viernes, 24 de mayo de 2013

Brotherhood

Brotherhood lo escribí a petición de J. Álvarez,  editor de Ediciones Atlantis, para una antología de cuentos que giraba alrededor de la crisis. Se publicó en mayo de 2012. El telón de fondo de mi relato es la caída de Lehman Brothers, y se desarrolla en Nueva York y en Newark, Nueva Jersey.

Y en referencia al estreno de la nueva versión de El gran Gatsby, cuelgo Brotherwood, muy inspirado en la novela de Scott Fitzgerald y en la crisis moral y económica que nos empobrece cada vez más. 



Brotherhood

Le gustaba la hoja en blanco porque es distintivo de inicio, de comienzo, de nuevo, de oportunidad, de esperanza..., o eso decía. ¡Con lo joven que era! Asociamos el blanco a la pureza, y desde luego no es el color de la crisis. La crisis es la tinta con la que él escribía sobre sus blancas cuartillas amontonadas a un lado de la mesa. Ah... tinta creadora que ha escrito el relato que voy a narrar. Él me dejó este terrible encargo antes de morir, y tuve que prometerle que lo haría, que su historia saldría del papel para convertirse en profecía. No debía preocuparse por ello. «Ok, brother, I promise», le dije a Robert en su lecho de muerte, acariciándole el rostro para ahuyentar sus temores que llegaban con una guadaña en la mano bajo el tétrico manto que ya lo arropaba. Su cuerpo es un cuerpo sin vida y sin ninguna esperanza en este cuartucho vaciado por las deudas y la ruina. Pero no nos pongamos trágicos. Él era un gran cuentista que nunca escribió ninguna novela porque era el más puro seguidor de Raymon Carver, de Borges y de Monterroso, y expiró su último aliento con el mayor microrrelato de toda la historia de las religiones monoteístas: «AMEN», suspiró. 

Sí, eso es lo último que quiso decir como resumen de su vida y expresión de todas sus creencias, que yo no compartía como espectador silencioso de su declive durante el último año de su vida. Tenía treinta y cinco años, un matrimonio roto, un hijo no nacido, más de doscientos manuscritos sin publicar, todo su dinero atrapado en Lehman Brothers y adicción a la heroína. Qué más se puede pedir para la destrucción del hombre postmoderno. Aunque no fue la heroína lo que le causó el desastre, ni mucho menos, aunque sí la muerte; diría que fue su gran aliada, el refugio de una crisis que terminó con él. 

Es la hora de la verdad. Con su cuerpo aún caliente delante de mí, sobre un camastro con chinches y la lana medio podrida, espero una solución que se lleve su semblante atractivo, consumido y abandonado por todos. No quiero mirar su rostro cadavérico, ni sus brazos amoratados, ni las yemas de los dedos aplastadas de pasar las noches y los días escribiendo enloquecidamente para olvidar. Aquí hace frío. Los ladrillos supuran humedad, y por las ventanas entra el ritmo frenético y machacón de las grúas del muelle. Y lo peor de todo: no encuentro el relato que me pidió que leyera para hacerlo inmortal. He rebuscado entre sus pilas de carpetas y papeles amontonados por los suelos y los rincones de este almacén inmundo en que se ha refugiado para terminar sus días cainitas. No sé como recomponer los últimos pedazos de la historia de Robert sin la tinta que él empleó para ello. Intentaré se fiel a los fragmentos del puzle que tengo en la cabeza del último año de vida del mejor amigo de mis años universitarios, el más brillante y enloquecido de todos, un poco pasado de rosca, con los bolsillos llenos de calderilla y de pepelinas que yo rechazaba discutiendo y peleándome con él por esa loca inconsciencia. 

Robert tenía la cabeza poblada de ideas románticas sobre la vida y la escritura que deseaba poner en práctica, y ya lo creo que lo hizo, en cuanto se graduó. El amigo que me sacó de muchos apuros y tristezas económicas regalándome unos bonos sub-prime que tuve la visión de vender antes de la mayor quiebra del sistema financiero de cuantos ha vivido Wall Street y por extensión el mundo entero. 

