domingo, 3 de marzo de 2013

Leche de coco y crema de bananas


 Relato publicado en Cuentos del Sismógrafo

 

He de empezar por lo importante, recordando el áspero gusto a higo chumbo que me produjo la mirada de Alberto cuando lo conocí. Cómo lentamente el olor de su cuerpo se iba convirtiendo en un aroma dulzón y áspero que me recordaba al de la leche cortada. Me causó esa grata impresión que posee para mí la belleza mantecosa. Apenas hube mantenido las primeras impresiones con él, la acidez que contenía nuestros primeros saludos por el parque, junto a una emoción repulsiva, dieron paso a la sensación de licuarme en su mirada. Cuando le observaba hablar tirando de la correa de su perro, mi holgada falda disimilaba la húmeda y correosa excitación que se producía en mi cuerpo. Esta transformación se produjo en el trascurso de una sesión de cine erótico a la que me invitó tras entablar nuestra segunda y tímida conversación en el parque de Berlín.  

     Conocí a Alberto una tarde de intenso calor de verano. El bochorno abrasador nos arrojaba de nuestros incandescentes y minúsculos apartamentos de la calle Pradillo. Los edificios que bordean el parque se desvanecían tras diez horas expuestos al sol inclemente del mes de Julio de Madrid. Ambos solíamos pasear a nuestros perros por el parque, del que todavía somos vecinos. Nos habíamos visto en numerosas ocasiones alrededor del pequeño estanque, a la entrada de Concha Espina, pero hasta entonces nos esquivábamos con timidez mientras nuestros perros se olfateaban atrozmente. 

          Aquella tarde, la que inauguró nuestra historia, al principio, él me pareció un chaval ásperamente gordo y seboso, como embadurnado en mantequilla. Le sudaba la frente, brillante y grasienta. Llevaba una perilla a lo Adolfo Bécquer que me pareció intelectual y morbosa. Vestía con ropa escandalosa de surfista que le queda muy grande; ideal para ocultar su amorfo y celulítico cuerpo, tras el despiste de un deporte para flacos. La verdad: sus camisas de verdes chirriantes y naranjas calientes grabadas con motivos surferos de Tarifa, le daban un aire de chico desesperado en busca de una tabla de surf con dos tetas bien puestas con la que surcar las olas del verano madrileño.

     Pensé entonces que era un tipo desesperado, como tantos otros, por olor a mar y a caracola, en estado de castigo en la meseta castellana, suspirando por un trocito de sal marina entre los dientes y pidiendo a gritos ser rescatado de la sosa y aburrida sequía de su cuerpo. 

     Yo, que hasta en la poca agua que concentra mi bañera me puedo ahogar, decidí aceptar un pequeño chapuzón bajo las olas de la camisa de Alberto y surfear en la butaca de un cine porno por las magrosidades de su cuerpo. Subir y bajar por las sudorosas olas de su piel; entrar y salir por los recovecos de sus tintineantes michelines; deslizarme por sus pantalones buscando la isla prohibida entre sus piernas, balancearme por una rama de su palmera y rebozarme entre la arena de su playa desbordada. 

¡Ah…! Excelente prefacio para un rato de surf. Lo recuerdo tan bien como si lo tuviera delante. Quedamos en la puerta del cine Max, sólo para adultos de la calle Arapiles. La película se titulaba Sabor a mar. No podía haber en el mundo un nombre mejor para quienes añoran el gusto del líquido salado. Alberto y yo, en cuanto tomamos posesión de nuestras butacas y empezó la película, comenzamos a balancearnos de aquí para allá, hacia arriba y hacia abajo, hacia fuera y hacia adentro. Las protagonistas del film, dos rubias bañistas despampanantes tan desnudas como vinieron a este mundo, hacían saltar a los peces del agua en cabriolas indescriptibles. Las dos eróticas sirenas iban acompañadas por cuatro estrellas masculinas del cine porno que alardeaban de miembros febriles a punto de estallar, desperdigando sus humores por la playa. Rojos y calientes, los actores destacaban sobre la blanca arena como cangrejos apareados, sembrando por la arena a los pocos minutos leche de coco y crema de banana. 

     A Alberto se le movían las chichas en obsceno vaivén según avanzaba la película, y el roce de sus carnes producían un ruido lujurioso, semejante al frote de las patas de las cigarras, eso me provocaba una febril excitación. Su olor a sudor salado, mezcla de berberechos y boquerones en vinagre, hacían de mí una cueva marina bajo el mar Mediterráneo, en la que Alberto, ya sin pantalones piratas, entraba y salía buceando con mi pez en su boca. 

     En la oscuridad del cine, no nos percatamos de la audiencia, pensando que todos estarían disfrutando al regocijo playero del penetrante argumento y de la belleza y el exceso de sus protagonistas; pues la verdad, ni Alberto ni yo, con mis 120 kilos, pudimos imaginar que todo el mundo nos miraba enfebrecido, y en un flash de lucidez nos dimos cuenta que, durante toda la película, los protagonistas de Sabor a mar éramos nosotros en el oscuro decorado del cine Max.  

