lunes, 26 de diciembre de 2011

Espejismo del espejo


Para terminar este año 2011 complejo y difícil,  escribo una minificción mirándome al espejo. A ver qué veo pasar por él en 365 días.
Nos seguimos viendo aquí, en Escribir...

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Hay un reflejo de mi misma en el espejo.
He aquí un espejo, espejismo de una imagen que no es imagen más que en mi retina y en mi cerebro. Hay una cara que se desliza por esa imagen reflejada que se asombra de verse a sí misma: ésta cara tan vista y que me es extraña porque no me veo a mí, sino a la desconocida que me quiere mostrar el espejo.
Y me fio del espejo porque es anterior al hombre y a la invención de la imagen de la mujer que es reflejada en este espejo anterior al hombre, para mostrarme que la puerta de mi baño está abierta y también la otra puerta que la acompaña y que da a una escalera que sube, ahora, a ninguna parte; tras uno, dos, tres, cuatro peldaños y desaparece. Y ya no existe lo que hay al final de la escalera porque no entra en el espacio de mi espejo que me dice la verdad del mundo que cabe en él. Y no hace falta preguntarle para que me conteste, para que me enseñe que hay dos puertas abiertas y al final un tramo de escalera vacía, junto a la imagen de una cara que mira la escalera con la indiferencia de un rostro que espera, que no es bello ni todo lo contrario y se acaba de levantar para lavarse esa cara extraña y cepillarse los dientes con el sueño prendido en las pestañas.
Bah…, es el frío rostro de una mujer que mira dos puertas abiertas a su espalda y a su pedazo de escalera que no va a ninguna parte, por la que nadie sube ni baja, para ponerse a mi lado y decirme simplemente: te amo, espejo.

sábado, 10 de diciembre de 2011

El hilo de Sofía. 18 escritores españoles en clave de cuento


El 29 del pasado noviembre se presentó en Madrid, en el salón de actos de la sede de Castilla La Mancha, el volumen de relatos El hilo de Sofía. 18 escritores españoles en clave de cuento, en el que participo con El observador.

Nadie deber perderse a mi observador, relato sicológico que narra las fantasías de un escritor muy particular. Una ensoñación que establece con una joven búlgara que vive en el edifico de enfrente, a la que observa a diario a través de su ventana mientras escribe las ficciones más rocambolescas que crea para ella. Poco a poco estos relatos le van envolviendo a él y al lector en una red que desdibuja los límites de lo real y lo imaginado. El observador nos lleva de la mano por el laberinto de las fantasías y de la imaginación más ensoñadora.

En el Hilo de Sofía descubriremos también a un asesino que diseca a sus víctimas, una matrioska maltratada, una civilización perdida, la caja del destino, un extraño inoportuno, un psiquiatra frente a una pistola, el fantasma de una estación de Metro abandonada, los recuerdos de la Guerra Civil Española, un matrimonio múltiple, un escritor acosado, … 18 narraciones donde la muerte, el misterio y la propia Bulgaria son temas comunes que sirven de escusa para narran con maestría estos cuentos extraordinarios de Rocío Tizón, Antonio Castillo-olivares Reixa, Eugenia Rico, Emilio Porta, Ulises Hocking, José Luis Muñoz, José Cabrera, Javier Puebla, Antonio Arráez Bueno (Ganador de la Segunda edición de Los Premios Atlantis la Isla de las Letras), Hugo Stuven Casasnovas (Finalista del Premio Minotauro), José Vaccaro Ruiz (Ganador de la Primera edición de Los Premios Atlantis la Isla de las Letras), Francisco Melero (Tercer Finalista del Premio Planeta), Carmen Baena Salamanca, A. Victoria Vázquez, Alberto Soler Montagud, y mi muy estimado editor de Ediciones Atlantis J.D. Álvarez.

Con anterioridad, el 25 de noviembre salió la edición búlgara, editada por la Universidad de Sofía. La presentación tuvo lugar en la Biblioteca de Sofía (Bulgaria). Este proyecto editorial nació el pasado mes de mayo gracias a J. Álvarez editor de Ediciones Atlantis, que tras los anteriores acuerdos con el escritor internacional Khristo Poshtakov y los directores de la Unión de Escritores Búlgaros Nicolai Petev y Khristo Edrin, ha logrado establecer un puente literario y cultural entre España y Bulgaria. Según fuentes de Ediciones Atlantis y de Khristo Edrin, la acogida del Hilo de Sofía ha mostrado una gran expectación y tendrá continuidad tanto en Bulgaria como en España.

