domingo, 15 de diciembre de 2013

CUENTOS Y POEMAS DEL TREN

Premios del Tren 2013 Mercedes de Vega

Para dar comienzo a la Navidad no se me ocurre nada mejor que reseñar el libro que acaba de salir esta misma semana con las doce obras galardonadas en el certamen literario Premios del tren 2013, volumen que edita la Fundación de Ferrocarriles Españoles. El libro reúne las obras premiadas en las dos modalidades: cuento y poesía, cuya presentación corre a cargo de Luis García Montero y Jesús García Sánchez.

Muy oportuna me parece la publicación en estas fechas, que supone otro pequeño regalo para los premiados y los lectores que deseen evocar el tema del viaje a través de un medio de transporte tan romántico, evocador y literario como es el tren y el universo que gira en su entorno. Cuando pienso en un tren, me vienen a la cabeza Agatha Christie y Patricia Highsmith, no lo puedo evitar, y recomiendo el kafkiano y delirante cuento de J. J. Arreola, El guardagujas. Porque qué escritor se ha resistido alguna vez a colocar a sus personajes en un tren o en una estación, cuando no ha hecho de ello el motivo principal de su aventura. Nuestro imaginario colectivo viaja (casi siempre) en primera clase, en un tren con vagones de madera y asientos de terciopelo rojo para llegar a tiempo a la cena de Navidad.

La Fundación ha conseguido nuevamente una buena edición para esta convocatoria anual, muy cuidada y grata de leer, en la que encontramos el cuento de Alberto Ramos, Gonzalo Carcedo, Olga Merino, Horacio Otheguy Riveira, Antonio Jiménez Bravo y el de una servidora Mercedes de Vega. En la sección poesía a Manuel Vilas, Rafael Espejo, Ben Clark, Adolfo Cueto, Jesús Jiménez Domínguez y José Saborit Viguer. 

Un gran nivel de narradores con textos sobresalientes y una edición perfecta para disfrutar de la lectura. A todos los que han intervenido en esta edición 2013 ¡FELIZ NAVIDAD!


Ficha del libro:

Nº pág.: 144
Año de edición: 2013
Formato: 12,00 x 20,00 cm
ISBN: 978-84-89649-97-2
P.V.P.: 6,9 euros


http://www.ffe.es/publicaciones/catalogo.asp?cat=9#220

jueves, 17 de octubre de 2013

Haruki Murakami: entre oriente y occidente


Haruki Murakami: entre oriente y occidente
Por Antonio Garrido Domínguez

Reseña de no ficción del libro de Justo Sotelo, 
Los mundos de Haruki Murakami.

Tendremos que esperar un año más para celebrar el Premio Nobel que tan justamente se merece el escritor japonés.
Mi profesor y amigo Antonio Garrido Domínguez, nos disecciona el ensayo de Justo, y nos explica con brillantez, que:

"Justo Sotelo responde a un patrón de escritor no tan habitual como pudiera parecer a primera vista. Que un catedrático de economía escriba novelas cuenta con una tradición relativamente larga –J. L. Sampedro constituye un buen ejemplo, además de reciente- pero no lo es tanto que, además de escribir, se interese por un tipo de estudios –como los de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada- volcados en la reflexión sobre los principios, métodos y conceptos por los que se regula el análisis y comprensión de los textos literarios. 

Este proceso ha culminado con la elaboración de una tesis doctoral –que yo he dirigido al lado de Fernando Rodríguez Lafuente- en torno a un concepto central de la moderna teoría de la ficción: el de mundo posible o mundo ficcional. Al margen de otras consideraciones, el trabajo de Justo Sotelo pone ante todo de manifiesto el valor de las ideas para el estudio de la literatura y cómo, lejos de desvirtuar su vivencia, ayudan a profundizar en el conocimiento de las singularidades que le son propias. El autor hace un uso excelente del concepto de mundo ficcional para explicar el oficio de novelar de H. Murakami, escritor que encarna en grado eminente la mayoría de los rasgos más característicos de la narrativa actual. Desde otro punto de vista, el libro de Justo Sotelo –Los mundos de Haruki Murakami, Madrid, Izana Editores, 2013- viene a ratificar la rentabilidad de determinados conceptos nacidos en el ámbito filosófico aclimatados posteriormente, como ha ocurrido tantas veces, al campo de la reflexión literaria. La inspiración procede en este caso de uno de los grandes teóricos de la ficción literaria, Lubomir Dolezel, y, más específicamente, la propuesta formulada en uno de sus libros más importantes: Heterocósmica. A su luz, Justo Sotelo acomete el análisis de los universos creados por el autor japonés.

Para empezar, cabe decir que Murakami construye mundos de la más diversa índole, que van de los más apegados a la realidad empírica hasta los más alejados de ella, pasando por versiones mestizas (que son ciertamente las más abundantes). En ellos puede encontrarse desde un realismo a lo Carver hasta lo real maravilloso, aunque el predominio corresponde a los mundos híbrido o diádicos, esto es, a aquellos en los que conviven con toda normalidad lo natural y lo sobrenatural (el borrado de fronteras, en suma). En el primer supuesto entrarían Tokio blues, Al sur de la frontera o After Dark, mientras Sputnik, mi amor, Kafka en la orilla, La caza del carnero salvaje, Crónica del pájaro que dio cuerda al mundo, El fin del mundo o 1Q84 responderían a las exigencias del segundo. Como señala el autor del ensayo, la transición de lo real a lo maravilloso/fantástico o viceversa resulta muy fluida y se efectúa habitualmente a través de una serie de conductos muy diversos como túneles, pasadizos, pozos, callejones, espejos, el carnero salvaje, etc. Su cometido consiste fundamentalmente en conectar los dominios que integran un mundo diádico que, como se ha dicho, es el tipo de mundo con el que opera habitualmente Murakami. Es decisivo, en este sentido, el análisis de los diversos códigos que regulan o determinan el comportamiento de los personajes en su interior: el código alético –facilita la explicación de la mitología como mezcla de la natural y lo sobrenatural-, deóntico –relacionado con lo permitido o la prohibición-, axiológico –el bien y el mal- y el epistémico, vinculado al conocimiento. Para completar el catálogo de rasgos de los mundos ficcionales de Murakami, hay que mencionar la importancia de lo extraño, lo onírico y el simbolismo.