Para nuestra sorpresa al encender las luces todos los espectadores estaban de pie aplaudiéndonos, entusiasmados por nuestra lujosa actuación. Fue una interpretación tan realista que nuestros asientos, como tablas de surf, nadaban en mil piruetas sobre olas de leche de coco y crema de banana que Alberto y yo derramamos con valentía.

     Después de tres años juntos nos amamos locamente y, aprovechando que la obesidad está de moda, nos hemos hecho actores de cine triunfando por todo Madrid como estrellas de mar.

 

Mercedes de Vega

 


Relato publicado en Cuentos del Sismógrafo


lunes, 4 de febrero de 2013

Una visión del mundo, por John Cheever


El cuento Una visión del mundo fue publicado por primera vez en The New Yorker, el 29 de septiembre del 62. Es sin duda uno de los mejores y más representativos del imaginario de John Cheever. Es profundo y honesto y requiere una atenta lectura. Para disfrutar plenamente del universo Cheever.


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Esto lo escribo en otra casa de campo a orillas del mar, sobre la costa. La ginebra y el whisky han marcado anillos en la mesa frente a la cual me siento. Hay poca luz. De la pared cuelga una litografía coloreada de un gatito que tiene puestos un sombrero adornado con flores, un vestido de seda y guantes. El aire huele a moho, pero yo creo que es un olor grato, vivificante y carnal, como el agua de la sentina y el viento en tierra. Hay marea alta, y el mar bajo el farallón golpea los muros de contención y las puertas y sacude las cadenas con fuerza tal que salta la lámpara sobre mi mesa. Estoy aquí, solo, para descansar de una sucesión de hechos que comenzó un sábado por la tarde, cuando estaba paleando en mi jardín. Treinta o cincuenta centímetros bajo la superficie descubrí un pequeño recipiente redondo que podía haber contenido cera para lustrar zapatos. Con un cortaplumas abrí el recipiente. Dentro encontré un pedazo de tela encerada, y al desplegarla hallé una nota escrita sobre papel rayado. Leí: «Yo, Nils Jugstrum, me prometo que si al cumplir los veinticinco años no soy socio del Club Campestre de Arroyo Gory, me ahorcaré». Sabía que veinte años antes el vecindario en que vivo era tierra de cultivo, y supuse que el hijo de un agricultor, mientras contemplaba los verdes senderos del arroyo Gory, habría formulado su juramento y lo habría enterrado en el suelo. Me conmovieron, como me ocurre siempre, esas líneas irregulares de comunicación en las cuales expresamos nuestros sentimientos más profundos. A semejanza de un impulso de amor romántico, me pareció que la nota me sumergía más profundamente en la tarde.