Disfrutad pues de este volumen de cuentos Fantásticos y Maravillosos que nos remiten a la memoria colectiva más profunda y misteriosa de la Europa ancestral.

VV.AA.: El hilo de Sofía. 18 escritores españoles en clave de cuento, Madrid, Ediciones Atlantis, 2011. ISBN: 978-84-15449-07-2

jueves, 3 de noviembre de 2011

Se fue sin decir adiós


Se fue sin decir adiós. Ni una caricia sobre mi rostro herido, ni una palabra sobre un papel en blanco que me dijera que nunca más iba a regresar. Que se había terminado. Como se termina el día y comienza la noche desde la ventana de nuestra habitación. Una ventana que observa tranquila el paso de las madrugadas vacías, repugnantes, que odio como se odia a ese animal salvaje que se revuelca bajo mis sábanas y me dice que tengo que matarlo.
Yo nunca he matado nadie, ni tan siquiera a una mosca; odio su aleteo moribundo y el zig zag seseante de sus alas precipitándose contra el suelo. Mientras hacía la cama y retiraba las sábanas todavía con el olor de su cuerpo y las marcas de su piel, pensaba en la forma en que merecía morir, de qué manera debería acabar con esa vida mezquina que no sabía administrar. Un vida simple, gris, monótona y aburrida desde que se levantaba para ir a la oficina hasta que cerraba los ojos sobre mi almohada con el olor de mi sexo en su boca.
La última vez que desayunamos juntos le dolía la cabeza. «Cada vez es más compilado complacerte, cariño», dijo con un tono de voz que no me gustó nada, como si estuviera cansado de amarme, como si mi cuerpo ya no fuera la aventura que había deseado desde niño. Llevaba tiempo que la desgana le rondaba. Las últimas madrugadas me llegó a acusar de egoísta e insaciable, y que ya no le despertara más en medio de la noche para pedirle el amor que me desvelaba. «Ya, ya, que mañana me caeré de sueño», repetía como un disco rayado al principio de la canción, una canción aburrida que sonaba cada noche entre el vacío de mis piernas y de mi sexo aburrido.
Esa mañana llevaba puesta la chaqueta de pana verde que le regaló su madre en su último cumpleaños, todavía con la tostada en la boca que mordisqueaba mientras llamaba al ascensor. Y con el maletín en la mano y esa chaqueta con coderas de progre de Vallecas se despidió de mí abandonándome para siempre. Pero yo lo sabía, lo sé ahora, y si me hubiera figurado que me iba a abandonar lo hubiera empujado por el hueco de la escalera, y hasta me hubiera asomado para verle precipitarse por las ocho plantas hasta escuchar el plof de su cuerpo estrellándose contra el zaguán. El portero correría alarmado desde su garita, gritando, llevándose las manos a la cabeza al ver despanzurrado el cuerpo de un vecino sobre las losas de mármol. Con el cráneo reventado. Yo cerraría la puerta de mi casa y me pondría a tender la ropa, a pasar el aspirador y a prepararle ya a la cena -porque viene con mucho apetito del banco- hasta que la policía llamara a mi puerta para comunicarme que mi marido había caído por el hueco de la escalera y que me pusiera algo presentable porque debía acompañarlos a declarar.
