brillantes zapatos de cordones con una punta digna del mismísimo Mr. Scrooge.
Y justo, al torcer de estantería lo vi. Él, estaba ahí, en el rincón más visible de la librería, sentado tras una estrecha mesita, bajo un cartel con su nombre en grandes letras y una imagen sonriente de otro tiempo. Y vi dos hombres: el de antes, con más pelo y una mirada sagaz de escritor interesante; y el de ahora, de carne y hueso, un poco aburrido, más gordito y con el atractivo amable y natural que llega con los años; seguro que con dolor en la mano de firmar ejemplares desde hacía varias horas, sometido a las servidumbres de su oficio aprendido desde niño, como una condena que le amarra al éxito y a las miradas ansiosas de las mujeres de la cola, y a las babosas sonrisas de los hombres con sus novelas bajo el brazo, anhelando conseguir la dedicatoria con la que presumir durante el partido de fútbol de esa noche.
Según pasaba la cola por delante de la mesa de mi admirado escritor, sus lectores preparaban el libro con una risita nerviosa apretujándose a su alrededor, suspirando por conseguir el fetiche que explica cosas prohibidas para ser dichas en público. Y yo observaba cómo se iban deshaciendo, según alcanzaban su mesa, uno por uno, en una especie de excitación pueblerina, a medio camino entre la adoración y la codicia. Ese feroz atractivo de la fama y de la pluma, que subyuga por igual a hombres y a mujeres de todas las edades en una tarde de libros y en una librería del centro de Madrid, haciendo una cola penitente con mi hija para que el escritor –vivo– que más quiero, me firmase el ejemplar de su último libro, con la misma adoración y cocida que todos los demás pero intentando que no se me notase.
Tres horas después, perdió el partido mi Real Madrid, y eso es lo que más me dolió de la noche de los libros, pero me consolé releyendo varias veces la escueta dedicatoria que me había escrito con su mano zurda, pensando de qué equipo sería mi Javier Marías.