lunes, 9 de julio de 2012

50 años sin William Faulkner

Reproduzco un artículo que escribí en el año 2009, publicado en la revista Resonancias y que titulé: Un Santuario para El Astillero, sobre una de las novelas más emblemáticas de Faulkner: Santuario, para el centenario del nacimiento de Juan Carlos Onetti, el escritor más faulkneriano de todos los escritores. En mi artículo pongo en contrapeso la magistral novela de Onetti, Astillero, y la impecable Santuario, de Faulkner.



Si ciento un años no son nada (1909), ciento trece (1897), se nos revela como un tiempo desaparecido, no encontrado, errante. Percibido más actual que nunca en la retina del lector que se acerque con sed de revelación a cualquiera de los dos escritores: Juan Carlos Onetti y William Faulkner . Sus novelas y sus cuentos siembran un camino de arena mojada y yuyos, y hacen de esas cicatrices que surcan nuestros días, una realidad tan solo vivida a medias, sin dejarnos impasibles al tedio y a la falsificación de la vida que no brota por ninguna parte. Que mañana tras mañana, entra en nuestros despertadores y cubren nuestros despertares de lodos y fangos, de las tierras turbias que saturan los escenarios de Santuario (W. Faulkner, 1931) y anegan los de El astillero (J.C. Onetti, 1961).
En El astillero, los barcos desguazados, la herrumbre, la humedad y el lodo sacuden las mañanas con un vapor de ensoñación a Larsen, que dirige una farsa que acabará con él. Con un ánimo atrapado en la derrota con el que Onetti construye su astillero: una ruina donde se descomponen las felicidades que alguna vez nos hicieron fuertes, desde un santuario legado, un santuario de fracaso en el que fabrica su ficción letra a letra, frase a frase, en plena intemperie, bajo la lluvia y los días sin amaneceres; y pare a sus personajes en la desolación, en la desesperanza, entre callejones de locura, pero… con un padre, un gran padre con nombre y apellido que edifica ese santuario en el que todo perece. Y Onetti, deslumbrado ante la obra de Faulkner: asombrado, hechizado, sin ánimos para seguir escribiendo, se zambulle entre esas aguas turbias, se sumerge en ellas y se nutre de sus limos. Donde las mujeres llevan camisas y zapatos de hombre «…con restos de infancia en los ojos, con arrugas recientes, con desgaste, y pintura, con risa estridente que no se ríe de nada, que sonaba, inevitable, como hipo, como tos, como estornudo»*, y los hombres se cubren con sombreros y aprietan el cigarrillo con los labios a medio caer « aplastados por el hambre y la desgracia, separados de la vida, sin ánimos para inventarse entusiasmos»*.
La ambigüedad es el mejor escondite de Onetti. Parece que lo que no se ve debiera ser mejor y más fascinante, que lo que día tras día, se nos presenta trillado y común. Y eso, precisamente, es lo que sitúa al escritor en una posición cómoda y segura, en una posición tumbada, en el refugio de una cama. En el fondo, la ambigüedad onettiana lo resguarda, le da un plus de tranquilidad, aunque ésta sea construida a base de desesperanza y de pereza.
Onetti le debe tanto e Faulkner… que a veces da la sensación de que esa semejanza es un guiño al lector, incitándole a encontrar en el laberinto de su obra, lo que esconde, lo que rescata de Faulkner, lo que atrapa del sureño norteamericano. Es como si Onetti hubiese escogido la obra de su admirado escritor y se hubiera propuesto añadir más desencanto y desolación, más condena e individualismo, y obtiene de ésta los elementos que le sirven para esa trasformación y para crear un universo paralelo, una ciudad inventada, personajes ridículos e historias de desencuentros. Todo eso lo vemos con claridad en El astillero. Si leemos Santuario, novela que debió caer en manos de Onetti con una primera edición en castellano en 1933, queda claro que calca ciertos retratos con una precisión indisimulada, y creo que hasta provocativa; sin citar la coincidencia en la voz y el tono, y en la estructura. Y aunque Onetti utilice una adjetivación claramente más oscura, trágica y desencantada, onírica, y a veces con un narrador testigo que nos cuenta desde afuera y nos da su opinión, crea la historia cómo si tomase parte de un sueño, como si no estuviese pasando en el territorio de la ficción, sino en una realidad fabricada en el inconsciente. Mientras que la objetividad aparente de Santuario, nos incita a pensar que ésta participa de la vida con mayor realismo.