Pero, desgraciadamente, esa mañana no le empujé por la barandilla que se asoma a un precipicio de ocho plantas. Sé, que ha vuelto a casa de su madre. Menudo cobarde que se esconde entre las faldas de una viuda, que según las malas lenguas dejó morir a su marido. Enfermó de algo extraño en un viaje a una isla del Pacífico; se le infló el vientre y dejo de comer hasta que pereció de inanición, débil y convulso. Por entonces no éramos novios, vivíamos en el mismo barrio y nos conocíamos sólo de vista desde pequeños. De mayores empezamos a coincidir en el autobús al regreso de la universidad, charlábamos sin muchas ganas y nunca se nos ocurrió quedar, siempre llevaba sobre los hombros una mochila de militar llena de libros que nunca leía. No sé cómo una día abordó el tema y me pidió salir. A las dos semanas de frecuentar los cines del barrio y algún que otro café se me declaró en matrimonio. En cuestión de un par de meses preparó la boda en un santiamén, a espaldas de su madre recién enviudada, sin que apenas me diera tiempo de despedirme de mis amigas, medio escondidos de todos.
El tiempo corría, y a pesar de todas mis preguntas, jamás pudo explicarme claramente la muerte de su padre, ni de su trágica enfermedad que debió de vivir en primera persona y en el seno oscuro de aquel siniestro hogar decorado con máscaras salvajes, colecciones de mariposas y objetos antropomorfos de tribus perdidas por el mundo que ese hombre del bigotillo amontonaba por toda la casa.
No hago más que darle vueltas a esa muerte y llego a la conclusión de que pudo se envenenado. Cómo no se me había ocurrido antes. Cuánto tengo que aprender todavía... Me siento una novata. Pienso llamar a la viuda y preguntarle por el difunto y por mi marido, a ver qué me contesta. Lo más seguro es que ella acabara con el padre para quedarse con el hijo, pero el plan no le debió de salir bien porque el niño se casó conmigo, tan de repente y sin acabar la carrera, menos mal que encontró un empleo en el banco por medio de un amigo.
¿Y si ahora es ella quien desea vengarse de la desobediencia de su vástago por casarse sin su aprobación y por su repentina huida del hogar materno, abandonándola a ella y a sus expectativas de un futuro para los dos? Ahora, lo tiene a su antojo. Espero que no se me adelante y que sea yo quien acabe con la vida de ese abandonador; si es que ella alberga tal propósito. ¿Y si no fuera así y pretendiese quedarse con él para siempre arrebatándomelo definitivamente? Veo sus dientes de tiburón rodando mi matrimonio para despedazarlo y llevarse lo que es mío desde aquel día en el autobús en que me pidió que saliera con él.
Sería un placer quitarlos a los dos de en medio si llegaran a confirmarse mi sospechas. No sólo debería de acabar con mi marido; ahora que lo pienso, también ella me ha proporcionado un nuevo reto. Una viuda desvalida encerrada en un piso como un mausoleo de otra época, preparando delicadamente la comida a su prófugo retoño, colocándole el plato con mi cabeza sangrante sobre el mantel de hilo, junto al platito del pan y la jarra de agua. Los veo brindando sobre mi cabeza, escarbando con el tenedor entre la carne de mis mejillas, troceándome la lengua con el tenedor de plata para llevársela a la boca en un festín antropófago, y recrearse después en el incesto más abominable sobre la cama en que murió el antropólogo inocente.
Veo, veo, como en una bola de cristal las intenciones de la viuda, aprovechándose de la necedad de su hijo que no sabe cómo tratar a una esposa inteligente que lo ama por encima de la vida y de la muerte, ignorando que su esposa va a cumplir las órdenes de Dios tal y como lo dictó a través del párroco que nos casó: «... hasta que la muerte os separe».
Y aunque la muerte se disfrace con el cuerpo de su madre, ha de ser la muerte, muerte, sin disfraz, quien se lleve a mi marido, y ya de paso al diablo de su madre.