Aunque constituye una dimensión fundamental de la cultura japonesa, el simbolismo se apoya en este caso tanto en referentes orientales –en especial, el asociado a los gatos- como occidentales: destaca el vinculado a las grandes tragedias griegas, la búsqueda de la eterna juventud, etc. Pero la trascendencia de lo occidental se manifiesta sobre todo en las frecuentes referencias a la música, además de la literatura: Bach, Beatles, Beethoven, Bergson, Borges, Carver, Chandler, Hemingway, el jazz, Kafka, Michael Jackson, Mozart, Nietzsche, Orwell, Proust, Puig, Salinger… Este hecho ha llevado a algunos críticos –sobre todo, japoneses- a definir a Murakami como un escritor occidentalizado. Se trata sin duda de una calificación abusiva: Murakami, recalca Justo Sotelo, es un autor japonés hasta la médula por mucho que maneje –y con gran solvencia- determinados referentes de la otra parte del mundo. Su imaginario se nutre de elementos tomados de ambas culturas.

Otros aspectos de la obra del autor japonés tratados en este ensayo son los temas y, muy en especial, el tipo de personajes. Entre los primeros hay uno fundamental: las relaciones de pareja y, más específicamente, el reiterado abandono de los hombres por las mujeres de su entorno (madre, novia, hermana, amante). De ahí la abundancia de personajes solitarios, desarraigados, que pueblan las novelas de Murakami. No pocos de estos personajes son adolescentes, que tienden a prolongar esta etapa de su vida; en suma, personajes en formación. De ahí también la nostalgia que envuelve muchas de las narraciones y también que los géneros literarios mejor representados sean la vieja novela de pruebas –el relato de las aventuras a lo largo de un camino- y la de formación o aprendizaje. Particularmente interesante es la galería de mujeres que aparecen en sus historias: mucho más ricas en matices y comportamientos que sus correlatos masculinos. La mayoría de los personajes tiene en común la afición a la lectura. Otro motivo temático importante es el del doble (tan importante en la tradición literaria a partir de E. A. Poe). Resulta fácil suponer que en una novelística cuyas historias se sitúan permanentemente en un territorio que bascula entre el realismo y lo maravilloso la autentificación –esto es, la credibilidad de lo que se cuenta y sus fundamentos- se convierta en un asunto de gran trascendencia. Como es lógico, la legitimación de las historias resulta obvia en las narraciones realistas y contadas desde la tercera persona y mucho más problemática en las que no lo son y recurren a la primera. La mayoría de las novelas de Murakami recurre a este procedimiento, aunque no faltan los relatos sin autentificar -La caza del carnero, sin ir más lejos- que contravienen abiertamente las leyes del mundo de la experiencia.

Finalmente, Sotelo alude a lo que podríamos denominar conciencia crítica o social de Murakami respecto de los poderes que controlan el mundo actualmente: los medios de comunicación, las finanzas y otros, como el erotismo y la mente, que tienen que ver más con el mundo interior del individuo.
En suma, Justo Sotelo ha escrito un excelente ensayo en el que desmonta y vuelve a montar pieza a pieza el delicado mecanismo sobre el que descansa el oficio narrativo de Harumi Murakami. Es un trabajo exhaustivo y entusiasta realizado por un verdadero experto en la obra del autor japonés, en el que el lector no solo recibirá mucha información sobre él sino sobre el difícil arte de la narración. Léanlo, antes o después de zambullirse en la lectura de sus novelas, y, sin duda, me darán la razón".


Antonio Garrido Domínguez es Catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada de la Universidad Complutense de Madrid. 

Justo Sotelo: Los mundos de Haruki Murakami (Izana, 2013).

lunes, 9 de septiembre de 2013

Vídeo reportaje de El profesor de inglés


El 26 de julio, en Nueva York, la cadena internacional CRN, para la televisión por cable, me hizo un estupendo reportaje sobre mi novela El profesor de inglés, en su presentación como novedad editorial.

Rodamos en el Boulevard East de Nueva Jersey. Es uno de los paisajes urbanos más conmovedores que hay del planeta: el perfil de la ciudad de Manhattan, junto al Hudson river. Fue una buena experiencia y un gran momento para El profesor de inglés.





Report The English teacher






miércoles, 10 de julio de 2013

Emmet Gowin, la mirada del intimismo americano

Edith, Danville, Virginia, 1967 © Emmet Gowin
Si Hopper dialoga con el vacío y la soledad urbana, enajenando al individuo de cualquier rasgo espiritual, automatizando la vida moderna, como vimos en la inolvidable exposición de Madrid en el museo Thyssen Bornemitza, Emmet Gowin, ahora y hasta el 1 septiembre en la sala Azca, Fundación Mapfre, nos ofrece un viaje al intimismo sureño. Este fotógrafo de Danville (Virginia, 1941), enamorado de Edith, su mujer, hasta lo más íntimo, la retrata siguiendo la estela de la vida: desde su más tierna juventud a la madurez más realista: embarazada de su hijo Isaak, de espaldas, su rostro mil veces, bañándose en el río con los senos descubiertos con la misma naturalidad con la que uno se baña en el río de la vida, y decenas de retratos intensos, vigorosos y sinceros. Y de esto último entiende el artista que arrebata al tiempo su faceta más cruel: la de mostrarnos el paso de los años en cada instantánea en blanco y negro, y viradas en sepia con ese tono del tiempo pasado.

