sábado, 2 de julio de 2011

Hemingway, escritor fetiche.

Hoy justo, un día caluroso como éste dos de julio, tristemente, hace cincuenta años que, para mí, el mejor cuentista americano de toda una generación maldita se quitaba la vida de un disparo en su finca de Illinois. Salió con su escopeta y ya no volvió nunca más, lo encontraron con la cabeza abierta.
La historia y la vida de Hemingway es tan grande como su propia escritura, tan tremenda como sus cuentos que me han hechizado desde que empecé a leer.
Todo a su alrededor se me hace mágico. La nostalgia de otro mundo, de otra España, de otra Europa de guerras que no he vivido, y que se convierte en una experiencia imaginaria casi mística cuando leo su vida o algunas de las miles de cartas que escribió y en las que bucear para hallar solo las sombras de las experiencias del hombre y del escritor.
Quién fue realmente el viajero, el cazador, el guerrillero, el periodista, ¿el espia?, el novelista; y el cuentista mágico que es capaz de emocionarme como ningún otro escritor, más que Hemingway. Mi escritor fetiche.

Y aquí dejo el cuento que más me gusta de él, un verdadero placer para el alma.

Gato bajo la lluvia

En el hotel solo había dos americanos. No conocían a ninguna de las personas que subían y bajaban por las escaleras hacia y desde sus habitaciones. La suya estaba en el segundo piso, frente al mar y al monumento de la guerra, en el jardín público de grandes palmeras y verdes bancos. Cuando hacía buen tiempo, no faltaba algún pintor con su caballete. A los artistas les gustaban aquellos árboles y los brillantes colores de los hoteles situados frente al mar. Los italianos venían de lejos para contemplar el monumento a la guerra, hecho de bronce que resplandecía bajo la lluvia. El agua se deslizaba por las palmeras y formaba charcos en los senderos de piedra. Las olas se rompían en una larga línea y el mar se retiraba de la playa, para regresar y volver a romperse bajo la lluvia. Los automóviles se alejaron de la plaza donde estaba el monumento. Del otro lado, a la entrada de un café, un mozo estaba contemplando el lugar ahora solitario.

La dama americana lo observó todo desde la ventana. En el suelo, a la derecha, un gato se había acurrucado bajo uno de los bancos verdes. Trataba de achicarse todo lo posible para evitar las gotas de agua que caían a los lados de su refugio.

–Voy a buscar a ese gatito –dijo ella.

–Iré yo, si quieres –se ofreció su marido desde la cama.

–No, voy yo. El pobre minino se ha acurrucado bajo el banco para no mojarse ¡Pobrecito!

El hombre continuó leyendo, apoyado en dos almohadas, al pie de la cama.

–No te mojes –le advirtió.

La mujer bajó y el dueño del hotel se levantó y le hizo una reverencia cuando ella pasó delante de su oficina, que tenía el escritorio al fondo. El propietario era un hombre viejo y muy alto.

–Il piove –expresó la americana. El dueño del hotel le resultaba simpático.

–Sí, sí signora, brutto tempo. Es un tiempo muy malo.

Cuando la americana pasó frente a la oficina, el padrone se inclinó desde su escritorio. Ella experimentó una rara sensación. Se quedó detrás del escritorio, al fondo de la oscura habitación. A la mujer le gustaba. Le gustaba la seriedad con que recibía cualquier queja. Le gustaba su dignidad y su manera de servirla y de desempeñar su papel de hotelero. Le gustaba su rostro viejo y triste y sus manos grandes. Estaba pensando en aquello cuando abrió la puerta y asomó la cabeza. La lluvia había arreciado. Un hombre con un impermeable cruzó la plaza vacía y entró en el café. El gato tenía que estar a la derecha. Tal vez pudiese acercarse protegida por los aleros. Mientras tanto, un paraguas se abrió detrás. Era la sirvienta encargada de su habitación, mandada, sin duda, por el hotelero.

–No debe mojarse –dijo la muchacha en italiano, sonriendo.

