domingo, 27 de febrero de 2011

Polvo de mis sueños



Antonio está al otro lado de la mesa. Por encima, un mantel blanco la cubre como un velo. Estamos sentados uno frente al otro. No hay nadie más en la habitación. Afuera no hay nada. Quizá si me levanto y abro la puerta puede que todo haya terminado.
Antonio tiene los ojos cerrados. No sé por qué, pero saco las manos de debajo de la mesa. Él me las toma y las aprieta muy fuerte; se me hinchan y enrojecen, prisioneras. Con la presión de sus manos se me caen las uñas, una por una. Parecen de plástico. Mis uñas rojas y perfectas se balancean sobre el blanco mantel.
La angustia me hace llorar, pero no hay nada que me produzca dolor. Las lágrimas me recorren el rostro deslizándose hasta caer sobre la mesa, en la que siguen mis uñas moviéndose de un lado para otro, como el péndulo de un reloj que nunca ha estado en hora.
Cierro los ojos e intento gritar.
Antonio sigue sujetándome las manos.
El único sonido que escucho es el sordo goteo de mis lágrimas cuando alcanzan el mantel.
No quiero mirar mis dedos. Siento una angustia infinita.
Antonio sigue con los ojos cerrados, sin decir nada porque no tiene boca.
Intento soltarme, forcejeo, me resisto, pero sus manos me retienen con fuerza y al mirarlas están blancas, blancas y frías, muy frías.
Antonio se está muriendo. Pronto será una brutal recuerdo. Sólo la mesa me separa de él y quiero huir de allí y de su lado.
La puerta de la habitación se abre.
Él me suelta.
Salgo corriendo.
Miro hacia atrás y Antonio se deshace en el polvo de mis sueños.
Polvo sobre la silla, polvo en la habitación, polvo que viene hacia mí.
Alcanzo la puerta.
Pongo un pie al otro lado y caigo en el eterno vacío que siempre ha estado ahí, entre Antonio y yo.

lunes, 31 de enero de 2011

Papel de arroz


Papel de arroz es un microrrelato que habla sobre la violencia de género, muy a mi manera.


Estaba segura de que eran sus pasos los que se hundían en la madrugada, los pasos que la seguían desde que salió del portal. Cortaban el aire como cuchilla que rasga papel de arroz. El eco de su respiración entrecortada, la soledad de la calle desierta, le devolvía el ansia que él tenía por matarla. Sus zancadas largas y profundas en el eco de la noche, se hacían cada vez más rápidas tras ella, persiguiéndola. Le hablaban: que anoche la pudo haber seguido hasta allí, que la pudo ver con otro entrando en el portal. Que pudo ver cómo la cosía a besos en el rellano antes de cerrar la puerta, y cómo su nuevo enamorado conducía su mano arrebatada por debajo de la falda, antes de subírsela a su casa.

Caminaba tras ella haciendo ruido con las llaves, y presentía su sombra cada vez más cerca de su espalda. Tragó saliva y todo su cuerpo se volvió humedad. Escuchaba unos jadeos escondidos, familiares, que intentaban ahogarla otra vez.
La luz de una farola inventaba sobre la acera la sombra de su muerte, mientras huía.
Estaba segura que esa vez no iba a escapar: se había convertido en su sangriento objetivo. Y su mano rebuscaba en el bolso las llaves que no encontraba, antes de llegar a su calle, rompiéndose las uñas en el intento. Escuchó el tintineo de otras llaves, cada vez más cerca, ahí mismo. Y no pudo correr más:
La calle se acabó cuando él la rozó la espada.
Estaba segura que sacó la navaja del bolsillo.
Estaba segura que no llegaría hasta su casa con vida.
Un muro la frenó y cerró la calle para siempre.
Cuando se dio la vuelta ya le tenía encima. Se tapó los ojos con las manos y, en un eterno segundo, sintió la cuchilla fragmentar su piel como si fuera papel de arroz.
Vio su carne asomarse entre una herida forjada por la ira del amor.
Estaba segura que moriría allí, tirada, en un callejón solitario, en una siniestra madrugada de Madrid, a las puertas de su casa. Sin testigos.
Estaba segura, aún sin haberle visto la cara, que era él quien corría alejándose del cadáver que yacía en el suelo, el cadaver en el que se había convertido.