Me han impresionado todos los retratos de Edith Morris, en las formas más íntimas y cotidianas de la vida rural en su espacio americano y sureño. Y mientras me increpaba el realismo y la magia de lo natural, me venía a la cabeza la escritura de William Faulkner. Hay un hilo de seda que une a estos tres autores, cada uno en su disciplina estética: pintura, fotografía y escritura. Relaciones que no he podido obviar al contemplar la primera época de la fotografía de Emmet Gowin, que con un realismo que sobresalta, muestra su intimidad domestica para hacerla universal, haciendo de ella arte y sensaciones. 

En la segunda parte de la exposición encontramos su segunda época: fotografía aérea, compromiso con la naturaleza y juegos de sombras que complementan el universo estético del fotógrafo que pasó por Granada, retratando también desde el cielo la tierra andaluza. Una sensacional exposición retrospectiva de Emmet Gowin en la Fundación Mapfre, Madrid.

Transcribo las propias palabra de Gowin como declaración del artista:

"Considero mi obra como varias hebras del mismo hilo. Mi evolución desde un enfoque intimista, centrado en la familia y en su entorno más inmediato hasta una toma de conciencia más amplia del paisaje y una aceptación de la era nuclear fue un paso natural y necesario para mí. Al retroceder en el espacio físico y mental, pude ver no solo que nuestra familia tenía un sitio en la Tierra y era sustentada por ella, sino que la tierra vegetal y biológica nos había hecho a todos.
Tuvimos nuestros orígenes en el sueño de las estrellas. Con el paso el tiempo nos convertimos en los pensamientos de la materia y en su conciencia".

Emmet Gowin. Fundación Mapfre. Sala Azca. Avenida del General Perón, 40. Madrid. Hasta el 1 de septiembre.

viernes, 31 de mayo de 2013

NUEVO LIBRO DE MERCEDES DE VEGA, EL PROFESOR DE INGLÉS

NOVEDAD EDITORIAL
NOVELA


Una oscura y poderosa historia de amor y de pérdida. Dos ejes que atraviesan la novela para ofrecernos el retrato de un hombre que no se liberó de los fantasmas de la infancia y del abandono y que lleva el desencanto inoculado como una enfermedad. Un criminal motivado por el acto de amor más absoluto y ruin: el asesinato de su mujer. Ha pagado su condena por el crimen, pero solo ante los hombres. Él sigue buscando la expiación en un continuo arrepentimiento con la sombra de la culpa siempre pisándole los talones.

Con un tono intimista, que nos envuelve desde el principio, la autora nos ofrece con El profesor de inglés una lección conmovedora.

Sinopsis:

El atractivo profesor Elías Vaiser, licenciado en Filología Inglesa en el Trinity Collegge de Dublín, sale de la cárcel y emigra a Galicia. Ha encontrado trabajo como profesor de inglés en un internado para alumnos difíciles. Quiere olvidar su crimen en un recóndito lugar, en una esquina del mapa, donde nadie irá a molestarle ni a pedirle cuentas, y que hasta el recuerdo y la memoria pueden dormir tranquilamente sin llegar a despertarse del todo. Un pueblo con gente extraña, vinculada por parentescos y vidas marcadas. La historia se trenza alrededor de Elías y tres personajes femeninos en una red de relaciones difíciles y amorosas. Se desarrolla en Noia (Galicia), Madrid, Dublín y Londres.

Huerga & Fierro Editores, presenta en La Feria del Libro de Madrid, El profesor de inglés. 
La autora estará firmando en la caseta 250 de la editorial, el día 9 de junio, de 12:00 a 14:30 horas.





domingo, 28 de abril de 2013

Desaparecido



Microrrelato


Un temblor precipitó su caída hacia la cama,
y sin poder despedirse de su amada, 
el colchón se lo tragó. 

Ella todavía le está buscando.






Mujer acostada en el colchón, 1974, Darío Morales.

domingo, 3 de marzo de 2013

Leche de coco y crema de bananas


 Relato publicado en Cuentos del Sismógrafo

 

He de empezar por lo importante, recordando el áspero gusto a higo chumbo que me produjo la mirada de Alberto cuando lo conocí. Cómo lentamente el olor de su cuerpo se iba convirtiendo en un aroma dulzón y áspero que me recordaba al de la leche cortada. Me causó esa grata impresión que posee para mí la belleza mantecosa. Apenas hube mantenido las primeras impresiones con él, la acidez que contenía nuestros primeros saludos por el parque, junto a una emoción repulsiva, dieron paso a la sensación de licuarme en su mirada. Cuando le observaba hablar tirando de la correa de su perro, mi holgada falda disimilaba la húmeda y correosa excitación que se producía en mi cuerpo. Esta transformación se produjo en el trascurso de una sesión de cine erótico a la que me invitó tras entablar nuestra segunda y tímida conversación en el parque de Berlín.  