15 de septiembre de 2008. Se declara la quiebra del tercer banco de inversiones de los Estados Unidos. El sistema financiero mundial se viene abajo en siete días. En siete días Robert lo perdió todo, los siete días que tardó Dios en crear el universo, o eso es lo que nos decían de niños. Sea como fuere, parece que se necesitan siete días para la gestación de una catástrofe, como la del nacimiento de la humanidad. Esa era la idea general de Robert tras perder su fortuna, y con ella a su mujer y al niño que nunca vendría. 

Robert y Caroline eran todo lo felices que cabe esperar de un matrimonio asimétrico. 

Mi amigo había nacido en una familia de intelectuales venida a menos. Su hermosa e inteligente madre contrajo segundas nupcias con un famoso periodista judío cuando él aun no había cumplido los doce años, tras enviudar del padre de Robert, fallecido trágicamente en un accidente de tráfico dejándolos en la ruina, con la casa hipotecada, el coche sin pagar, sin póliza de vida, numerosas deudas y el seguro médico sin renovar. Robert no tuvo hermanos, y su madre murió a los dos años de su segundo matrimonio, tras renegar del cristianismo y abrazar la religión de Abraham. Esta fue la única concesión de Robert hacia su adinerado y astuto padrastro, y la de permitirle costear la carrera de periodismo en Columbia, donde nos conocimos. Sé que enseguida pasaron el uno del otro, y a los tres años de finalizar periodismo, ya ni siquiera se llamaban por navidad. Cuando Robert veía a Mossbach en el canal 56, en sus populares entrevistas a famosos y profetas mediáticos, simplemente apagaba la televisión. «Ese hombre me saca de quicio, no soporto su pomposo aire de intelectual de cloaca. Te hace sentir un disminuido», le oía decir a menudo de Mosssbach. 

Robert adoraba la vida bohemia y un poco pendenciera. Gastaba demasiado, y el alcohol y ciertas oscuras compañías, le hicieron repetir varios cursos sin que Mossbach dejase nunca de pagar las cuotas de Columbia. Robert discutía a diario con Caroline, ella deseaba casarse cuanto antes y tener hijos, y él, a trancas y barrancas, acabó la carrera y por fin contrajeron matrimonio a finales del año 2000. Caroline, enseguida, en cuanto tomó las riendas del matrimonio, intentó por todos los medios fomentar el contacto con el padrastro de Robert, por lo de la fama y la riqueza; pero todos sus intentos fueron infructuosos, bien porque Mossbach nunca la cogía el teléfono, o porque siembre estaba ocupado, y sus disculpas a cualquier contacto con la pareja se materializó definitivamente. Ese era otro motivo de discusión con mi amigo. Ella le gritaba y Robert se encerraba es su estudio a escribir todo lo que se le pasaba por la cabeza, sin hacer caso a los aporreos en la puerta y a la crudeza visceral de Caroline por entrar en la alta sociedad y en los círculos de Mossbach. Hasta le dio por estudiar yiddish durante una temporada, y cuando se enfadaba, torcía la boca excesivamente pintada de carmín y le gritaba a Robert que era un maldito pisher* y que no hacía nada por recomponer la relación con su padre. «No es mi maldito padre», vociferaba Robert tras la puerta de su escondite ‒en el único lugar en el que se sentía feliz‒ y seguía golpeando las teclas de la máquina de escribir como si en la hoja en blanco estuviese dibujada la cara de Mossbach. 

A Caroline no le gustaba ser pobre. Nació en Maspeth, una barriada de Queens, de emigrantes polacos a los que detestaba por llevar con ellos la huella del exilio. Antes de empujar al precipicio de la muerte a mi amigo, ella intentó cambiarse el nombre para adaptarlo a su nueva adscripción judía creyendo que le traería buena fortuna, cosa a la que Robert se opuso, negando cualquier tipo de adscripción religiosa en su familia. «Soy judío por condescendencia a la civilización occidental. Y por deseos de mi madre, sobre todo por eso, por deseos de mi madre», le gritaba a Caroline, con los bolsillos llenos de libros viejos y ganas de meterse un pico, cuando ella le presionaba demasiado y le metía los dedos en la llaga hablándole del éxito de Mossbach que debería imitar. 