sábado, 8 de enero de 2011

Bufete


Cuento

Quise salir a almorzar y llamé a Alejandra. Cuando descolgó el teléfono tenía la voz ronca y un timbre extraño. Dijo que había dormido mal: le dolía el estómago, tenía una jaqueca horrible y no podía comer nada; me dio las gracias y colgó. Llamé a Julio y me dijo lo mismo. Juan también durmió mal, y a Fernando, un dolor de cabeza terrible le había quitado el apetito.
Recogí mi mesa, guardé los informes en un cajón y me puse la chaqueta. Antes de salir de la oficina me pasé por el despacho de Melanie; la encontré lívida y con ojeras, se quedaría a terminar una apelación y no saldría a comer.
Según caminaba por el pasillo, encontré muy desmejorado a todo el personal del departamento, que entraba y salía de los distintos despachos con pintas de no haber dormido, y todos cargados de informes y carpetas. Llamé al ascensor y, antes de entrar, una mano me tocó la espalda: el director de departamento me llamaba a su despacho. Toqué a la puerta y entré. Nunca había visto al director tan viejo y ajado, con la camisa arrugada y la corbata medio deshecha. Se levantó y me estrechó la mano; sus pantalones parecían haber sido centrifugados. Intenté disimular mi asombro, pero me pareció tan evidente, que tuve que preguntarle si había algún problema en la oficina; me contestó que el problema era mi aspecto, y que no tenía más remedio que darme el día libre para que me repusiera durmiendo hasta mañana, y que no me sancionaría por ser quien era: un abogado eficiente y trabajador e hijo de un gran amigo. Me echó un rapapolvo de cuidado; que era un bufete importante… y que los empleados debían mantener una imagen digna.
No salía de mi asombro cuando cerré la puerta de su despecho y me saludó su secretaria con el bajo de la falda descosido y la blusa rajada por la espalda. Me despidió con un bostezo y se tapó la boca con la mano. En vez de coger el coche me fui a casa corriendo, tardé tres horas en llegar, pero lo conseguí.
No almorcé, ni cené, ni dormí en toda la noche, tampoco me cambié de ropa. Salí a las cinco de la madrugada para volver corriendo a la oficina. Alcancé a llegar al despacho a las ocho en punto, y pensé que mi aspecto no tendría nada que envidiar al de ningún otro empleado del bufete.
Sobre las doce, el director me volvió a llamar a su despacho; me froté las solapas de la chaqueta para arrugarlas un poco más, y entré.
Cuando salí de allí, metí todas mis cosas en una caja y me despedí de todos mis compañeros. Me miraban asombrados, pero nadie dijo nada. Me habían despedido. Pasó Melanie por mi lado y la encontré muy elegante, con unos tacones de aguja de veinte centímetros que me clavó en el pie, para decirme que la había cagado y que siempre iba a contracorriente.

>Relato publicado en "Cuentos del Sismógrafo".

martes, 7 de diciembre de 2010

Camus y la literatura como filosofía



Hay vidas que caben en una caja de galletas, vidas que se convierten en un trozo de metralla y quedan olvidadas en el ruido de las guerras; en una lata como sepultura.
El mundo está lleno de tragedias y de muerte, y las guerras de la primera mitad del siglo XX determinaron la vida y la obra de Camus y de toda una generación de pensadores, de artistas, de filósofos, y de hombres sencillos… que veían cómo la bella Europa se desangraba en guerras e ideologías totalitarias que la sembraban de muerte y horror.
Y mientras el pequeño Albert aprendía a andar en su ciudad natal de Mondovi, Argelia, su padre moría en plena batalla, apenas a unos kilómetros donde el propio Camus se dejaría la vida a los 46 años, tras un accidente de automóvil. El destino a veces nos prepara encuentros siniestros.
Me imagino cómo debió ser para Camus crecer sin haber conocido a su padre, mirar de reojo aquella lata de galletas, seguro que debajo de la cama, o en el estante de un armario en la cocina donde su madre debía esconderla y en la que guardaba ese pequeño fragmento de metralla que lo dejó huérfano en la batalla del río Marne, hermoso afluente del Sena, cerca de París, en el otoño de 1914, cuando él apenas había cumplido once mes y recién comenzada la Primera Guerra Mundial –el 28 de julio al declarar Austria la guerra a Serbia–.