     Conocí a Alberto una tarde de intenso calor de verano. El bochorno abrasador nos arrojaba de nuestros incandescentes y minúsculos apartamentos de la calle Pradillo. Los edificios que bordean el parque se desvanecían tras diez horas expuestos al sol inclemente del mes de Julio de Madrid. Ambos solíamos pasear a nuestros perros por el parque, del que todavía somos vecinos. Nos habíamos visto en numerosas ocasiones alrededor del pequeño estanque, a la entrada de Concha Espina, pero hasta entonces nos esquivábamos con timidez mientras nuestros perros se olfateaban atrozmente. 

          Aquella tarde, la que inauguró nuestra historia, al principio, él me pareció un chaval ásperamente gordo y seboso, como embadurnado en mantequilla. Le sudaba la frente, brillante y grasienta. Llevaba una perilla a lo Adolfo Bécquer que me pareció intelectual y morbosa. Vestía con ropa escandalosa de surfista que le queda muy grande; ideal para ocultar su amorfo y celulítico cuerpo, tras el despiste de un deporte para flacos. La verdad: sus camisas de verdes chirriantes y naranjas calientes grabadas con motivos surferos de Tarifa, le daban un aire de chico desesperado en busca de una tabla de surf con dos tetas bien puestas con la que surcar las olas del verano madrileño.

     Pensé entonces que era un tipo desesperado, como tantos otros, por olor a mar y a caracola, en estado de castigo en la meseta castellana, suspirando por un trocito de sal marina entre los dientes y pidiendo a gritos ser rescatado de la sosa y aburrida sequía de su cuerpo. 

     Yo, que hasta en la poca agua que concentra mi bañera me puedo ahogar, decidí aceptar un pequeño chapuzón bajo las olas de la camisa de Alberto y surfear en la butaca de un cine porno por las magrosidades de su cuerpo. Subir y bajar por las sudorosas olas de su piel; entrar y salir por los recovecos de sus tintineantes michelines; deslizarme por sus pantalones buscando la isla prohibida entre sus piernas, balancearme por una rama de su palmera y rebozarme entre la arena de su playa desbordada. 

¡Ah…! Excelente prefacio para un rato de surf. Lo recuerdo tan bien como si lo tuviera delante. Quedamos en la puerta del cine Max, sólo para adultos de la calle Arapiles. La película se titulaba Sabor a mar. No podía haber en el mundo un nombre mejor para quienes añoran el gusto del líquido salado. Alberto y yo, en cuanto tomamos posesión de nuestras butacas y empezó la película, comenzamos a balancearnos de aquí para allá, hacia arriba y hacia abajo, hacia fuera y hacia adentro. Las protagonistas del film, dos rubias bañistas despampanantes tan desnudas como vinieron a este mundo, hacían saltar a los peces del agua en cabriolas indescriptibles. Las dos eróticas sirenas iban acompañadas por cuatro estrellas masculinas del cine porno que alardeaban de miembros febriles a punto de estallar, desperdigando sus humores por la playa. Rojos y calientes, los actores destacaban sobre la blanca arena como cangrejos apareados, sembrando por la arena a los pocos minutos leche de coco y crema de banana. 

     A Alberto se le movían las chichas en obsceno vaivén según avanzaba la película, y el roce de sus carnes producían un ruido lujurioso, semejante al frote de las patas de las cigarras, eso me provocaba una febril excitación. Su olor a sudor salado, mezcla de berberechos y boquerones en vinagre, hacían de mí una cueva marina bajo el mar Mediterráneo, en la que Alberto, ya sin pantalones piratas, entraba y salía buceando con mi pez en su boca. 

     En la oscuridad del cine, no nos percatamos de la audiencia, pensando que todos estarían disfrutando al regocijo playero del penetrante argumento y de la belleza y el exceso de sus protagonistas; pues la verdad, ni Alberto ni yo, con mis 120 kilos, pudimos imaginar que todo el mundo nos miraba enfebrecido, y en un flash de lucidez nos dimos cuenta que, durante toda la película, los protagonistas de Sabor a mar éramos nosotros en el oscuro decorado del cine Max.  

Para nuestra sorpresa al encender las luces todos los espectadores estaban de pie aplaudiéndonos, entusiasmados por nuestra lujosa actuación. Fue una interpretación tan realista que nuestros asientos, como tablas de surf, nadaban en mil piruetas sobre olas de leche de coco y crema de banana que Alberto y yo derramamos con valentía.

     Después de tres años juntos nos amamos locamente y, aprovechando que la obesidad está de moda, nos hemos hecho actores de cine triunfando por todo Madrid como estrellas de mar.

 

Mercedes de Vega

 


Relato publicado en Cuentos del Sismógrafo


lunes, 4 de febrero de 2013

Una visión del mundo, por John Cheever


El cuento Una visión del mundo fue publicado por primera vez en The New Yorker, el 29 de septiembre del 62. Es sin duda uno de los mejores y más representativos del imaginario de John Cheever. Es profundo y honesto y requiere una atenta lectura. Para disfrutar plenamente del universo Cheever.