Publicado en la revista Resonancias. org.  Octubre 2011.

sábado, 2 de julio de 2011

Hemingway, escritor fetiche.

Hoy justo, un día caluroso como éste dos de julio, tristemente, hace cincuenta años que, para mí, el mejor cuentista americano de toda una generación maldita se quitaba la vida de un disparo en su finca de Illinois. Salió con su escopeta y ya no volvió nunca más, lo encontraron con la cabeza abierta.
La historia y la vida de Hemingway es tan grande como su propia escritura, tan tremenda como sus cuentos que me han hechizado desde que empecé a leer.
Todo a su alrededor se me hace mágico. La nostalgia de otro mundo, de otra España, de otra Europa de guerras que no he vivido, y que se convierte en una experiencia imaginaria casi mística cuando leo su vida o algunas de las miles de cartas que escribió y en las que bucear para hallar solo las sombras de las experiencias del hombre y del escritor.
Quién fue realmente el viajero, el cazador, el guerrillero, el periodista, ¿el espia?, el novelista; y el cuentista mágico que es capaz de emocionarme como ningún otro escritor, más que Hemingway. Mi escritor fetiche.

Y aquí dejo el cuento que más me gusta de él, un verdadero placer para el alma.

Gato bajo la lluvia

En el hotel solo había dos americanos. No conocían a ninguna de las personas que subían y bajaban por las escaleras hacia y desde sus habitaciones. La suya estaba en el segundo piso, frente al mar y al monumento de la guerra, en el jardín público de grandes palmeras y verdes bancos. Cuando hacía buen tiempo, no faltaba algún pintor con su caballete. A los artistas les gustaban aquellos árboles y los brillantes colores de los hoteles situados frente al mar. Los italianos venían de lejos para contemplar el monumento a la guerra, hecho de bronce que resplandecía bajo la lluvia. El agua se deslizaba por las palmeras y formaba charcos en los senderos de piedra. Las olas se rompían en una larga línea y el mar se retiraba de la playa, para regresar y volver a romperse bajo la lluvia. Los automóviles se alejaron de la plaza donde estaba el monumento. Del otro lado, a la entrada de un café, un mozo estaba contemplando el lugar ahora solitario.

La dama americana lo observó todo desde la ventana. En el suelo, a la derecha, un gato se había acurrucado bajo uno de los bancos verdes. Trataba de achicarse todo lo posible para evitar las gotas de agua que caían a los lados de su refugio.

–Voy a buscar a ese gatito –dijo ella.

–Iré yo, si quieres –se ofreció su marido desde la cama.

–No, voy yo. El pobre minino se ha acurrucado bajo el banco para no mojarse ¡Pobrecito!

El hombre continuó leyendo, apoyado en dos almohadas, al pie de la cama.

–No te mojes –le advirtió.

La mujer bajó y el dueño del hotel se levantó y le hizo una reverencia cuando ella pasó delante de su oficina, que tenía el escritorio al fondo. El propietario era un hombre viejo y muy alto.

–Il piove –expresó la americana. El dueño del hotel le resultaba simpático.

–Sí, sí signora, brutto tempo. Es un tiempo muy malo.

Cuando la americana pasó frente a la oficina, el padrone se inclinó desde su escritorio. Ella experimentó una rara sensación. Se quedó detrás del escritorio, al fondo de la oscura habitación. A la mujer le gustaba. Le gustaba la seriedad con que recibía cualquier queja. Le gustaba su dignidad y su manera de servirla y de desempeñar su papel de hotelero. Le gustaba su rostro viejo y triste y sus manos grandes. Estaba pensando en aquello cuando abrió la puerta y asomó la cabeza. La lluvia había arreciado. Un hombre con un impermeable cruzó la plaza vacía y entró en el café. El gato tenía que estar a la derecha. Tal vez pudiese acercarse protegida por los aleros. Mientras tanto, un paraguas se abrió detrás. Era la sirvienta encargada de su habitación, mandada, sin duda, por el hotelero.

–No debe mojarse –dijo la muchacha en italiano, sonriendo.

Mientras la criada sostenía el paraguas a su lado, la americana marchó por el sendero de piedra hasta llegar al sitio indicado, bajo la ventana. El banco estaba allí, brillando bajo la lluvia, pero el gato se había ido. La criada levantó la mirada.

–Ha perduto qualque cosa, signora?

–Había un gato aquí –contestó la americana.

–¿Un gato?

–Sí il gatto.

–¿Un gato? –La sirvienta se echó a reír – ¿Un gato? ¿Bajo la lluvia?

–Sí; se había refugiado en el banco –y después– ¡Oh! ¡Me gustaba tanto! Quería tener un gatito. Cuando habló en inglés, la doncella se puso seria.

–Venga, signora. Tenemos que regresar. Si no, se mojará.

–Me lo imagino –dijo la extranjera.

Volvieron al hotel por el sendero de piedra. La muchacha se detuvo en la puerta para cerrar el paraguas. Cuando la americana pasó frente a la oficina, el padrone se inclinó desde su escritorio. Ella experimentó una rara sensación. El padrone la hacía sentirse muy pequeña y a la vez, realmente importante. Por un momento tuvo la sensación de ser alguien de una importancia suprema. Después de subir por la escalera, abrió la puerta de su cuarto. George seguía leyendo en la cama.

–¿Y el gato? –preguntó, abandonando la lectura.

–Se ha ido.

–¿Y dónde puede haberse ido? –dijo él, descansando un poco la vista.

Ella se sentó en la cama.

–¡Me gustaba tanto! No sé por qué lo quería tanto. Me gustaba ese pobre gatito. No es divertido ser un pobre gatito bajo la lluvia.