Albert Camus nació en Argelia en 1913. Pertenecía a una familia pied-noir –franceses nacidos en Argelia y colonos emigrados–.
Filósofo, escritor y dramaturgo, creador de la filosofía del absurdo, como su destino y el de toda una generación que vivió las guerras y revoluciones del siglo pasado, y del anterior, de éste, y de los que seguirán mientras el hombre siga siendo ese lobo que es para sí mismo. Creció en plena guerra de las colonias y pronosticó con una gran visión la llega de las dictaduras a los países descolonizados de esa forma tan brutal como la que dio lugar a la guerra de independencia de Argelia.
Nadie como él representa la dicotomía humana, la contraposición de dos posturas filosóficas: Rousseau Vs Hobbes. Su filosofía contrasta con su obra literaria, que en mi opinión, lleva el espíritu de Rousseau, por muy nietzcheniano y existencialista que muchos piensan que fue. La naturaleza del hombre en Camus es buena, cree en la bondad del ser humano: el mal, viene después, negando el pecado original. Hay una frase en El contrato social de Rousseau que expresa muy bien el sentimiento político de Camus: «Renunciar a la libertad es renunciar a la cualidad de hombres, a los derechos de humanidad e incluso a los deberes». Luchó por la liberación de la esclavitud de los oprimidos, por la rebelión de los pueblos sometidos. Reivindicó al hombre bueno, la lucha por la nobleza y la sencillez criticada por Sartre. Militó por un periodismo crítico y por la búsqueda de la verdad como esencia. El pensamiento y la filosofía de Camus estuvieron en desavenencia y disputa ontológica con Sartre y con el existencialismo de su nausea, sin propósito, sin finalidad para el hombre y el mundo. Luchó contra el estalinismo y toda forma de dictadura.
Influido por el pensamiento de Nietzche y su amor la tragedia griega, es heredero directo de todos los padres de la filosofía y del pensamiento político que sustentan nuestros modernos conceptos occidentales del mundo: la libertad, la democracia, el estado de derecho y la laicidad. Su construcción filosófica y su activismo no se dejaron abatir por la derrota y el fracaso del hombre, que sí supura su obra literaria.
Y es aquí donde tenemos las dos caras de la moneda del propio ser humano: por una parte, sus personajes literarios representan la indiferencia, la imposibilidad de cambiar el futuro, el absurdo de la existencia; quizás ese existencialismo que él intentaba superar de Sartre. Y por otro lado, su pensamiento y compromiso político nos revelan a un hombre comprometido con su tiempo, postulando con vehemencia la lucha continua por la libertad y la militancia proactiva con la idea del cambio.
No debemos olvidar de donde proceden nuestros conceptos que nos han liberado de la antigua servidumbre, y que al mismo tiempo nos ha lanzado a una lucha sin cuartel a defender los valores que creemos que deben regir a una sociedad de hombres libres. Y aunque a éstas alturas de posmodernidad tecnológica y materialismo científico, nos parezca anticuado ese discurso, sabemos perfectamente, después de haber conseguido los preceptos democráticos, que seguimos siendo siervos de una sociedad de consumo que nos aparta de la naturaleza y que utiliza nuevas formas de esclavización.
Camus, reivindicó la naturaleza de la obra de su admirado Nietzsche con la buena intención de limpiar su imagen del negativismo nihilista y del mal uso y apropiación que había hecho el nazismo de ella.

En El hombre rebelde dedica parte de la obra a esclarecer el pensamiento de Nietzsche, al que le dedica el capítulo «Nietzsche y el nihilismo». En este ensayo filosófico, trata de aclarar su postura ante el nihilismo negador de todos los valores, para fundar el nihilismo que afirma, que crea, que construye una jerarquía de nuevos valores con el propósito de denunciar los regímenes totalitarios en una búsqueda continua de justicia laica. Hay un punto medular en su visión del hombre y su filosofía cuando dice que:

«No hay pensamiento absolutamente nihilista, sino, quizás, en el suicidio»

Y éste es un punto esencial en su filo-literatura que queda expresado muy bien en El mito de Sísifo. Aquí suicidio y absurdo van de la mano en esa piedra que carga Sísifo a su espalda, planteando el absurdo de la existencia humana y sus categorías.