El mayor sueño de Caroline consistía en comprarse una lujosa villa junto a la playa, en Long Island, y vivir sin hacer nada, revolcada en una vida ociosa y divertida, de fiesta en fiesta y de Martini en Martini. Y lo consiguió, ya lo creo que lo consiguió. Pero Robert era socialmente destructivo. No se quitaba de encima la chaqueta de rayas que le había tejido su madre, con los puntos deshechos de las mangas. Y sin afeitar y con los pómulos hundidos y marcadas ojeras, apretaba los labios con fuerza para soportar el poderoso hedonismo de Caroline. 

Ella, por supuesto, sabía que Robert se drogaba de forma habitual, lo había conocido así y la encantaba el glamoroso influjo romántico que eso le parecía conceder a su marido, que salía cada tres o cuatro días de madrugada para «pillar» y regresaba hecho trizas a la tensa estabilidad de su hogar. Pero Robert cada vez escribía mejor. Era el arma arrojadiza que ella me tiraba a la cara cuando hablábamos del tema. Las drogas le disparaban la imaginación y el arte sobrevolaba por la cabeza de Robert de una forma sublime, incomprensible, me argumentaba Caroline. Parecía haber encontrado a su musa en las calles, en las que nadie en su sano juicio se asomaría, entre cubos de basura, en callejones apestados de orines, fumando con los junkies de los barrios más marginales del Bronx y durmiendo la mona entre cartones. Sus microcuentos callejeros tenían cada vez más éxito. Consiguió hacerse un hueco en los diarios con sus historias de desheredados y apátridas; muchas veces le reconocía a él mismo entre sus cuentos. Había elevado a los homeless a la cumbre de la literatura callejera haciéndolos protagonistas y héroes de sus microficciones, que eran leídas por cientos lectores que buscaban entre las páginas de la prensa las short-stories de Robert, desde primeras horas de la mañana. Entonces, se le subía el ánimo y parecía otro, sonriendo como un niño, cuando le llama el redactor jefe y le encargaba otros más para la semana siguiente; se enfundaba en la chaqueta de rayas de su madre y esa misma noche se tiraba a la calle en busca de inspiración y de alimento. 

El matrimonio se podía haber mantenido indefinidamente en las aguas revueltas de la convivencia, navegando sin rumbo pero sin naufragar del todo. Robert escribía también crítica literaria para varias revistas e iba saliendo del paso, trabajaba de noche y dormía de día. Era el perfecto gato de ciudad que rebusca entre la basura. 

Por lo que respecta a Caroline, detestaba cada vez más su empleo de maestra y culpaba a Robert de su vida aburrida y raquítica de emigrante de segunda generación de la que nunca iba a salir. Murmuraba entre dientes cosas como estas de sus pequeños alumnos: «Bueno... sí..., qué asco eso de aguantar a mocosos mal educados que huelen a cocina» Y nunca quiso dedicarse a la docencia, pero era la opción más sencilla para una hija de maestros, soportar a niños de primaria en un colegio católico de New Jersey, tener largas vacaciones y un sueldo escuálido, limarse las uñas largas de madrastra escuchando el teclear de la máquina de Robert, y peinarse durante horas su larga melena con las puntas abiertas, mientras miraba con envidia los programas de Mossbach en la televisión por cable. De vez en cuando, preparaba poolish y le hacía a Robert pan polaco. Los platos sucios se les amontonaba en la pila y en la nevera nunca faltaban latas de cerveza. Yo solía visitar a la pareja una vez por semana como costumbre, pedíamos comida china, y Caroline antes de terminar el flan de arroz se largaba de la cocina harta de nuestra conversación que nunca lograba interesarle. «Ya habéis logrado echarme si empezáis con esa bobada de la maldad en el hombre y la caída de la civilización occidental... Menudo rollo… Lo único que deberíais meteros en vuestra lista mollera es la pasta y el ladrillo». Así pensaba Caroline. 

Esa falsa estabilidad en la que parecían convivir cambió radicalmente cuando Robert, una mañana, fue a comprar cervezas a la deli de la esquina y adquirió un boleto de lotería, así para probar y callarle de una vez la boca a Caroline. Y le tocó. Le tocó el máximo premio, así, por casualidad, como suele suceder siempre en estos casos. Y cómo no fueron inconscientemente felices gastando a manos llenas hasta el 15 de septiembre de 2008, para después culparse mutuamente de todo el desastre. 