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Esto lo escribo en otra casa de campo a orillas del mar, sobre la costa. La ginebra y el whisky han marcado anillos en la mesa frente a la cual me siento. Hay poca luz. De la pared cuelga una litografía coloreada de un gatito que tiene puestos un sombrero adornado con flores, un vestido de seda y guantes. El aire huele a moho, pero yo creo que es un olor grato, vivificante y carnal, como el agua de la sentina y el viento en tierra. Hay marea alta, y el mar bajo el farallón golpea los muros de contención y las puertas y sacude las cadenas con fuerza tal que salta la lámpara sobre mi mesa. Estoy aquí, solo, para descansar de una sucesión de hechos que comenzó un sábado por la tarde, cuando estaba paleando en mi jardín. Treinta o cincuenta centímetros bajo la superficie descubrí un pequeño recipiente redondo que podía haber contenido cera para lustrar zapatos. Con un cortaplumas abrí el recipiente. Dentro encontré un pedazo de tela encerada, y al desplegarla hallé una nota escrita sobre papel rayado. Leí: «Yo, Nils Jugstrum, me prometo que si al cumplir los veinticinco años no soy socio del Club Campestre de Arroyo Gory, me ahorcaré». Sabía que veinte años antes el vecindario en que vivo era tierra de cultivo, y supuse que el hijo de un agricultor, mientras contemplaba los verdes senderos del arroyo Gory, habría formulado su juramento y lo habría enterrado en el suelo. Me conmovieron, como me ocurre siempre, esas líneas irregulares de comunicación en las cuales expresamos nuestros sentimientos más profundos. A semejanza de un impulso de amor romántico, me pareció que la nota me sumergía más profundamente en la tarde.

El cielo era azul. Parecía música. Acababa de cortar el pasto y su fragancia impregnaba el aire. Me recordaba esos avances y esas promesas de amor que practicamos cuando somos jóvenes. A1 final de una carrera pedestre uno se echa sobre la hierba, junto a la pista, jadeante, y el ardor con que abraza la hierba de la escuela es una promesa a la cual se atendrá todos los días de su vida. Mientras pensaba en cosas pacíficas, advertí que las hormigas negras habían vencido a las rojas, y estaban retirando del campo los cadáveres. Pasó volando un petirrojo, perseguido por dos grajos. El gato estaba en el seto de uvas, acechando a un gorrión. Pasó una pareja de oropéndolas tirándose picotazos, y de pronto vi, a menos de medio metro de donde estaba, una culebra venenosa que se despojaba del último tramo de su oscura piel de invierno. No sentí temor ni miedo, pero me impresionó mi falta de preparación para este sector de la muerte. Aquí encontraba un veneno letal, parte de la tierra tanto como el agua que corría en el arroyo, pero pareció que no le había reservado un lugar en mis reflexiones. Volví a casa para buscar la escopeta, pero tuve la mala suerte de encontrarme con el más viejo de mis perros, una perra que teme a las armas. Cuando vio la escopeta, comenzó a ladrar y a gemir, atraída sin piedad por sus instintos y sus sentimientos de ansiedad. Sus ladridos atrajeron al segundo perro, por naturaleza cazador, que bajó saltando los peldaños, dispuesto a cobrar un conejo o un pájaro; y seguido por dos perros, uno que ladraba de alegría y el otro de horror, regresé al jardín a tiempo para ver que la víbora desaparecía entre las grietas de la pared de piedra.
Después, fui en automóvil al pueblo y compré semillas de hierba, y más tarde fui al supermercado de la Ruta 27 para comprar unos brioches que había pedido mi esposa. Creo que en estos tiempos uno necesita una cámara para filmar un supermercado el sábado por la tarde. Nuestro lenguaje es tradicional, y representa la acumulación de siglos de relaciones. Excepto las formas de los productos, mientras esperaba no pude ver nada tradicional en el mostrador de la panadería. Éramos seis o siete personas, y nos demoraba un viejo que tenía una larga lista, una relación de alimentos. Mirando por encima de su hombro leí:
6 huevos
entremeses
Me vio leyendo el papel y lo apretó contra el pecho, como un prudente jugador de naipes. De pronto, la música funcional pasó de una canción de amor a un cha-cha-cha, y la mujer que estaba al lado comenzó a mover tímidamente los hombros y a ejecutar algunos pasos. «Señora, ¿desea bailar?», pregunté. Era muy fea, cuando abrí los brazos avanzó un paso y bailamos un minuto o dos. Era evidente que le encantaba bailar, pero con una cara como la suya seguramente no tenía muchas oportunidades. Entonces, se sonrojó intensamente, se desprendió de mis brazos y se acercó a la vitrina de vidrio, donde estudió atentamente los pasteles de crema. Me pareció que había dado un paso en la dirección apropiada, y cuando recibí mis brioches y volví a casa estaba muy contento. Un policía me detuvo en la esquina de la calle Alewives, para dar paso a un desfile. A1 frente marchaba una joven calzada con botas y vestida con pantalones cortos que destacaban la delgadez de sus muslos. Tenía una nariz enorme, llevaba un alto sombrero de piel y subía y bajaba un bastón de aluminio. La seguía otra joven, de muslos más finos y más amplios, que marchaba con la pelvis tan adelantada al resto de su propia persona que la columna vertebral se le curvaba de un modo extraño. Usaba gafas, y parecía sumamente molesta a causa del avance de la pelvis. Un grupo de varones, con el agregado aquí y allá de un campanero de cabellos canos, cerraba la retaguardia y tocaba Los cajones de municiones avanzan. No llevaban estandartes, por lo que podía ver no tenían finalidad ni destino y todo me pareció muy divertido. Me reí el resto del camino a casa.
Pero mi esposa estaba triste.
–¿Qué pasa, querida? –pregunté.
–Tengo esa terrible sensación de que soy un personaje, en una comedia de televisión –dijo–. Quiero decir que mi aspecto es agradable, estoy bien vestida, tengo hijos atractivos y alegres, pero experimento esa terrible sensación de que estoy en blanco y negro y de que cualquiera me puede apagar. Es sólo eso, que tengo esa terrible sensación de que me pueden borrar. –Mi esposa a menudo está triste porque su tristeza no es una tristeza triste, y dolida porque su dolor no es un dolor aplastante. Le pesa que su pesar no sea un pesar agudo, y cuando le explico que su pesar acerca de los defectos de su pesar puede ser un matiz diferente del espectro del sufrimiento humano, eso no la consuela. Oh, a veces me asalta la idea de dejarla. Puedo concebir una vida sin ella y los niños, puedo arreglarme sin la compañía de mis amigos, pero no soporto la idea de abandonar mis prados y mis jardines. No podría separarme de las puertas del porche, las que yo reparé y pinté, no puedo divorciarme de la sinuosa pared de ladrillos que levanté entre la puerta lateral y el rosal; y así, aunque mis cadenas están hechas de césped y pintura doméstica, me sujetarán hasta el día de mi muerte. Pero en ese momento agradecía a mi esposa lo que acababa de decir, su afirmación de que los aspectos externos de su vida tenían carácter de sueño. Las energías liberadas de la imaginación habían creado el supermercado, la víbora y la nota en la caja de pomada. Comparados con ellos, mis ensueños más desordenados tenían la literalidad de la doble contabilidad. Me complacía pensar que nuestra vida exterior tiene el carácter de un sueño y que en nuestros sueños hallamos las virtudes del conservadurismo. Después, entré en la casa, donde descubrí a la mujer de la limpieza fumando un cigarrillo egipcio robado y armando las cartas rotas que había encontrado en el canasto de los papeles.
Esa noche fuimos a cenar al Club Campestre Arroyo Gory. Consulté la lista de socios, buscando el nombre de Nils Jugstrum, pero no lo encontré, y me pregunté si se habría ahorcado. ¿Y para qué? Lo de costumbre. Gracie Masters, la hija única de un millonario que tenía una funeraria, estaba bailando con Pinky Townsend. Pinky estaba en libertad, con fianza de cincuenta mil dólares, a causa de sus manejos en la Bolsa de Valores. Una vez fijada la fianza, extrajo de su billetera los cincuenta mil. Bailé una pieza con Millie Surcliffe. Tocaron Lluvia, Claro de luna en el Ganges, Cuando el petirrojo rojo rojo viene buscando su antojo, Cinco metros dos, hay tus ojos, Carolina por la mañana y El Jeque de Arabia. Se hubiera dicho que estábamos bailando sobre la tumba de la coherencia social. Pero, si bien la escena era obviamente revolucionaria, ¿dónde está el nuevo día, el mundo futuro? La serie siguiente fue Lena, la de Palesteena, Porsiemprejamás soplando burbujas, Louisuille Lou, Sonrisas, y de nuevo El petirrojo rojo rojo. Esta última pieza de veras nos hace brincar, pero cuando la banda lanzó a pleno sus instrumentos vi que todos meneaban la cabeza con profunda desaprobación moral ante nuestras cabriolas. Millie regresó a su mesa, y yo permanecí de pie junto a la puerta, preguntándome por qué se me agita el corazón cuando veo que la gente abandona la pista de baile después de una serie; se agita lo mismo que se agita cuando veo mucha gente que se reúne y abandona una playa mientras la sombra del arrecife se extiende sobre el agua y la arena, se agita como si en esas amables partidas percibiese las energías y la irreflexión de la vida misma.