El cielo era azul. Parecía música. Acababa de cortar el pasto y su fragancia impregnaba el aire. Me recordaba esos avances y esas promesas de amor que practicamos cuando somos jóvenes. A1 final de una carrera pedestre uno se echa sobre la hierba, junto a la pista, jadeante, y el ardor con que abraza la hierba de la escuela es una promesa a la cual se atendrá todos los días de su vida. Mientras pensaba en cosas pacíficas, advertí que las hormigas negras habían vencido a las rojas, y estaban retirando del campo los cadáveres. Pasó volando un petirrojo, perseguido por dos grajos. El gato estaba en el seto de uvas, acechando a un gorrión. Pasó una pareja de oropéndolas tirándose picotazos, y de pronto vi, a menos de medio metro de donde estaba, una culebra venenosa que se despojaba del último tramo de su oscura piel de invierno. No sentí temor ni miedo, pero me impresionó mi falta de preparación para este sector de la muerte. Aquí encontraba un veneno letal, parte de la tierra tanto como el agua que corría en el arroyo, pero pareció que no le había reservado un lugar en mis reflexiones. Volví a casa para buscar la escopeta, pero tuve la mala suerte de encontrarme con el más viejo de mis perros, una perra que teme a las armas. Cuando vio la escopeta, comenzó a ladrar y a gemir, atraída sin piedad por sus instintos y sus sentimientos de ansiedad. Sus ladridos atrajeron al segundo perro, por naturaleza cazador, que bajó saltando los peldaños, dispuesto a cobrar un conejo o un pájaro; y seguido por dos perros, uno que ladraba de alegría y el otro de horror, regresé al jardín a tiempo para ver que la víbora desaparecía entre las grietas de la pared de piedra.
Después, fui en automóvil al pueblo y compré semillas de hierba, y más tarde fui al supermercado de la Ruta 27 para comprar unos brioches que había pedido mi esposa. Creo que en estos tiempos uno necesita una cámara para filmar un supermercado el sábado por la tarde. Nuestro lenguaje es tradicional, y representa la acumulación de siglos de relaciones. Excepto las formas de los productos, mientras esperaba no pude ver nada tradicional en el mostrador de la panadería. Éramos seis o siete personas, y nos demoraba un viejo que tenía una larga lista, una relación de alimentos. Mirando por encima de su hombro leí:
6 huevos
entremeses
Me vio leyendo el papel y lo apretó contra el pecho, como un prudente jugador de naipes. De pronto, la música funcional pasó de una canción de amor a un cha-cha-cha, y la mujer que estaba al lado comenzó a mover tímidamente los hombros y a ejecutar algunos pasos. «Señora, ¿desea bailar?», pregunté. Era muy fea, cuando abrí los brazos avanzó un paso y bailamos un minuto o dos. Era evidente que le encantaba bailar, pero con una cara como la suya seguramente no tenía muchas oportunidades. Entonces, se sonrojó intensamente, se desprendió de mis brazos y se acercó a la vitrina de vidrio, donde estudió atentamente los pasteles de crema. Me pareció que había dado un paso en la dirección apropiada, y cuando recibí mis brioches y volví a casa estaba muy contento. Un policía me detuvo en la esquina de la calle Alewives, para dar paso a un desfile. A1 frente marchaba una joven calzada con botas y vestida con pantalones cortos que destacaban la delgadez de sus muslos. Tenía una nariz enorme, llevaba un alto sombrero de piel y subía y bajaba un bastón de aluminio. La seguía otra joven, de muslos más finos y más amplios, que marchaba con la pelvis tan adelantada al resto de su propia persona que la columna vertebral se le curvaba de un modo extraño. Usaba gafas, y parecía sumamente molesta a causa del avance de la pelvis. Un grupo de varones, con el agregado aquí y allá de un campanero de cabellos canos, cerraba la retaguardia y tocaba Los cajones de municiones avanzan. No llevaban estandartes, por lo que podía ver no tenían finalidad ni destino y todo me pareció muy divertido. Me reí el resto del camino a casa.
Pero mi esposa estaba triste.
–¿Qué pasa, querida? –pregunté.
–Tengo esa terrible sensación de que soy un personaje, en una comedia de televisión –dijo–. Quiero decir que mi aspecto es agradable, estoy bien vestida, tengo hijos atractivos y alegres, pero experimento esa terrible sensación de que estoy en blanco y negro y de que cualquiera me puede apagar. Es sólo eso, que tengo esa terrible sensación de que me pueden borrar. –Mi esposa a menudo está triste porque su tristeza no es una tristeza triste, y dolida porque su dolor no es un dolor aplastante. Le pesa que su pesar no sea un pesar agudo, y cuando le explico que su pesar acerca de los defectos de su pesar puede ser un matiz diferente del espectro del sufrimiento humano, eso no la consuela. Oh, a veces me asalta la idea de dejarla. Puedo concebir una vida sin ella y los niños, puedo arreglarme sin la compañía de mis amigos, pero no soporto la idea de abandonar mis prados y mis jardines. No podría separarme de las puertas del porche, las que yo reparé y pinté, no puedo divorciarme de la sinuosa pared de ladrillos que levanté entre la puerta lateral y el rosal; y así, aunque mis cadenas están hechas de césped y pintura doméstica, me sujetarán hasta el día de mi muerte. Pero en ese momento agradecía a mi esposa lo que acababa de decir, su afirmación de que los aspectos externos de su vida tenían carácter de sueño. Las energías liberadas de la imaginación habían creado el supermercado, la víbora y la nota en la caja de pomada. Comparados con ellos, mis ensueños más desordenados tenían la literalidad de la doble contabilidad. Me complacía pensar que nuestra vida exterior tiene el carácter de un sueño y que en nuestros sueños hallamos las virtudes del conservadurismo. Después, entré en la casa, donde descubrí a la mujer de la limpieza fumando un cigarrillo egipcio robado y armando las cartas rotas que había encontrado en el canasto de los papeles.
Esa noche fuimos a cenar al Club Campestre Arroyo Gory. Consulté la lista de socios, buscando el nombre de Nils Jugstrum, pero no lo encontré, y me pregunté si se habría ahorcado. ¿Y para qué? Lo de costumbre. Gracie Masters, la hija única de un millonario que tenía una funeraria, estaba bailando con Pinky Townsend. Pinky estaba en libertad, con fianza de cincuenta mil dólares, a causa de sus manejos en la Bolsa de Valores. Una vez fijada la fianza, extrajo de su billetera los cincuenta mil. Bailé una pieza con Millie Surcliffe. Tocaron Lluvia, Claro de luna en el Ganges, Cuando el petirrojo rojo rojo viene buscando su antojo, Cinco metros dos, hay tus ojos, Carolina por la mañana y El Jeque de Arabia. Se hubiera dicho que estábamos bailando sobre la tumba de la coherencia social. Pero, si bien la escena era obviamente revolucionaria, ¿dónde está el nuevo día, el mundo futuro? La serie siguiente fue Lena, la de Palesteena, Porsiemprejamás soplando burbujas, Louisuille Lou, Sonrisas, y de nuevo El petirrojo rojo rojo. Esta última pieza de veras nos hace brincar, pero cuando la banda lanzó a pleno sus instrumentos vi que todos meneaban la cabeza con profunda desaprobación moral ante nuestras cabriolas. Millie regresó a su mesa, y yo permanecí de pie junto a la puerta, preguntándome por qué se me agita el corazón cuando veo que la gente abandona la pista de baile después de una serie; se agita lo mismo que se agita cuando veo mucha gente que se reúne y abandona una playa mientras la sombra del arrecife se extiende sobre el agua y la arena, se agita como si en esas amables partidas percibiese las energías y la irreflexión de la vida misma.