Los dos hacen del ambiente y del paisaje el personaje clave.
Sin haberme propuesto un análisis exhaustivo, ni comparativo, ni académico, ni nada por el estilo, sacudo la cabeza al encontrar en El astillero a Angélica Inés con el vestido blanco de Narcisa –será por algo– y a la mujer de Gálvez con los mismos zapatos de hombre de Ruby. Las dos cocinan carne –quizás sea la misma carne–, que una asa y la otra fríe, para dar de comer a hombres que tienen similares inquietudes: unos son contrabandistas y los otros roban; en las mismas casas solitarias, con porches de tablones usados entre la maleza de una jungla desguazada, apartada y escondida; en un lugar abandonado, donde los personajes silencian las normas de la sociedad para subsistir al margen de ésta. Con el código de los desesperados, de las gentes que van por el borde de la vida haciendo equilibrios, y en escenarios paralelos: Santuario en un gran delta y El astillero en el borde de otro inmenso rio.
En las dos, el burdel y la prostitución abordan las historias, en un Larsen viejo y retirado del proxenetismo, y en Popeye que esconde en un burdel a una jovencita que ha perdido toda inocencia. En Santuario, Ruby, la ex prostituta mujer de Goodwin, lleva a su niño moribundo siempre en los brazos, y lo esconde de las ratas en una caja de madera detrás de un fogón.
El Chamamé de Puerto Astillero, es un bar de mala muerte en el que el polvo se arrastra a la misma velocidad que los pasos de las absurdas parejas que bailan como fantasmas en un cementerio, mientras los gánsteres de Santuario se pelean en el club y la orquesta toca blues y canciones para un muerto.
Distancias cortas que se encuentran no tan alejadas, cuando Faulkner hace cantar a su homicida negro con voz de barítono desde la celda de la cárcel, antes de ser horacado, y la gente se arremolina a escucharlo en la calle tras el ventanuco de su celda, «Pasaron junto a la cárcel, un edificio rectangular, brutalmente acuchillado por pálidas rendijas de luz. Sólo la ventana central era lo suficientemente amplia para darle ese nombre… El homicida negro se apoyaba en ella; abajo a lo largo de la valla, una fila de cabezas –con sombrero algunas y otras destocadas- sostenidas por hombros ensanchados en el trabajo, y las voces conjuntadas, sonoras y tristes, que se alzaban en la noche tibia e insondable, hablando del cielo y del cansancio»®, y Onetti hace que se escuche fox en la radio, y que los músicos que tocan en el Chamamé se reduzcan «…a una guitarra y un acordeón y su natural consecuencia… y sus mujeres con ropas y pinturas increíbles, un hembraje indiferenciado, un conjunto movedizo de colores, perfumes y agujeros, con tacones altísimos o con alpargatas, con vestidos de baile o con batas manchadas por vómitos y orina de bebés”.
Y los todos fuman, mascan tabaco, lo escupen y hacen del fumar una desesperación más. Y siento que la muerte va a estar en el próximo capítulo. Y al final sucede lo que está escrito que tiene que suceder a los hombre, a las mujeres, a las vidas sin esperanza.
Para Faulkner las cicatrices están en la tierra «el camino era una cicatriz demasiado profunda para ser una camino…» y Onetti las traslada a la piel «…se levantó con una expresión de inocencia donde se marcaban las arrugas como cicatrices». Y paso las páginas y me adentro en las dos historias, en esos lugares abandonados, en esos personajes a medio tocar el suelo con la cabeza ladeada y el sombrero medio colocado. Hombres que escupen al suelo y llevan revólveres en la sobaquera. Y Faulkner me deslumbra con su elegante estilo, el estilo que veo ocupando con meticulosidad en las desilusiones sobre el parquet podrido y perros oliendo el frío entre las piernas de sus dueñas de Onetti, y en los largos pensamientos de desencanto que abarrotan sus páginas.
Al terminar las últimas frases de las dos novelas, me dejo guiar por la sensación que me dejan dentro. Y siento más que pienso. Y una turbación de desasosiego me acompaña junto a la sonrisa tonta que se me queda (asombrándome de que Onetti me deje elegir entre dos cierres distintos). Y eso es precisamente lo que tienen los grandes escritores: la emoción que son capaces de dejarnos cuando cerramos el libro y siguen sus frases dentro de nosotros sin morir nunca.