George se puso a leer de nuevo.

Su mujer se sentó frente al espejo del tocador y empezó a mirarse con el espejo de mano. Se estudió el perfil, primero de un lado y después del otro, y por último se fijó en la nuca y en el cuello. –¿No te parece que me convendría dejarme crecer el pelo? –le preguntó, volviendo a mirarse de perfil.

George levantó la vista y vio la nuca de su mujer, rapada como la de un muchacho.

–A mí me gusta como está.

–¡Estoy cansada de llevarlo tan corto! Ya estoy harta de parecer siempre un muchacho.

George cambió de posición en la cama. No le había quitado la mirada de encima desde que ella empezó a hablar.

–¡Caramba! Si estas muy bonita – dijo.

La mujer dejó el espejo sobre el tocador y se fue a mirar por la ventana. Anochecía ya.

–Quisiera tener el pelo más largo, para poder hacerme moño. Estoy cansada de sentir la nuca desnuda cada vez que me la toco. Y también quisiera tener un gatito que se acostara en mi falda y ronroneara cuando yo lo acariciara.

–¿Sí? –dijo George.

–Y además, quiero comer en una mesa con velas y con mi propia vajilla. Y quiero que sea primavera y cepillarme el cabello frente al espejo, tener un gatito y algunos vestidos nuevos. Quisiera tener todo eso.

–¡Oh! ¿Por qué no te callas y lees algo? –dijo George, reanudando su lectura.

Su mujer miraba desde la ventana. Ya era de noche y todavía llovía a través de las palmeras.

–De todos modos, quiero un gato –dijo–. Quiero un gato. Quiero un gato. Ahora mismo. Si no puedo tener el pelo largo ni divertirme, por lo menos necesito un gato.

George no la escuchaba. Estaba leyendo su libro. Desde la ventana, ella vio que la luz se había encendido en la plaza. Alguien llamó a la puerta

–Avanti –dijo George, mirando por encima del libro.

En la puerta estaba la sirvienta. Traía un gran gato de color de carey que pugnaba por zafarse de los brazos que lo sujetaban.

–Con permiso –dijo la muchacha– el padrone me encargó que trajera esto para la signora.

martes, 31 de mayo de 2011

Escritores y escribientes en una feria que no hay que perderse

El sábado dio el pistoletazo de salida la feria del libro de Madrid 2011. Y allí estaban todas nuestras jóvenes promesas junto las viejas glorias, oportunistas y demás especies diversas, también las escribientes al dictado de la moda preparadas, unas con sus mejores galas y otras con las peores; pero todos con un pie en la línea de salida, en máxima concentración para salir disparados en la cerrera de las firmas por una mañana de gloria en el Parque del Retiro, aunque muchos no lleguen a firmar ni cinco ejemplares y a otros les duela los dedos de darle a la plumilla; pero da igual, hay que estar ahí, en el puestecito, y remover las conciencias, y lucir fama, que cuesta mucho de ganar. Porque una vez que se ha llegado aquí se hace lo que haga falta: se estrechan manos, se luce sonrisa y uno tira la casa por la ventana, que Hollywood no está tan lejos desde que Penélope se nos codea con Johnny Depp, aunque ella de leer, no sé cómo anda.

Ninguno como este año se ven tantos escritores y escribientes a la busca y captura de una primera página donde estampar su firma que de posteridad al ejemplar, que seguro, una vez leído, si acaso, concluirá su efímera vida en un estante del que jamás se moverá y, que con toda probabilidad, a la vuelta de pocos años, será condenado al cubo de la basura. Con suerte, los que sobrevivan a la moda o a las estrategias del editor, serán comprados al peso por algún librero de segunda mano.
Pero eso qué más da, lo que importa hoy es vender, firmar, hacer caja y lucir la mejor sonrisa, que ya no es como antes que había que mantener la imagen de chicos malos, intelectuales y malditos y al margen del sistema; porque elitistas queremos seguir siendo aunque bañados por las masas. Y que les quiten lo bailao.