Mientras la criada sostenía el paraguas a su lado, la americana marchó por el sendero de piedra hasta llegar al sitio indicado, bajo la ventana. El banco estaba allí, brillando bajo la lluvia, pero el gato se había ido. La criada levantó la mirada.

–Ha perduto qualque cosa, signora?

–Había un gato aquí –contestó la americana.

–¿Un gato?

–Sí il gatto.

–¿Un gato? –La sirvienta se echó a reír – ¿Un gato? ¿Bajo la lluvia?

–Sí; se había refugiado en el banco –y después– ¡Oh! ¡Me gustaba tanto! Quería tener un gatito. Cuando habló en inglés, la doncella se puso seria.

–Venga, signora. Tenemos que regresar. Si no, se mojará.

–Me lo imagino –dijo la extranjera.

Volvieron al hotel por el sendero de piedra. La muchacha se detuvo en la puerta para cerrar el paraguas. Cuando la americana pasó frente a la oficina, el padrone se inclinó desde su escritorio. Ella experimentó una rara sensación. El padrone la hacía sentirse muy pequeña y a la vez, realmente importante. Por un momento tuvo la sensación de ser alguien de una importancia suprema. Después de subir por la escalera, abrió la puerta de su cuarto. George seguía leyendo en la cama.

–¿Y el gato? –preguntó, abandonando la lectura.

–Se ha ido.

–¿Y dónde puede haberse ido? –dijo él, descansando un poco la vista.

Ella se sentó en la cama.

–¡Me gustaba tanto! No sé por qué lo quería tanto. Me gustaba ese pobre gatito. No es divertido ser un pobre gatito bajo la lluvia.

George se puso a leer de nuevo.

Su mujer se sentó frente al espejo del tocador y empezó a mirarse con el espejo de mano. Se estudió el perfil, primero de un lado y después del otro, y por último se fijó en la nuca y en el cuello. –¿No te parece que me convendría dejarme crecer el pelo? –le preguntó, volviendo a mirarse de perfil.

George levantó la vista y vio la nuca de su mujer, rapada como la de un muchacho.

–A mí me gusta como está.

–¡Estoy cansada de llevarlo tan corto! Ya estoy harta de parecer siempre un muchacho.

George cambió de posición en la cama. No le había quitado la mirada de encima desde que ella empezó a hablar.

–¡Caramba! Si estas muy bonita – dijo.

La mujer dejó el espejo sobre el tocador y se fue a mirar por la ventana. Anochecía ya.

–Quisiera tener el pelo más largo, para poder hacerme moño. Estoy cansada de sentir la nuca desnuda cada vez que me la toco. Y también quisiera tener un gatito que se acostara en mi falda y ronroneara cuando yo lo acariciara.

–¿Sí? –dijo George.

–Y además, quiero comer en una mesa con velas y con mi propia vajilla. Y quiero que sea primavera y cepillarme el cabello frente al espejo, tener un gatito y algunos vestidos nuevos. Quisiera tener todo eso.

–¡Oh! ¿Por qué no te callas y lees algo? –dijo George, reanudando su lectura.

Su mujer miraba desde la ventana. Ya era de noche y todavía llovía a través de las palmeras.

–De todos modos, quiero un gato –dijo–. Quiero un gato. Quiero un gato. Ahora mismo. Si no puedo tener el pelo largo ni divertirme, por lo menos necesito un gato.

George no la escuchaba. Estaba leyendo su libro. Desde la ventana, ella vio que la luz se había encendido en la plaza. Alguien llamó a la puerta

–Avanti –dijo George, mirando por encima del libro.

En la puerta estaba la sirvienta. Traía un gran gato de color de carey que pugnaba por zafarse de los brazos que lo sujetaban.