Y aquí van los finales de estas dos magníficas obras que no necesitan palabras:

«(O mejor, los lancheros lo encontraron, pisándolo casi, encogido, negro con la cabeza que tocaba las rodillas protegidas por el untuoso presagio del sombrero, empapado por el rocío, delirando. Explicó con grosería que necesitaba escapar, manoteó aterrorizado el revólver y le rompieron la boca. Alguno después tuvo lástima y lo levantaron del barro; le dieron un trago de caña, risas y palmadas, fingieron limpiarle la ropa, el uniforme sombrío, raído por la adversidad, tirante por la gordura. Eran tres los lancheros, y sus nombres constan; estuvieron atravesando el frío de la madrugad, y moviéndose sin apuros y errores entre el barco y el pequeño galpón de mercaderías, cargando cosas, insultándose con amasada paciencia. Larsen les ofreció el reloj y lo admiraron sin aceptarlo. Tratando de no humillarlo, lo ayudaron a trepar y a acomodarse en la banqueta de popa. Mientras la lancha temblaba sacudida por el motor, Larsen, abrigado con las bolsas secas que le tiraron, pudo imaginar en detalle la deconstrucción del edificio del astillero, escuchar el siseo de la ruina y del abatimiento. Pero lo más difícil de sufrir debe haber sido el inconfundible aire caprichoso de septiembre, el primer adelgazado olor de la primavera que se desliza incontenible por las fisuras del invierno decrépito. Lo respiraba lamiéndose la sangre del labio partido a medida que la lancha empinada remontaba el rio. Murió de pulmonía en El Rosario, antes de que terminara la semana, y en los libros del hospital figura completo su nombre verdadero.)*

El astillero, J.C. Onetti



«En el pabellón, una banda con un uniforme azul verdoso del ejército interpretaba Massanet, Scriabine y Berlioz convirtiéndolos en una delegada capa de Chaikovski torturado sobre una rebanada de pan correoso, mientras el crepúsculo se disolvía en húmedos reflejos que caían desde las ramas sobre el pabellón y los sombríos hongos de los paraguas. Vibrantes y llenos de resonancias, los acordes de los instrumentos de viento estallaban y morían en el verde espesor del crepúsculo, despeñándose luego en intensas oleadas tristes. Temple ocultó un bostezo con la mano y después, sacando una polvera, la abrió para contemplar en el espejo un rostro en miniatura, malhumorado, descontento y triste. Al cerrar la polvera, protegida por el ala de su elegante sombrero nuevo, dio la impresión de seguir con los ojos las ondas de música, para –más allá del estanque y del opuesto semicírculo de árboles, donde, entre intervalos de sombra, cavilaban tranquilas las reinas muertas de sus mármoles con pátina– perderse finalmente en un cielo que yacía, postrado y vencido, estrechamente abrazado a la estación de la lluvia y de la muerte.»®

Santuario, W. Faulkner



* El astillero, 1961; Seix Barral, 2002.
Juan Carlos Onetti (Montevideo, 1909 – Madrid, 1995).

® Santuario, 1931; Alfaguara, 2006.
William Faulkner (New Albany, Mississippi, 1897 – Oxford, Mississippi, 1962).

Foto: W. Faulkner encendiendo su pipa.