Feria del libro de Madrid, del 27 de mayo al 12 de junio.

sábado, 14 de mayo de 2011

Chardin y el arte de lo cotidiano


Delante de este cuadro, el sábado pasado en el Museo del Prado, me emocionaba el estilo de un pintor realmente conmovedor. Me pregunté, observando pacientemente esa pompa de jabón, cómo podría yo recoger esa escena en un cuento que narrara el espíritu de esa obra. Tarea difícil, por no decir imposible, pensé.
Según avanzaba por la exposición me hacia muchas preguntas, entre ellas ¿cómo era posible que con representaciones tan estáticas consiguiera Chardin trasmitir tantas sensaciones?
Bodegones con trozos de salmón y caballas colgando, entre los objetos más habituales de una cocina parisina del siglo XVIII –posiblemente la suya–, formaban la más profunda manifestación de un arte tranquilo y doméstico, donde lo sencillo y lo cotidiano nos hace reflexionar sobre al arte más complejo y surrealista que se ha ido haciendo en el transcurso de los dos últimos siglos, en el que las manifestaciones artísticas de lo cotidiano se han ido elevando a la máxima categoría de arte. Y no hace falta más que acercarnos a los cientos de exposiciones que se inauguran todos los días para muestra de los artistas que trabajan con los objetos más elementales de siglo XXI como representación de la abstracción artística. ¿Qué es el pop art sino la utilización de lo cotidiano convertida en objeto artístico? Y si no que se lo digan a Warhol y sus objetos impersonales, como las latas de sopa.

Y hasta el 29 de mayo podernos disfrutar en el Museo del Prado de la pintura ilustrada de Chardin (1699-1779) y sus naturalezas muertas del siglo XVIII menos muertas que nunca, y de sus figuras tranquilas y serenas que nos llevan de la mano a una sensación placentera cada vez más difícil de hallar en el arte. Y es que este pintor es capaz de conmover con las sutilezas más sencillas.

jueves, 28 de abril de 2011

Lo que más me dolió de la noche de los libros


La cola era de cuarenta y cinco minutos, nada más y nada menos. Giraba haciendo requiebros alrededor de pequeñas estanterías repletas de libros de los autores más demandados de las últimas décadas, algunos clásicos y casi nada para niños. Un público curioso el de la fila, pensé; disciplinado, cuchicheando en voz baja sobre las obras del escritor en la mano, presumiendo casi todos de un estilo intelectual acorde con la rancia librería de una modernidad clásica anclada en la indiferencia del tiempo. Los pacientes hacedores de la cola me parecieron gente de los años ochenta con un olor a rancia universidad, exceptuando a un par de modernos que parecían haberse equivocado de librería y de un joven como recién salido de un cuento de Poe con el rostro tan blanco, sombrero de copa y brillantes zapatos de cordones con una punta digna del mismísimo Mr. Scrooge.
Y justo, al torcer de estantería lo vi. Él, estaba ahí, en el rincón más visible de la librería, sentado tras una estrecha mesita, bajo un cartel con su nombre en grandes letras y una imagen sonriente de otro tiempo. Y vi dos hombres: el de antes, con más pelo y una mirada sagaz de escritor interesante; y el de ahora, de carne y hueso, un poco aburrido, más gordito y con el atractivo amable y natural que llega con los años; seguro que con dolor en la mano de firmar ejemplares desde hacía varias horas, sometido a las servidumbres de su oficio aprendido desde niño, como una condena que le amarra al éxito y a las miradas ansiosas de las mujeres de la cola, y a las babosas sonrisas de los hombres con sus novelas bajo el brazo, anhelando conseguir la dedicatoria con la que presumir durante el partido de fútbol de esa noche.
Según pasaba la cola por delante de la mesa de mi admirado escritor, sus lectores preparaban el libro con una risita nerviosa apretujándose a su alrededor, suspirando por conseguir el fetiche que explica cosas prohibidas para ser dichas en público. Y yo observaba cómo se iban deshaciendo, según alcanzaban su mesa, uno por uno, en una especie de excitación pueblerina, a medio camino entre la adoración y la codicia. Ese feroz atractivo de la fama y de la pluma, que subyuga por igual a hombres y a mujeres de todas las edades en una tarde de libros y en una librería del centro de Madrid, haciendo una cola penitente con mi hija para que el escritor –vivo– que más quiero, me firmase el ejemplar de su último libro, con la misma adoración y cocida que todos los demás pero intentando que no se me notase.
Tres horas después perdió el partido el Real Madrid y eso es lo que más me dolió de la noche de los libros, pero me consolé releyendo varias veces la escueta dedicatoria que me había escrito mi Javier Marías con su mano zurda, pensando con cierto regusto en lo contrariado que estaría él también por haber perdido nuestro querido Real Madrid.