Pensé que el tiempo nos arrebata bruscamente los privilegios del espectador, y en definitiva esa pareja que charla de forma estridente en mal francés en el vestíbulo del Grande Bretagne (Atenas) somos nosotros mismos. Otro ocupó nuestro puesto detrás de las macetas de palmeras, nuestro lugar tranquilo en el bar, y expuestos a los ojos de todos, obligadamente miramos alrededor buscando otras líneas de observación. Lo que entonces deseaba identificar no era una sucesión de hechos sino una esencia, algo parecido a esa indescifrable colisión de contingencias que pueden provocar la exaltación o la desesperación. Lo que deseaba hacer era conferir, en un mundo tan incoherente, legitimidad a mis sueños. Nada de todo eso me agrió el humor y bailé, bebí y conté cuentos en el bar hasta cerca de la una, cuando volvimos a casa. Encendí el televisor y encontré un anuncio comercial que, como tantas otras cosas que había visto ese día, me pareció terriblemente divertido. Una joven con acento de internado preguntaba:
–¿Usted ofende con olor de abrigo de piel húmedo? Una capa de marta de cincuenta mil dólares sorprendida por la lluvia puede oler peor que un viejo sabueso que estuvo persiguiendo a un zorro a través de un pantano. Nada huele peor que el visón húmedo. Incluso una leve bruma consigue que el cordero, la mofeta, la civeta, la marta y otras pieles menos caras pero útiles parezcan tan malolientes como una leonera mal ventilada en un zoológico. Defiéndase de la vergüenza y el sentimiento de ansiedad mediante breves aplicaciones de Elixircol antes de usar sus pieles... –Esa mujer pertenecía al mundo del sueño, y así se lo dije antes de apagarla. Me dormí a la luz de la luna y soñé con una isla.
Yo estaba con otros hombres, y parecía que había llegado allí en una embarcación de vela. Recuerdo que tenía la piel bronceada, y cuando me toqué el mentón sentí que tenía una barba de tres o cuatro días. La isla estaba en el Pacífico. En el aire flotaba un olor de aceite comestible rancio –un indicio de la proximidad de la costa china–. Desembarcamos en mitad de la tarde, y me pareció que no teníamos mucho que hacer. Recorrimos las calles. El lugar había sido ocupado por el ejército, o había servido como puesto militar, porque muchos de los signos de las ventanas estaban escritos en inglés defectuoso. «Crews Cutz» (cortes de cabello), leí en un cartel de una peluquería oriental. Muchas tiendas exhibían imitaciones de whisky norteamericano. Whisky estaba escrito «Whikky». Como no teníamos nada mejor que hacer, fuimos a un museo local. Vimos arcos, anzuelos primitivos, máscaras y tambores. Del museo pasamos a un restaurante y pedimos una comida. Tuve que debatirme con el idioma local, pero lo que me sorprendió fue que parecía tratarse de una lucha bien fundada. Tuve la sensación de que había estudiado el idioma antes de desembarcar. Recordé claramente que formulé una frase cuando el camarero se acercó a la mesa. –Porpozec ciebie nie prosze dorzanin albo zylopocz ciwego –dije. El camarero sonrió y me elogió, y cuando desperté del sueño, el uso del lenguaje determinó que la isla al sol, su población y su museo fuesen reales, vívidos y duraderos. Recordé con añoranza a los nativos serenos y cordiales, y el cómodo ritmo de su vida.