–Con permiso –dijo la muchacha– el padrone me encargó que trajera esto para la signora.

martes, 31 de mayo de 2011

Escritores y escribientes en una feria que no hay que perderse

El sábado dio el pistoletazo de salida la feria del libro de Madrid 2011. Y allí estaban todas nuestras jóvenes promesas junto las viejas glorias, oportunistas y demás especies diversas, también las escribientes al dictado de la moda preparadas, unas con sus mejores galas y otras con las peores; pero todos con un pie en la línea de salida, en máxima concentración para salir disparados en la cerrera de las firmas por una mañana de gloria en el Parque del Retiro, aunque muchos no lleguen a firmar ni cinco ejemplares y a otros les duela los dedos de darle a la plumilla; pero da igual, hay que estar ahí, en el puestecito, y remover las conciencias, y lucir fama, que cuesta mucho de ganar. Porque una vez que se ha llegado aquí se hace lo que haga falta: se estrechan manos, se luce sonrisa y uno tira la casa por la ventana, que Hollywood no está tan lejos desde que Penélope se nos codea con Johnny Depp, aunque ella de leer, no sé cómo anda.

Ninguno como este año se ven tantos escritores y escribientes a la busca y captura de una primera página donde estampar su firma que de posteridad al ejemplar, que seguro, una vez leído, si acaso, concluirá su efímera vida en un estante del que jamás se moverá y, que con toda probabilidad, a la vuelta de pocos años, será condenado al cubo de la basura. Con suerte, los que sobrevivan a la moda o a las estrategias del editor, serán comprados al peso por algún librero de segunda mano.
Pero eso qué más da, lo que importa hoy es vender, firmar, hacer caja y lucir la mejor sonrisa, que ya no es como antes que había que mantener la imagen de chicos malos, intelectuales y malditos y al margen del sistema; porque elitistas queremos seguir siendo aunque bañados por las masas. Y que les quiten lo bailao.

Feria del libro de Madrid, del 27 de mayo al 12 de junio.

sábado, 14 de mayo de 2011

Chardin y el arte de lo cotidiano


Delante de este cuadro, el sábado pasado en el Museo del Prado, me emocionaba el estilo de un pintor realmente conmovedor. Me pregunté, observando pacientemente esa pompa de jabón, cómo podría yo recoger esa escena en un cuento que narrara el espíritu de esa obra. Tarea difícil, por no decir imposible, pensé.
Según avanzaba por la exposición me hacia muchas preguntas, entre ellas ¿cómo era posible que con representaciones tan estáticas consiguiera Chardin trasmitir tantas sensaciones?
Bodegones con trozos de salmón y caballas colgando, entre los objetos más habituales de una cocina parisina del siglo XVIII –posiblemente la suya–, formaban la más profunda manifestación de un arte tranquilo y doméstico, donde lo sencillo y lo cotidiano nos hace reflexionar sobre al arte más complejo y surrealista que se ha ido haciendo en el transcurso de los dos últimos siglos, en el que las manifestaciones artísticas de lo cotidiano se han ido elevando a la máxima categoría de arte. Y no hace falta más que acercarnos a los cientos de exposiciones que se inauguran todos los días para muestra de los artistas que trabajan con los objetos más elementales de siglo XXI como representación de la abstracción artística. ¿Qué es el pop art sino la utilización de lo cotidiano convertida en objeto artístico? Y si no que se lo digan a Warhol y sus objetos impersonales, como las latas de sopa.

Y hasta el 29 de mayo podernos disfrutar en el Museo del Prado de la pintura ilustrada de Chardin (1699-1779) y sus naturalezas muertas del siglo XVIII menos muertas que nunca, y de sus figuras tranquilas y serenas que nos llevan de la mano a una sensación placentera cada vez más difícil de hallar en el arte. Y es que este pintor es capaz de conmover con las sutilezas más sencillas.