viernes, 15 de abril de 2011

Licántropos

Me asomo.
Me desperezo en la humedad de la tierra que descompone mi carne.
Le veo arrastrarse sobre las estelas del camposanto, y saltar sobre ellas bañado por la luna nueva.
Le dije que no tardara.
Las lápidas se remueven bajo su peso. Muchas se hunden en el fango de la lluvia, vencidas por su empeño.
Se acerca su silueta.
Lo amo
ya viene
ya no puedo esperar más.
La luz despunta en el horizonte.
Oigo como escarba en la tierra.
Y levanta mi losa para colarse por el hueco.
Quiere estar otro día a mi lado
y buscar en mi cuerpo, la sangre que alimenta nuestro amor salvaje.

domingo, 27 de marzo de 2011

Mary Poppins se ha ido

Desayuno. La leche se ha terminado, las tostadas están quemadas y la miel es amarga. La ropa del armario ya no es la mía y los zapatos que encuentro en él son de otro número. La casa está sin camas, el coche sin ruedas, las sillas sin patas. Enciendo la luz y las bombillas estallan. Ando por la calle sin ver a nadie. Las aceras se hunden y mis pies tropiezan. Los sombreros vuelan y los paraguas se dan la vuelta. Me miras sin ojos y te beso sin labios. Tu rostro aparece borrado, y lo toco. Tus labios son ásperos. Tu lengua mordida se desprende. Todo vuela por los aires y Mary Poppins me dice adiós con la mano.

domingo, 27 de febrero de 2011

Polvo de mis sueños



Antonio está al otro lado de la mesa. Por encima, un mantel blanco la cubre como un velo. Estamos sentados uno frente al otro. No hay nadie más en la habitación. Afuera no hay nada. Quizá si me levanto y abro la puerta puede que todo haya terminado.
Antonio tiene los ojos cerrados. No sé por qué, pero saco las manos de debajo de la mesa. Él me las toma y las aprieta muy fuerte; se me hinchan y enrojecen, prisioneras. Con la presión de sus manos se me caen las uñas, una por una. Parecen de plástico. Mis uñas rojas y perfectas se balancean sobre el blanco mantel.
La angustia me hace llorar, pero no hay nada que me produzca dolor. Las lágrimas me recorren el rostro deslizándose hasta caer sobre la mesa, en la que siguen mis uñas moviéndose de un lado para otro, como el péndulo de un reloj que nunca ha estado en hora.
Cierro los ojos e intento gritar.
Antonio sigue sujetándome las manos.
El único sonido que escucho es el sordo goteo de mis lágrimas cuando alcanzan el mantel.
No quiero mirar mis dedos. Siento una angustia infinita.
Antonio sigue con los ojos cerrados, sin decir nada porque no tiene boca.
Intento soltarme, forcejeo, me resisto, pero sus manos me retienen con fuerza y al mirarlas están blancas, blancas y frías, muy frías.
Antonio se está muriendo. Pronto será una brutal recuerdo. Sólo la mesa me separa de él y quiero huir de allí y de su lado.
La puerta de la habitación se abre.
Él me suelta.
Salgo corriendo.
Miro hacia atrás y Antonio se deshace en el polvo de mis sueños.
Polvo sobre la silla, polvo en la habitación, polvo que viene hacia mí.
Alcanzo la puerta.
Pongo un pie al otro lado y caigo en el eterno vacío que siempre ha estado ahí, entre Antonio y yo.

lunes, 31 de enero de 2011

Papel de arroz


Papel de arroz es un microrrelato que habla sobre la violencia de género, muy a mi manera.


Estaba segura de que eran sus pasos los que se hundían en la madrugada, los pasos que la seguían desde que salió del portal. Cortaban el aire como cuchilla que rasga papel de arroz. El eco de su respiración entrecortada, la soledad de la calle desierta, le devolvía el ansia que él tenía por matarla. Sus zancadas largas y profundas en el eco de la noche, se hacían cada vez más rápidas tras ella, persiguiéndola. Le hablaban: que anoche la pudo haber seguido hasta allí, que la pudo ver con otro entrando en el portal. Que pudo ver cómo la cosía a besos en el rellano antes de cerrar la puerta, y cómo su nuevo enamorado conducía su mano arrebatada por debajo de la falda, antes de subírsela a su casa.