El domingo pasó veloz y agradable en una ronda de reuniones para beber cócteles, pero esa noche tuve otro sueño. Soñé que estaba de pie frente a la ventana del dormitorio de la casa de campo de Nantucket que alquilamos a veces. Yo miraba en dirección al sur, siguiendo la delicada curva de la playa. He visto playas más hermosas, más blancas y espléndidas, pero cuando miro el amarillo de la arena y el arco de la curva, siempre tengo la sensación de que si miro bastante tiempo la caleta me revelará algo. El cielo estaba nublado. El agua era gris. Era domingo... aunque no podía decir cómo lo sabía. Era tarde, y de la posada me llegaron los sonidos tan gratos de los platos, y seguramente las familias estaban tomando su cena del domingo por la noche en el viejo comedor de tablas machimbradas. Entonces vi bajar por la playa una figura solitaria. Parecía un sacerdote o un obispo. Llevaba el báculo pastoral, y tenía puestas la mitra, la capa pluvial, la sotana, la casulla y el alba para la gran misa votiva. Tenía las vestiduras profusamente recamadas de oro, y de tanto en tanto el viento del mar las agitaba. La cara estaba bien afeitada. No puedo distinguir sus rasgos a la luz cada vez más escasa. Me vio en la ventana, alzó una mano y dijo: –Porpozec ciebie nie prosze dorzanin albo zyolpocz ciwego.–Después, continuó caminando deprisa sobre la arena, utilizando el báculo como bastón, el paso estorbado por sus voluminosas vestiduras. Dejó atrás mi ventana, y desapareció donde la curva del farallón concluye con la curva de la costa.
Trabajé el lunes, y el martes por la mañana, a eso de las cuatro, desperté de un sueño en el cual había estado jugando al béisbol. Era miembro del equipo ganador. Los tantos eran seis a dieciocho. Era un encuentro improvisado de un domingo por la tarde en el jardín de alguien. Nuestras esposas y nuestras hijas miraban desde el borde del césped, donde había sillas, mesas y bebidas. El incidente decisivo fue una larga carrera, y cuando se marcó el tanto una rubia alta llamada Helene Farmer se puso de pie y organizó a las mujeres en un coro que vivó:
–Ra, ra, ra –gritaron–. Porpozec ciebie nieprosze dorzanin albo zyolpocz ciwego. Ra, ra, ra.
Nada de todo esto me pareció desconcertante. En cierto sentido, era algo que había deseado. ¿Acaso el anhelo de descubrir no es la fuerza indomable del hombre? La repetición de esta frase me excitaba tanto como un descubrimiento. El hecho de que yo hubiera sido miembro del equipo ganador determinaba que me sintiera feliz, y bajé alegremente a desayunar, pero nuestra cocina lamentablemente es parte del país de los sueños. Con sus paredes rosadas lavables, sus frías luces, el televisor empotrado (donde se rezaban las oraciones) y las plantas artificiales en sus macetas, me indujo a recordar con nostalgia mi sueño, y cuando mi esposa me pasó el punzón y la Tableta Mágica en la cual escribimos la orden de desayuno, escribí: Porpozec ciebie nieprosze dorzanin albo zyolpocz ciwego. Ella se rió y me preguntó qué quería decir. Cuando repetí la frase –en efecto, parecía que era lo único que deseaba decir– se echó a llorar, y por la tristeza que expresaba en sus lágrimas comprendí que era mejor que yo descansara un poco. El doctor Howland vino a darme un sedante, y esa tarde viajé en avión a Florida.

Ahora es tarde. Me bebo un vaso de leche y me tomo un somnífero. Sueño que veo a una bonita mujer arrodillada en un trigal. Tiene abundantes cabellos castaños claros y la falda de su vestido es amplia. Su atuendo parece anticuado –quizá anterior a mi época y me asombra conocer a una extraña vestida con prendas que podía haber usado mi abuela, y también que me inspire sentimientos tan tiernos. Y sin embargo, parece real... más real que el camino Tamiami, seis kilómetros hacia el este, con sus puestos de Smorgorama y Giganticburger, más real que las calles laterales de Sarasota No le pregunto quién es. Sé lo que dirá. Pero entonces ella sonríe y empieza a hablar antes de que yo pueda alejarme. "Porpozec ciebie... ", empieza a decir. Entonces, me despierto desesperado, o me despierta el sonido de la lluvia sobre las palmeras. Pienso en un campesino que, al oír el ruido de la lluvia, estirará sus huesos derrengados y sonreirá, pensando que la lluvia empapa sus lechugas y sus repollos, su heno y su avena, sus zanahorias y su maíz. Pienso en un fontanero que, despertado por la lluvia, sonríe ante una visión del mundo en el cual todos los desagües están milagrosamente limpios y desatascados. Desagües en ángulo recto, desagües curvos, desagües torcidos por las raíces y herrumbrosos, todos gorgotean y descargan sus aguas en el mar. Pienso que la lluvia despertará a una vieja dama, que se preguntará si dejó en el jardín su ejemplar de Dombey and Son. ¿Su chal? ¿Cubrió las sillas? Y sé que el sonido de la lluvia despertará a algunos amantes y que su sonido parecerá parte de esa fuerza que arrojó a uno en brazos del otro. Después, me siento en la cama y exclamo en voz alta, para mí mismo:
–¡Calor! ¡Amor! ¡Virtud! ¡Compasión! ¡Esplendor! ¡Bondad! ¡Sabiduría! ¡Belleza! –Se diría que las palabras tienen los colores de la tierra, y mientras las recito siento que mi esperanza crece, hasta que al fin me siento satisfecho y en paz con la noche.


The New Yorker, 29 de septiembre de 1962.

martes, 8 de enero de 2013

Resultados del I Concurso Resonancias de Cuento 2013



Como homenaje a su XII aniversario, el equipo de Resonancias convocaron en julio del 2012 al I Concurso Resonancias de Cuento 2013 con la finalidad de alentar la labor de las escritoras y los escritores hispanoamericanos. Se recibieron un total de 523 cuentos desde el 12/07, fecha de apertura, hasta el 31/09/12. Los organizadores realizaron una preselección de las obras que no tenían la calidad requerida ni correspondían a las bases del Concurso.