Caroline, en vez de dedicarse a la buena vida de millonaria que siempre había deseado, cambió su empelo en la escuela católica de New Jersey, por la de administradora la fortuna de Robert, metiéndose a inversora de altos vuelos. A Robert, por supuesto, le daba igual, como le daba igual que el mundo despareciera de la noche a la mañana en una explosión nuclear. Realmente pasaba de todo menos de la escritura. Y sus salidas nocturnas daban un pasito más allá. Se descuidó el bigote, que antes se arreglaba estirándose las puntas con los dedos cuando se ponía interesante al hablar de otros autores que publicaban, cómo decía él, bazofia para los puercos. 

Descuidó tanto su cuerpo y su salud como su cuenta corriente trepaba a las cimas más altas. Y el más sucio realismo de la literatura norteamericana comenzaba a germinar en él. Los textos de Bukowski parecían cuentos para niños. Por mi parte, dejé de frecuentarles cuando se muraron a Long Island. Más tarde, reanudé las visitas a su nueva residencia. Echaba de menos las peleas de la pareja y me preocupaba la salud de mi amigo. 

Caroline compró un caserón grandilocuente y exagerado ‒como el de Mr. Gatsby‒ en la misma zona donde Fitzgerald había ubicado la novela. Años atrás, Caroline ponía los ojos en blanco al evocar El gran Gatsby. La había leído más de cien veces soñando con la vida de los Buchanan. O eso decía. Y al verse con tanto dinero, de la noche a la mañana, contrató al mejor agente inmobiliario hasta encontrar, en la misma zona de East Egg, una mansión gregoriana rodeada por más de un acre de praderas, con una piscina fastuosa de mármol y un caminito entre árboles que terminaba en la bahía. Yo rebauticé a Caroline con un nuevo apodo, y ella sonreía maliciosamente cuando Robert la llamaba Daisy. «Oh..., querido, un Rolls Phantom no estaría mal, ¿verdad...?, para que hiciese juego con nuestro nuevo hogar. No sé... un poco escandaloso, quizás. A lo mejor el Porsche..., más moderno. Si lo sacamos con leasing nos desgravaría impuestos… y... Venga Robert, no seas ruin», la escuché comentarle unas cuantas veces sin que su marido se diera por aludido. 

Y mientras ella costeaba locas fiestas al más puro estilo años veinte, con ríos de champán y música hasta la madrugada, invitando a vecinos y extraños, Robert se escondía en el ático de la enorme casa donde ubicó su estudio, o tomaba el coche con la misma chaqueta de rayas de siempre para largarse con sus homeless a pillar heroína y dejar que transcurriese lo que tuviera que transcurrir en su casa, que ya no era su casa, sino un mausoleo extraño y presuntuoso con techos de estuco y una escalinata siempre desierta por las mañanas. Los criados limpiaban los salones vacíos y él cruzaba por ellos como un fantasma, cada vez más delegado y consumido. 

Los bonos sub-prime eran el orgullo de Caroline. Créditos hipotecarios de alto riesgo y demasiado remunerados. La casa de Long Island la adquirieron con una hipoteca inflada, a bajo interés. Robert no entendía que fuese una locura comprar activos financieros por debajo de los 650 puntos, cualquier imbécil sabía que eso explotaría tarde o temprano. Pero los bancos compraban bonos basura y daban hipotecas a manos llenas a gente que más tarde no podría pagarlas. Desde Clinton se venía impulsando las compras inmobiliarias para alimentar el mercado con más dinero procedente de la clases medias-bajas. Era una forma rápida de inyectar efectivo al sistema. El dinero estaba barato y, Caroline, al igual que la banca, ambicionaba intereses mayores. Se vestía con trajes caros y elegantes de alta ejecutiva y pasaba las mañanas en las oficinas de Broadway con la calle 50, de Lehman Brothers. Le encantaba codearse con los brokers de Lehman, lucir una sonrisa abierta e infantil de niña rica, mientras estos la trataban como a una reina para colocar todo el dinero de la lotería de Robert en bonos de alto interés, sin preocuparse de lo contaminados que pudieran estar. 

La noche del 22 de septiembre de 2008, Caroline se presentó en mi apartamento. Me levanté del sofá al escuchar el telefonillo automático y dejé el periódico abierto sobre los almohadones con la peor noticia económica desde el crack de 1929. Lo primero que pensé fue en ellos cuando escuché por el auricular la voz desesperada de Caroline. Entró con un vestido amarillo, muy maquillada, con signos claros de no haber dormido en más de veinticuatro horas. Las ojeras la embellecían y sus labios rojos habían perdido todo su brillo. Pero su cara de niña traviesa seguía indemne, a pesar de las terribles noticias. 