Pensé que el tiempo nos arrebata bruscamente los privilegios del espectador, y en definitiva esa pareja que charla de forma estridente en mal francés en el vestíbulo del Grande Bretagne (Atenas) somos nosotros mismos. Otro ocupó nuestro puesto detrás de las macetas de palmeras, nuestro lugar tranquilo en el bar, y expuestos a los ojos de todos, obligadamente miramos alrededor buscando otras líneas de observación. Lo que entonces deseaba identificar no era una sucesión de hechos sino una esencia, algo parecido a esa indescifrable colisión de contingencias que pueden provocar la exaltación o la desesperación. Lo que deseaba hacer era conferir, en un mundo tan incoherente, legitimidad a mis sueños. Nada de todo eso me agrió el humor y bailé, bebí y conté cuentos en el bar hasta cerca de la una, cuando volvimos a casa. Encendí el televisor y encontré un anuncio comercial que, como tantas otras cosas que había visto ese día, me pareció terriblemente divertido. Una joven con acento de internado preguntaba:
–¿Usted ofende con olor de abrigo de piel húmedo? Una capa de marta de cincuenta mil dólares sorprendida por la lluvia puede oler peor que un viejo sabueso que estuvo persiguiendo a un zorro a través de un pantano. Nada huele peor que el visón húmedo. Incluso una leve bruma consigue que el cordero, la mofeta, la civeta, la marta y otras pieles menos caras pero útiles parezcan tan malolientes como una leonera mal ventilada en un zoológico. Defiéndase de la vergüenza y el sentimiento de ansiedad mediante breves aplicaciones de Elixircol antes de usar sus pieles... –Esa mujer pertenecía al mundo del sueño, y así se lo dije antes de apagarla. Me dormí a la luz de la luna y soñé con una isla.
Yo estaba con otros hombres, y parecía que había llegado allí en una embarcación de vela. Recuerdo que tenía la piel bronceada, y cuando me toqué el mentón sentí que tenía una barba de tres o cuatro días. La isla estaba en el Pacífico. En el aire flotaba un olor de aceite comestible rancio –un indicio de la proximidad de la costa china–. Desembarcamos en mitad de la tarde, y me pareció que no teníamos mucho que hacer. Recorrimos las calles. El lugar había sido ocupado por el ejército, o había servido como puesto militar, porque muchos de los signos de las ventanas estaban escritos en inglés defectuoso. «Crews Cutz» (cortes de cabello), leí en un cartel de una peluquería oriental. Muchas tiendas exhibían imitaciones de whisky norteamericano. Whisky estaba escrito «Whikky». Como no teníamos nada mejor que hacer, fuimos a un museo local. Vimos arcos, anzuelos primitivos, máscaras y tambores. Del museo pasamos a un restaurante y pedimos una comida. Tuve que debatirme con el idioma local, pero lo que me sorprendió fue que parecía tratarse de una lucha bien fundada. Tuve la sensación de que había estudiado el idioma antes de desembarcar. Recordé claramente que formulé una frase cuando el camarero se acercó a la mesa. –Porpozec ciebie nie prosze dorzanin albo zylopocz ciwego –dije. El camarero sonrió y me elogió, y cuando desperté del sueño, el uso del lenguaje determinó que la isla al sol, su población y su museo fuesen reales, vívidos y duraderos. Recordé con añoranza a los nativos serenos y cordiales, y el cómodo ritmo de su vida.