Quedaron 322 cuentos que se repartieron entre los 8 miembros del Jurado, integrado por el poeta y escritor Luis Benítez (Argentina), el poeta Javier Claure (Bolivia), residente en Suecia, la escritora y socióloga Mercedes de Vega (España), el escritor y ensayista Maynor Freyre (Perú), el escritor Antonio Guerrero (España), el escritor y director de Resonancias Héctor Loaiza (Perú), residente en Francia, el escritor Rubén López Rodrigué (Colombia) y el dramaturgo y escritor Marcos Rosenzvaig (Argentina). El Jurado seleccionó durante el período del 12/10 al 20/11/12 a 19 cuentos semifinalistas:

“Comadres” por María Jesús Lombraña Ruiz (España), “Derrame cerebral” por Alexis Gallardo Rodríguez (Chile), “El brillo de la luna” por Dina Humanes (España), “El bus dick-dick” por Jeisson G. Ospina (Colombia), “El paño” por Ismael Marrero Rosales (España), “Estampas africanas” por Elena Marqués Núñez (España), “La decisión correcta” por Esther Chacón González (España), “La gata Katty” por Emilio A. M. Tafur Charun (Perú), “La puerta” por Ramiro Mansutti (Argentina), “La señorita Gutiérrez” por César Ibáñez París (España), “La vida de mis días” por Antonia Mora (España), “Los muertos” por Jesús Tiscar Jandra (España), “Manos de político” por Miguel Estamilla Tena (España), “Mamá, mi querida mamá” por José Antonio Saura Olivo (España), “Palabras cruzadas” por Manuel Sánchez Chamorro (España), “Reflejos de un espejo” por Francisco José Barrio Julio (España), “Suni” por Francisco Jiménez Ramírez (España), “Un sueño, ser escritor” por Adriana Lisnovsky (Argentina) y “Una luz en la inmensidad de la nada” por Marcos López Valenzuela (México).

Al recibir todos los dictámenes del Jurado el 20/11/12, los organizadores hicieron el cómputo de los 7 cuentos que fueron elegidos como finalistas: “Derrame cerebral” por Alexis Gallardo Rodríguez (Chile), “Estampas africanas” por Elena Marqués Núñez (España), “Los muertos” por Jesús Tiscar Jandra (España), “Manos de político” por Miguel Estamilla Tena (España), “Palabras cruzadas” por Manuel Sánchez Chamorro (España), “Reflejos de un espejo” por Francisco José Barrio Julio (España) y “Un sueño ser escritor” por Adriana Lisnovsky (Argentina).

Del 23/11/12 al 5/01/13, los 8 miembros del Jurado debían decidir entre los 7 cuentos finalistas a la obra ganadora con una mayoría de 5 votos. El 5/01/12, los organizadores constataron que en los fallos del Jurado no había unanimidad para designar a un cuento ganador del Concurso. Las obras “Un sueño ser escritor” y “Derrame cerebral” solo obtuvieron 2 votos cada una. Ambas no recogieron por lo menos 4 votos del Jurado, para que los organizadores acordaran un voto suplementario a una de ellas, como lo estipula el actual Reglamento Interno del Concurso.

En consecuencia, los organizadores declararon el 1er premio desierto, se concedió el 2do puesto a “Un sueño ser escritor” por Adriana Lisnovsky, el 3er puesto a “Derrame cerebral” por Alexis Gallardo Rodríguez, que son publicados en el sitio Resonancias y lo serán también en la versión PDF de los mejores contenidos del año de 2012. Se otorgaron las menciones de honor a los cuentos que recibieron un voto cada uno: “Estampas africanas” por Elena Marqués Núñez, “Los muertos” por Jesús Tiscar Jandra, “Manos de político” por Miguel Estamilla Tena y “Palabras cruzadas” por Manuel Sánchez Chamorro.

El premio de 300 € que no se concedió en la edición 2013 se acumulará al premio del II Concurso Resonancias de Cuento 2014 que se elevaría en ese caso a 600 €. Por otra parte, los organizadores incluirán en el Reglamento interno del próximo Concurso los procedimientos que evitarán la falta de consenso de los miembros del Jurado para premiar el cuento ganador. 


lunes, 3 de diciembre de 2012

Reunión, por John Cheever



He aquí uno de los cuentos que más me gustan de John Cheever. Un relato de apenas cuatro páginas que subyuga por lo que omite (como suele ocurrir con los mejores), por lo que no dice, por su tono y ese aire de irremediabilidad ante la catástrofe. Reunión, una genialidad entre otras de mi querido Cheever, que por cierto, Richard Ford escribió en referencia a éste otro homónimo y desarrollado en el mismo lugar, en Central Station de Nueva York. Salvo que los reunidos no son padre e hijo, sino una pareja. Intentaré localizarlo. 