Caminaba tras ella haciendo ruido con las llaves, y presentía su sombra cada vez más cerca de su espalda. Tragó saliva y todo su cuerpo se volvió humedad. Escuchaba unos jadeos escondidos, familiares, que intentaban ahogarla otra vez.
La luz de una farola inventaba sobre la acera la sombra de su muerte, mientras huía.
Estaba segura que esa vez no iba a escapar: se había convertido en su sangriento objetivo. Y su mano rebuscaba en el bolso las llaves que no encontraba, antes de llegar a su calle, rompiéndose las uñas en el intento. Escuchó el tintineo de otras llaves, cada vez más cerca, ahí mismo. Y no pudo correr más:
La calle se acabó cuando él la rozó la espada.
Estaba segura que sacó la navaja del bolsillo.
Estaba segura que no llegaría hasta su casa con vida.
Un muro la frenó y cerró la calle para siempre.
Cuando se dio la vuelta ya le tenía encima. Se tapó los ojos con las manos y, en un eterno segundo, sintió la cuchilla fragmentar su piel como si fuera papel de arroz.
Vio su carne asomarse entre una herida forjada por la ira del amor.
Estaba segura que moriría allí, tirada, en un callejón solitario, en una siniestra madrugada de Madrid, a las puertas de su casa. Sin testigos.
Estaba segura, aún sin haberle visto la cara, que era él quien corría alejándose del cadáver que yacía en el suelo, el cadaver en el que se había convertido.

sábado, 8 de enero de 2011

Bufete


Cuento

Quise salir a almorzar y llamé a Alejandra. Cuando descolgó el teléfono tenía la voz ronca y un timbre extraño. Dijo que había dormido mal: le dolía el estómago, tenía una jaqueca horrible y no podía comer nada; me dio las gracias y colgó. Llamé a Julio y me dijo lo mismo. Juan también durmió mal, y a Fernando, un dolor de cabeza terrible le había quitado el apetito.
Recogí mi mesa, guardé los informes en un cajón y me puse la chaqueta. Antes de salir de la oficina me pasé por el despacho de Melanie; la encontré lívida y con ojeras, se quedaría a terminar una apelación y no saldría a comer.
Según caminaba por el pasillo, encontré muy desmejorado a todo el personal del departamento, que entraba y salía de los distintos despachos con pintas de no haber dormido, y todos cargados de informes y carpetas. Llamé al ascensor y, antes de entrar, una mano me tocó la espalda: el director de departamento me llamaba a su despacho. Toqué a la puerta y entré. Nunca había visto al director tan viejo y ajado, con la camisa arrugada y la corbata medio deshecha. Se levantó y me estrechó la mano; sus pantalones parecían haber sido centrifugados. Intenté disimular mi asombro, pero me pareció tan evidente, que tuve que preguntarle si había algún problema en la oficina; me contestó que el problema era mi aspecto, y que no tenía más remedio que darme el día libre para que me repusiera durmiendo hasta mañana, y que no me sancionaría por ser quien era: un abogado eficiente y trabajador e hijo de un gran amigo. Me echó un rapapolvo de cuidado; que era un bufete importante… y que los empleados debían mantener una imagen digna.
No salía de mi asombro cuando cerré la puerta de su despecho y me saludó su secretaria con el bajo de la falda descosido y la blusa rajada por la espalda. Me despidió con un bostezo y se tapó la boca con la mano. En vez de coger el coche me fui a casa corriendo, tardé tres horas en llegar, pero lo conseguí.
No almorcé, ni cené, ni dormí en toda la noche, tampoco me cambié de ropa. Salí a las cinco de la madrugada para volver corriendo a la oficina. Alcancé a llegar al despacho a las ocho en punto, y pensé que mi aspecto no tendría nada que envidiar al de ningún otro empleado del bufete.
Sobre las doce, el director me volvió a llamar a su despacho; me froté las solapas de la chaqueta para arrugarlas un poco más, y entré.
Cuando salí de allí, metí todas mis cosas en una caja y me despedí de todos mis compañeros. Me miraban asombrados, pero nadie dijo nada. Me habían despedido. Pasó Melanie por mi lado y la encontré muy elegante, con unos tacones de aguja de veinte centímetros que me clavó en el pie, para decirme que la había cagado y que siempre iba a contracorriente.

>Relato publicado en "Cuentos del Sismógrafo".