Según entraba se desplomó sobre mis almohadones y el New York Post, arrugándolo todo. 

–¡No voy a poder resistirlo, Tom! Hace mucho calor aquí.... me ahogo. 

Se levantó y subió del todo la ventana del living. Yo me acerqué al mueble bar y le serví un Martini. 

–Me imagino por lo que estáis pasando ‒dije, poniéndole la copa casi en la mano. 

No me atreví a preguntar nada, y Caroline se volvió a sentar sobre mi periódico con el Martini en la mano. 

–¡Bah...! No sabes nada de nada. ¡Estoy embarazada!, y me largo ‒de un trago se lo bebió y dejó la copa en el suelo‒. No aguanto más al junkie de tu amigo. Me ha destrozado la vida. ¡Se acabó! 

–Me alegro por tu embarazo pero... ¿No crees que exageras?, querida. ¿Dónde está el marido y el brillante escritor que amabas? 

–Deja de ser puñetero, eso es lo de menos ahora. ¡Lo hemos perdido todo! ¡Todo! ¡No te imaginas por lo que estoy pasando! Había rumores, bulos, deuda financiera...; pero nunca pensé que Lehman pudiera quebrar así, de la noche a la mañana. Lo han dejado caer, lo han alimentado como a un monstruo hasta que ha explotado. Nadie esperaba esto. Los empleados huían despavoridos de las oficinas con sus pertenencias en cajas, corrían por la calle como ratas…. ¡Oh, Tom, es horrible! Y mi asesor ni ha aparecido. Muchos se han fugado ante el terror de la quiebra. Y yo no pienso quedarme aquí para volver a ser pobre de nuevo, y ver cómo Robert acaba con su vida y lo perdemos todo. Hace meses que no me enseña lo que escribe. Creo que está bloqueado. O simplemente se le ha fundido el cerebro. Me da igual. Estoy desesperada, Tom. Ayúdale a salir de esta mierda. ¡Yo... ya no puedo más! 

–¿Por qué no hablas con él y lo piensas mejor antes de tomar decisiones precipitadas? No creo que le importe la quiebra de Lehman, ya sabes como es. Saldréis adelante. Tenéis amigos... 

–¡Ah... no me hagas reír! ¡Por Dios! El mayordomo vio salir a Robert hace dos días y no ha regresado. Igual te lo encuentras por ahí, medio muerto. Tú sabes perfectamente por donde va, en los tugurios en los que se mete, con esa gentuza…. Yo me largo, Tom. Esto va en serio. 

–A ver, déjame pensar... Primero: estás embarazada. Segundo: habéis perdido todo el dinero en la quiebra de Lehman. Tercero: abandonas a Robert dejándole tirado. Cuarto: que salga yo en su busca para darle estas maravillosas noticias. A ver... ¿Se te ocurre alguna idea más? Desde luego imaginación no te falta, parece que la escritora eres tú. 

–Tom, no quiero recordarte que Robert te regaló un buen paquete de bonos, de esos que llamabas basura, y que bien supiste vender... Eres un listo, Tom, un listo. 

Se levantó del sofá con aires de millonaria y se acercó a mirar por la ventana. Parecía inquieta. 

–Caroline, sé que estás muy afectada, es muy gordo lo que está pasando, y el mundo no volverá a ser el mismo. La gente en el veintinueve se suicidaba, paro ahora es distinto. Acabareis recuperando el dinero, o por lo menos parte de él. La Reserva Federal no puede permitirse el lujo de esta quiebra. Hay que mantener la calma, y tu deber es estar con Robert. Saldréis juntos de esta crisis, ya verás. Él es el más débil. Y se gana bien la vida... 

–¡No me hagas reír! Lleva tiempo sin pegar palo al agua. ¡Está acabado! No pienso quedarme para ver cómo me destruye. No sabe que estoy embarazada y, desde luego, no pienso tenerlo; no estoy chiflada. Sería una locura, con alguien como Robert. Se trae a casa a esos desheredados, que nos roban, que inundan el jardín de mierda y un día nos atracan y nos matan a los dos. Están infectando el East Egg. Los vecinos se quejan. ¡Es un peligro público! Y esas mierdas que escribe…, de gente rara como él. ¡Morbosidades, es lo que escribe, morbosidades! 