REUNIÓN

La última vez que vi a mi padre fue en Grand Central Station. Yo venía de estar con mi abuela en los Adirondacks y me dirigía a una casita de campo que mi madre había alquilado en The Cape; escribí a mi padre diciéndole que pasaría hora y media en Nueva York debido al cambio de trenes, y preguntándole si podíamos comer juntos. Su secretaria me contestó que se reuniría conmigo en el quiosco de información a mediodía, y cuando aún estaban dando las doce le vi venir a través de la multitud. Era un extraño para mí -mi madre se había divorciado tres años antes y yo no lo había visto desde entonces-, pero tan pronto como lo tuve delante sentí que era mi padre, mi carne y mi sangre, mi futuro y mi fatalidad. Comprendí que cuando fuera mayor me parecería a él: que tendría que hacer mis planes contando con sus limitaciones. Era un hombre corpulento, bien parecido y me sentí feliz de volver a verlo. Me dio una fuerte palmada en la espalda y me estrechó la mano.
-Hola, Charlie -dijo-. Hola, muchacho. Me gustaría que vinieras a mi club, pero está por las calles sesenta, y si tienes que coger un tren en seguida, será mejor que comamos algo por aquí cerca.
Me rodeó con el brazo y aspiré su aroma con la fruición con que mi madre huele una rosa. Era una agradable mezcla de whisky, loción para después del afeitado, betún, traje de lana y el característico olor de un varón de edad madura. Deseé que alguien nos viera juntos. Me hubiera gustado que nos hicieran una fotografía. Quería tener algún testimonio de que habíamos estado juntos.
Salimos de la estación y nos dirigimos hacia un restaurante por una calle secundaria. Todavía era pronto y el local estaba vacío. El barman discutía con un botones, y había un camarero muy viejo con una chaqueta roja junto a la puerta de la cocina. Nos sentamos, y mi padre le llamó con voz potente:
-¡Kellner! -gritó-. ¡Garçon! ¡Camarieri! ¡Oiga usted!
Todo aquel alboroto parecía fuera de lugar en el restaurante vacío.
-¿Será posible que no nos atienda nadie aquí? -gritó-. Tenemos prisa.
Luego dio unas palmadas. Esto último atrajo la atención del camarero, que se dirigió hacia nuestra mesa arrastrando los pies.
-¿Esas palmadas eran para llamarme a mí? -preguntó.
-Cálmese, cálmese, sommelier -dijo mi padre-. Si no es pedirle demasiado, si no es algo que está por encima y más allá de la llamada del deber, nos gustaría tomar dos gibsons con ginebra Beefeater.
-No me gusta que nadie me llame dando palmadas -dijo el camarero.
-Tendría que haber traído el silbato -dijo mi padre-. Tengo un silbato que sólo oyen los camareros viejos. Ahora saque el bloc y el lápiz y procure enterarse bien: dos gibsons con ginebra Beefeater. Repita conmigo: dos gibsons con ginebra Beefeater.
-Creo que será mejor que se vayan a otro sitio -dijo el camarero sin perder la compostura.
-Esa es una de las más brillantes sugerencias que he oído nunca -dijo mi padre-. Vámonos de aquí, Charlie.
Seguí a mi padre y entramos en otro restaurante. Esta vez no armó tanto alboroto. Nos trajeron las bebidas, y empezó a someterme a un verdadero interrogatorio sobre la temporada de béisbol. Al cabo de un rato golpeó el borde de la copa vacía con el cuchillo y empezó a gritar otra vez:
-¡Garçon! ¡Cameriere! ¡Kellner! ¡Oiga usted! ¿Le molestaría mucho traernos otros dos de lo mismo?
-¿Cuántos años tiene el muchacho? -preguntó el camarero.
-Eso -dijo mi padre- no es en absoluto de su incumbencia.
-Lo siento, señor -dijo el camarero-, pero no le serviré más bebidas alcohólicas al muchacho.
-De acuerdo, yo también tengo algo que comunicarle -dijo mi padre-. Algo verdaderamente interesante. Sucede que éste no es el único restaurante de Nueva York. Acaban de abrir otro en la esquina. Vámonos, Charlie.
Pagó la cuenta, y nos trasladamos de aquél a otro restaurante. Los camareros vestían americanas de color rosa, semejantes a chaquetas de caza, y las paredes estaban adornadas con arneses de caballos. Nos sentamos y mi padre empezó a gritar de nuevo:
-¡Que venga el encargado de la jauría! ¿Qué tal los zorros este año? Quisiéramos una última copa antes de empezar a cabalgar. Para ser más exactos, dos Bibson Geefeaters.
-¿Dos Bibson Geefeaters? -preguntó el camarero, sonriendo.
-Sabe demasiado bien lo que quiero -dijo mi padre muy enojado-. Quiero dos Beefeater gjbsons y los quiero deprisa. Las cosas han cambiado en la vieja y alegre Inglaterra. Por lo menos eso es lo que dice mi amigo el duque. Veamos qué tal es la producción inglesa en lo que a cócteles se refiere.
-Esto no es Inglaterra -dijo el camarero.
-No discuta conmigo -dijo mi padre-. Limítese a hacer lo que se le dice.
-Creí que quizá le gustaría saber en dónde se encuentra -dijo el camarero.
-Si hay algo que no soporto -dijo mi padre- es un criado impertinente. Vámonos, Charlie.
El cuarto establecimiento en el que entramos era italiano.
-Buon giorno -dijo mi padre-. Per favore, possiamo avere due cocktail americani, forti, forti. Molto gin, poco vermut.
-No entiendo el italiano -dijo el camarero.
-No me venga con esas -dijo mi padre-. Entiende usted el italiano y sabe perfectamente bien que lo entiende. Vogliamo due cocktail americani. Subito.
El camarero se alejó y habló con el encargado, que se acercó a nuestra mesa y dijo:
-Lo siento, señor, pero esta mesa está reservada.
-De acuerdo -dijo mi padre-. Dénos otra.
-Todas las mesas están reservadas -dijo el encargado.
-Ya entiendo -dijo mi padre-. No desean tenernos por clientes, ¿no es eso? Pues váyanse al infierno. Vada all´inferno. Será mejor que nos marchemos, Charlie.
-Tengo que coger el tren -dije.
-Lo siento mucho, hijito -dijo mi padre-. Lo siento muchísimo. -Me rodeó con el brazo estrechándome contra sí-. Te acompaño a la estación. Si hubiéramos tenido tiempo de ir a mi club...
-No tiene importancia, papá -dije yo.
-Voy a comprarte un periódico -dijo-. Voy a comprarte un periódico para que leas en el tren.
Se acercó a un quiosco y dijo:
-Mi buen amigo, ¿sería usted tan amable como para obsequiarme con uno de sus absurdos e insustanciales periódicos de la tarde? -El vendedor se volvió de espaldas y se puso a contemplar fijamente la portada de una revista-. ¿Es acaso pedir demasiado, señor mío? -dijo mi padre-, ¿es quizá demasiado difícil venderme uno de sus desagradables especímenes de periodismo sensacionalista?
-Tengo que irme, papá -dije-. Es tarde.
-Espera un momento, hijito -replicó-. Sólo un momento. Estoy esperando a que este sujeto me dé una contestación.
-Hasta la vista, papá -dije; bajé las escaleras, tomé el tren, y aquella fue la última vez que vi a mi padre.