El domingo pasó veloz y agradable en una ronda de reuniones para beber cócteles, pero esa noche tuve otro sueño. Soñé que estaba de pie frente a la ventana del dormitorio de la casa de campo de Nantucket que alquilamos a veces. Yo miraba en dirección al sur, siguiendo la delicada curva de la playa. He visto playas más hermosas, más blancas y espléndidas, pero cuando miro el amarillo de la arena y el arco de la curva, siempre tengo la sensación de que si miro bastante tiempo la caleta me revelará algo. El cielo estaba nublado. El agua era gris. Era domingo... aunque no podía decir cómo lo sabía. Era tarde, y de la posada me llegaron los sonidos tan gratos de los platos, y seguramente las familias estaban tomando su cena del domingo por la noche en el viejo comedor de tablas machimbradas. Entonces vi bajar por la playa una figura solitaria. Parecía un sacerdote o un obispo. Llevaba el báculo pastoral, y tenía puestas la mitra, la capa pluvial, la sotana, la casulla y el alba para la gran misa votiva. Tenía las vestiduras profusamente recamadas de oro, y de tanto en tanto el viento del mar las agitaba. La cara estaba bien afeitada. No puedo distinguir sus rasgos a la luz cada vez más escasa. Me vio en la ventana, alzó una mano y dijo: –Porpozec ciebie nie prosze dorzanin albo zyolpocz ciwego.–Después, continuó caminando deprisa sobre la arena, utilizando el báculo como bastón, el paso estorbado por sus voluminosas vestiduras. Dejó atrás mi ventana, y desapareció donde la curva del farallón concluye con la curva de la costa.
Trabajé el lunes, y el martes por la mañana, a eso de las cuatro, desperté de un sueño en el cual había estado jugando al béisbol. Era miembro del equipo ganador. Los tantos eran seis a dieciocho. Era un encuentro improvisado de un domingo por la tarde en el jardín de alguien. Nuestras esposas y nuestras hijas miraban desde el borde del césped, donde había sillas, mesas y bebidas. El incidente decisivo fue una larga carrera, y cuando se marcó el tanto una rubia alta llamada Helene Farmer se puso de pie y organizó a las mujeres en un coro que vivó:
–Ra, ra, ra –gritaron–. Porpozec ciebie nieprosze dorzanin albo zyolpocz ciwego. Ra, ra, ra.
Nada de todo esto me pareció desconcertante. En cierto sentido, era algo que había deseado. ¿Acaso el anhelo de descubrir no es la fuerza indomable del hombre? La repetición de esta frase me excitaba tanto como un descubrimiento. El hecho de que yo hubiera sido miembro del equipo ganador determinaba que me sintiera feliz, y bajé alegremente a desayunar, pero nuestra cocina lamentablemente es parte del país de los sueños. Con sus paredes rosadas lavables, sus frías luces, el televisor empotrado (donde se rezaban las oraciones) y las plantas artificiales en sus macetas, me indujo a recordar con nostalgia mi sueño, y cuando mi esposa me pasó el punzón y la Tableta Mágica en la cual escribimos la orden de desayuno, escribí: Porpozec ciebie nieprosze dorzanin albo zyolpocz ciwego. Ella se rió y me preguntó qué quería decir. Cuando repetí la frase –en efecto, parecía que era lo único que deseaba decir– se echó a llorar, y por la tristeza que expresaba en sus lágrimas comprendí que era mejor que yo descansara un poco. El doctor Howland vino a darme un sedante, y esa tarde viajé en avión a Florida.

Ahora es tarde. Me bebo un vaso de leche y me tomo un somnífero. Sueño que veo a una bonita mujer arrodillada en un trigal. Tiene abundantes cabellos castaños claros y la falda de su vestido es amplia. Su atuendo parece anticuado –quizá anterior a mi época y me asombra conocer a una extraña vestida con prendas que podía haber usado mi abuela, y también que me inspire sentimientos tan tiernos. Y sin embargo, parece real... más real que el camino Tamiami, seis kilómetros hacia el este, con sus puestos de Smorgorama y Giganticburger, más real que las calles laterales de Sarasota No le pregunto quién es. Sé lo que dirá. Pero entonces ella sonríe y empieza a hablar antes de que yo pueda alejarme. "Porpozec ciebie... ", empieza a decir. Entonces, me despierto desesperado, o me despierta el sonido de la lluvia sobre las palmeras. Pienso en un campesino que, al oír el ruido de la lluvia, estirará sus huesos derrengados y sonreirá, pensando que la lluvia empapa sus lechugas y sus repollos, su heno y su avena, sus zanahorias y su maíz. Pienso en un fontanero que, despertado por la lluvia, sonríe ante una visión del mundo en el cual todos los desagües están milagrosamente limpios y desatascados. Desagües en ángulo recto, desagües curvos, desagües torcidos por las raíces y herrumbrosos, todos gorgotean y descargan sus aguas en el mar. Pienso que la lluvia despertará a una vieja dama, que se preguntará si dejó en el jardín su ejemplar de Dombey and Son. ¿Su chal? ¿Cubrió las sillas? Y sé que el sonido de la lluvia despertará a algunos amantes y que su sonido parecerá parte de esa fuerza que arrojó a uno en brazos del otro. Después, me siento en la cama y exclamo en voz alta, para mí mismo:
–¡Calor! ¡Amor! ¡Virtud! ¡Compasión! ¡Esplendor! ¡Bondad! ¡Sabiduría! ¡Belleza! –Se diría que las palabras tienen los colores de la tierra, y mientras las recito siento que mi esperanza crece, hasta que al fin me siento satisfecho y en paz con la noche.