jueves, 28 de abril de 2011

Lo que más me dolió de la noche de los libros


La cola era de cuarenta y cinco minutos, nada más y nada menos. Giraba haciendo requiebros alrededor de pequeñas estanterías repletas de libros de los autores más demandados de las últimas décadas, algunos clásicos y casi nada para niños. Un público curioso el de la fila, pensé; disciplinado, cuchicheando en voz baja sobre las obras del escritor en la mano, presumiendo casi todos de un estilo intelectual acorde con la rancia librería de una modernidad clásica anclada en la indiferencia del tiempo. Los pacientes hacedores de la cola me parecieron gente de los años ochenta con un olor a rancia universidad, exceptuando a un par de modernos que parecían haberse equivocado de librería y de un joven como recién salido de un cuento de Poe con el rostro tan blanco, sombrero de copa y brillantes zapatos de cordones con una punta digna del mismísimo Mr. Scrooge.
Y justo, al torcer de estantería lo vi. Él, estaba ahí, en el rincón más visible de la librería, sentado tras una estrecha mesita, bajo un cartel con su nombre en grandes letras y una imagen sonriente de otro tiempo. Y vi dos hombres: el de antes, con más pelo y una mirada sagaz de escritor interesante; y el de ahora, de carne y hueso, un poco aburrido, más gordito y con el atractivo amable y natural que llega con los años; seguro que con dolor en la mano de firmar ejemplares desde hacía varias horas, sometido a las servidumbres de su oficio aprendido desde niño, como una condena que le amarra al éxito y a las miradas ansiosas de las mujeres de la cola, y a las babosas sonrisas de los hombres con sus novelas bajo el brazo, anhelando conseguir la dedicatoria con la que presumir durante el partido de fútbol de esa noche.
Según pasaba la cola por delante de la mesa de mi admirado escritor, sus lectores preparaban el libro con una risita nerviosa apretujándose a su alrededor, suspirando por conseguir el fetiche que explica cosas prohibidas para ser dichas en público. Y yo observaba cómo se iban deshaciendo, según alcanzaban su mesa, uno por uno, en una especie de excitación pueblerina, a medio camino entre la adoración y la codicia. Ese feroz atractivo de la fama y de la pluma, que subyuga por igual a hombres y a mujeres de todas las edades en una tarde de libros y en una librería del centro de Madrid, haciendo una cola penitente con mi hija para que el escritor –vivo– que más quiero, me firmase el ejemplar de su último libro, con la misma adoración y cocida que todos los demás pero intentando que no se me notase.
Tres horas después perdió el partido el Real Madrid y eso es lo que más me dolió de la noche de los libros, pero me consolé releyendo varias veces la escueta dedicatoria que me había escrito mi Javier Marías con su mano zurda, pensando con cierto regusto en lo contrariado que estaría él también por haber perdido nuestro querido Real Madrid.

viernes, 15 de abril de 2011

Licántropos

Me asomo.
Me desperezo en la humedad de la tierra que descompone mi carne.
Le veo arrastrarse sobre las estelas del camposanto, y saltar sobre ellas bañado por la luna nueva.
Le dije que no tardara.
Las lápidas se remueven bajo su peso. Muchas se hunden en el fango de la lluvia, vencidas por su empeño.
Se acerca su silueta.
Lo amo
ya viene
ya no puedo esperar más.
La luz despunta en el horizonte.
Oigo como escarba en la tierra.
Y levanta mi losa para colarse por el hueco.
Quiere estar otro día a mi lado
y buscar en mi cuerpo, la sangre que alimenta nuestro amor salvaje.

domingo, 27 de marzo de 2011

Mary Poppins se ha ido

Desayuno. La leche se ha terminado, las tostadas están quemadas y la miel es amarga. La ropa del armario ya no es la mía y los zapatos que encuentro en él son de otro número. La casa está sin camas, el coche sin ruedas, las sillas sin patas. Enciendo la luz y las bombillas estallan. Ando por la calle sin ver a nadie. Las aceras se hunden y mis pies tropiezan. Los sombreros vuelan y los paraguas se dan la vuelta. Me miras sin ojos y te beso sin labios. Tu rostro aparece borrado, y lo toco. Tus labios son ásperos. Tu lengua mordida se desprende. Todo vuela por los aires y Mary Poppins me dice adiós con la mano.