  • Esta traducción pertenece a José Luis López Muñoz.

  • “Reunión”. JOHN CHEEVER, Cuentos completos, RBA libros, 2012. ISBN: 9788490063958.





lunes, 12 de noviembre de 2012

LAS FUENTES DE LA HISTORIA DEL ARTE EN LA ÉPOCA CONTEMPORÁNEA

Acaba de publicarse esta excepcional y extraordinaria obra, fundamental para entender e interpretar el arte contemporáneo. Un utilísimo y riguroso compendio de referencias comentadas, tanto estéticas, técnicas como literarias o documentales, cuya finalidad es la de ayudar a entender e interpretar las fuentes sobre las que se sustentan muchas de las manifestaciones artísticas contemporáneas. Son precisamente las fuentes de dónde emana el origen mismo de la obra de arte, de donde proviene la inspiración y los motivos formales que guían al artista en su aventura creativa. Hay que destacar, además, que el libro dedica un capítulo a las fuentes literarias o de invención, y otro, a las descripciones artísticas e iconográficas, señal inequívoca de cómo la literatura siempre ha actuado como elemento contextualizador de la obra y del artista. Pensemos, por ejemplo, en el papel fundamental que la novela, el teatro, la poesía o los libros de viajes, han jugado a lo largo de los tiempos en la génesis del "imaginario" del artista. Es por todo ello, por lo que debemos dar la enhorabuena a la doctora Laura Arias Serrano por este magnífico trabajo de investigación y compilación, realizado a lo largo de diez años de concienzudo esfuerzo, que se ha visto culminado tan brillantemente con este imprescindible volumen.
Podemos decir, por tanto, que están de enhorabuena los investigadores, estudiosos, coleccionistas y amantes del arte contemporáneo, pues encontrarán en Las fuentes de la historia del arte en la época contemporánea una valiosa guía, que viene a rellenar el vacío que existe en el mercado artístico editorial. Nos encontramos, sin duda, ante una de las mejores aportaciones al estudio de las fuentes de la historia del arte contemporáneo en lengua española.


Autora: Laura Arias Serrano
Editorial: Ediciones del Serbal
Colección: Cultura artística
Formato: 14 x 20 cm
Encuadernación: Rústica
Páginas: 760
Año: 2012
Edición: 1ª

miércoles, 31 de octubre de 2012

Destino


                                                                               
La calle se ha cerrado cuando llego a mi destino. Llamo a la puerta antes de lo que pensaba. Se abre lentamente chirriando por la herrumbre del tiempo, pero todavía en pie, resistiendo el envite de los años y los males de mi vida.
He aquí mi futuro que desde hace años me espera, sin rostro, con el cuerpo desmembrado.Y cuánto se parece a mí.