The New Yorker, 29 de septiembre de 1962.

martes, 8 de enero de 2013

Resultados del I Concurso Resonancias de Cuento 2013



Como homenaje a su XII aniversario, el equipo de Resonancias convocaron en julio del 2012 al I Concurso Resonancias de Cuento 2013 con la finalidad de alentar la labor de las escritoras y los escritores hispanoamericanos. Se recibieron un total de 523 cuentos desde el 12/07, fecha de apertura, hasta el 31/09/12. Los organizadores realizaron una preselección de las obras que no tenían la calidad requerida ni correspondían a las bases del Concurso.

Quedaron 322 cuentos que se repartieron entre los 8 miembros del Jurado, integrado por el poeta y escritor Luis Benítez (Argentina), el poeta Javier Claure (Bolivia), residente en Suecia, la escritora y socióloga Mercedes de Vega (España), el escritor y ensayista Maynor Freyre (Perú), el escritor Antonio Guerrero (España), el escritor y director de Resonancias Héctor Loaiza (Perú), residente en Francia, el escritor Rubén López Rodrigué (Colombia) y el dramaturgo y escritor Marcos Rosenzvaig (Argentina). El Jurado seleccionó durante el período del 12/10 al 20/11/12 a 19 cuentos semifinalistas:

“Comadres” por María Jesús Lombraña Ruiz (España), “Derrame cerebral” por Alexis Gallardo Rodríguez (Chile), “El brillo de la luna” por Dina Humanes (España), “El bus dick-dick” por Jeisson G. Ospina (Colombia), “El paño” por Ismael Marrero Rosales (España), “Estampas africanas” por Elena Marqués Núñez (España), “La decisión correcta” por Esther Chacón González (España), “La gata Katty” por Emilio A. M. Tafur Charun (Perú), “La puerta” por Ramiro Mansutti (Argentina), “La señorita Gutiérrez” por César Ibáñez París (España), “La vida de mis días” por Antonia Mora (España), “Los muertos” por Jesús Tiscar Jandra (España), “Manos de político” por Miguel Estamilla Tena (España), “Mamá, mi querida mamá” por José Antonio Saura Olivo (España), “Palabras cruzadas” por Manuel Sánchez Chamorro (España), “Reflejos de un espejo” por Francisco José Barrio Julio (España), “Suni” por Francisco Jiménez Ramírez (España), “Un sueño, ser escritor” por Adriana Lisnovsky (Argentina) y “Una luz en la inmensidad de la nada” por Marcos López Valenzuela (México).

Al recibir todos los dictámenes del Jurado el 20/11/12, los organizadores hicieron el cómputo de los 7 cuentos que fueron elegidos como finalistas: “Derrame cerebral” por Alexis Gallardo Rodríguez (Chile), “Estampas africanas” por Elena Marqués Núñez (España), “Los muertos” por Jesús Tiscar Jandra (España), “Manos de político” por Miguel Estamilla Tena (España), “Palabras cruzadas” por Manuel Sánchez Chamorro (España), “Reflejos de un espejo” por Francisco José Barrio Julio (España) y “Un sueño ser escritor” por Adriana Lisnovsky (Argentina).

Del 23/11/12 al 5/01/13, los 8 miembros del Jurado debían decidir entre los 7 cuentos finalistas a la obra ganadora con una mayoría de 5 votos. El 5/01/12, los organizadores constataron que en los fallos del Jurado no había unanimidad para designar a un cuento ganador del Concurso. Las obras “Un sueño ser escritor” y “Derrame cerebral” solo obtuvieron 2 votos cada una. Ambas no recogieron por lo menos 4 votos del Jurado, para que los organizadores acordaran un voto suplementario a una de ellas, como lo estipula el actual Reglamento Interno del Concurso.

En consecuencia, los organizadores declararon el 1er premio desierto, se concedió el 2do puesto a “Un sueño ser escritor” por Adriana Lisnovsky, el 3er puesto a “Derrame cerebral” por Alexis Gallardo Rodríguez, que son publicados en el sitio Resonancias y lo serán también en la versión PDF de los mejores contenidos del año de 2012. Se otorgaron las menciones de honor a los cuentos que recibieron un voto cada uno: “Estampas africanas” por Elena Marqués Núñez, “Los muertos” por Jesús Tiscar Jandra, “Manos de político” por Miguel Estamilla Tena y “Palabras cruzadas” por Manuel Sánchez Chamorro.

El premio de 300 € que no se concedió en la edición 2013 se acumulará al premio del II Concurso Resonancias de Cuento 2014 que se elevaría en ese caso a 600 €. Por otra parte, los organizadores incluirán en el Reglamento interno del próximo Concurso los procedimientos que evitarán la falta de consenso de los miembros del Jurado para premiar el cuento ganador.