Fue imposible convencer a Caroline. Se largó de mi apartamento con más humos que con los que entró, dejándome encomendada la misión más difícil de toda mi vida. Miré por la ventana y la vi entrar en un Porsche descapotable tan amarillo como su vestido. Un tipo con camisa blanca y gafas de sol la esperaba dentro. Arrancó rápido y me dio la impresión de que se iban al infierno envueltos en ese ruido grave e inalcanzable de los coches de 120.000 dólares. 

Ha pasado más de un año y no he vuelto a saber de Caroline. 

Encontré a Robert en su mansión de Long Island más arruinado que nunca. Estaba envuelto en una manta vieja en su estudio del ático, muerto de frío y deshidratado; llevaba sin comer más de tres días. El mayordomo y las criadas habían desaparecido. Me lo llevé a mi apartamento hasta que le enconaré un sitio en un almacén del puerto de New Jersey. Su casa la embargaron al poco tiempo de que lo abandonara Caroline, y las cuentas del banco simplemente dejaron de existir. Robert estaba muy enfermo, era insociable, dejó de publicar y escribía únicamente para él, y bajo el influjo de su extravagancia mental. Emborronaba hojas y hojas y las tiraba por la ventana como un desquiciado. Sabía perfectamente que Caroline se había quedado abrazada. Uno de sus cuentos me dio la pista de su frustración ante la paternidad y nunca me contó lo que había pasado entre ellos; tampoco era necesario. 

Yo pasé a costearle, como he podido, su «ración diaria» y los sándwiches y las cervezas durante todo este tiempo. Me repetía contestemente, como hacen los junkies, que trabajaba en un proyecto que me iba a hacer rico una vez que él muriera. «Los escritores póstumos son los que conocen la gloria. Los que conocen la gloria, los que conocen la gloria…», repetía una y otra vez. Y en un acto de generosidad me firmó un documento cediéndome los derechos de autor de todas sus obras, de las pasadas, presentes y futuras, porque indudablemente seguiría escribiendo allá donde se encontrara; en el infierno lo más probable. Quizá sea él quien verdaderamente esté escribiendo este pequeño fragmento de su vida, porque yo jamás fui capaz de redactar más que noticias de eventos para diarios deportivos, alguna que otra entrevista a figuras de segunda y una columna de economía doméstica en una página interior del New York Post. 

Hoy es domingo y el muelle está tranquilo. Los barcos atracados parecen descansar de su actividad frenética, y las gaviotas picotean aquí y allá todo lo que pueden. Yo sabía que Robert no acabaría bien, él mismo ya no aguantaba ni el peso de sus huesos. No creo que fuera consciente de todo lo que había sucedido en su vida en los dos últimos años. Veo decenas de hojas escritas tiradas por los suelos. Su escuálido cuerpo, sobre el camastro en esta habitación desloada, me da escalofríos. Todo su atractivo se ha esfumado y, en su lugar, la máscara de la muerte ya es un hecho consumado desde hace por lo menos más de veinticuatro horas. 

Su máquina de escribir está sin cinta, y en las últimas semanas se ha dedicado a emborronar cuartillas y a pintar desordenadamente el nombre de Caroline por las paredes. El jueves lo encontré más despejado. Escribía su epitafio sobre la etiquete de una botella de whiskie. Era original. Ya el jueves vi que se estaba muriendo. Deliraba como un moribundo y no tuve la precaución de pedirle el documento que me adjudica su legado. He de vaciar todo esto antes de localizar a Mossbach. Si él no quiere hacerse cargo del cadáver, veré cómo me las arreglo para sacarlo del puerto y trasladarlo desde aquí, en la bahía de Newark, para darle sepultura sin saber dónde. Lo cierto es que yo no tenía previsto este final tan repentino de Robert, y he de encontrar su testamento antes de que vengan a llevarse el cuerpo de mi amigo.

*Pisher: persona que se mea en la cama, persona insignificante.

Cuento publicado en la antología: Madrid: golpe a la crisis. 12 narradores en clave de cuento
ISBN: 978-84-15449-77-5
Numero de páginas: 258