«No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía.
Las demás, si el mundo tiene tres dimensiones, o si el espíritu tiene nueva o doce categorías, viene a continuación
»

En el comienzo de El mito de Sísifo revela la esencia de este pensamiento:

«Los dioses habían condenado a Sísifo a rodar sin cesar una roca hasta la cima de una montaña desde donde la piedra volvería a caer por su propio peso. Habían pensado con algún fundamento
que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza
»

Para Camus, Premio Nobel de Literatura en 1957, predecesor de Juan Ramón Jiménez y antecesor de Boris Pasternak, el suicido es el contrario a la vida y al absurdo de ésta, que toda vida lleva implícito, y por supuesto no lo justifica, sino todo lo contrario: reivindica al hombre rebelde ante las injusticias, ante los órdenes establecidos. Hace de él un ser social y comprometido, pero consciente de su absurdo final, como bien plantea en El hombre rebelde:

«La conclusión final del razonamiento del absurdo es, en efecto, el rechazo del suicidio
y el mantenimiento de esa confrontación desesperada entre la interrogación humana y el silencio del mundo
»

Dioses, fundamentos, naturaleza, condena, esperanza, inutilidad, castigo, destino. En este ensayo encontramos ya todo el humanismo moralista de Camus.

Y centrándonos en la cuestión literaria, Camus postuló por la novela como filosofía: por la literatura filosófica. Dijo, que una novela no es más que una filosofía puesta en imágenes, y, que si se quería ser filosofo había que escribir novelas. Y desde luego, no hay más que leer El extranjero. En El mito de Sísifo, vemos a un hombre insatisfecho de su condición humana, al amparo de los mitos griegos. Para Camus, la literatura, lo que llamamos ficción, debía ser la expresión de los conceptos filosóficos del artista.
El extranjeroLa caídaLa peste y El huésped, son novelas mayores de la literatura europea en las que el premio nobel reflexiona profundamente sobre la condición humana y su destino. Quizás, sea El extranjero la novela que mejor condensa el absurdo y la indiferencia del destino y de la muerte, donde la luz tiene una importancia vital en el hombre del sur que él mismo representaba, con un concepto de lo trágico que ha de ser superado por la vida. Juicio, acción y castigo para poner en valor la absurdidad de la justicia de los hombres.
Por las novelas Camus planea la sombra de Kafka. El extranjero y La Peste son grandes obras que me sugieren al escritor Checo. Y con el teatro quiere dar un paso más; ya no se conforma con la novela, quiere encumbrar al teatro a una categoría superior con CalígulaEstado de sitio y Los justos.

El 4 de enero de 1960, murió en un automòvil, estrellado contra un árbol en el Facel Vega 500 de su editor y amigo. El accidente se produjo por el reventón de una rueda, a 113 kilómetros de París, cerca de La Capelle Champagny, impactando violentamente contra un plátano, único árbol de una recta de 5 km. Conducía su editor Michel Gallimard, que murió unos días después. Viajaban también la esposa de éste y su hija de 15 años que salieron ilesas. Llevaba con él La gaya ciencia y un manuscrito de El primer hombre, novela en la que trabajaba a modo de autobiografía, publicada inconclusa por su hija Catherine en 1994. En ella el autor evoca su nacimiento y juventud en su querida Argelia de pobreza, en la que el futbol y el teatro ocupaban su interés juvenil. La muerte feliz fue publicada también inconclusa en el 71.

Hay algo muy importante para comprender a Camus, como a cualquier hombre, y es la infancia. Su madre era de origen español, de una humilde familia menorquina. A él le gustaba alardear de sangre española. Catalina Elena Sintes era una mujer taciturna, sentada siempre al lado de una ventana, en la oscuridad –palabras del propio Camus en El primer hombre–. Era sorda y analfabeta; no hace falta añadir nada más… Yo, me la imagino vestida de negro con un pañuelo en la cabeza y zapatillas de esparto mirando al vacio de una ventana sobre la luz de un desierto, mirando hacia ese vacío que habita en el corazón de Monsieur Meursault, protagonista de El extranjero. Camus la debía amar profundamente como muestra esta declaración que escribió:

«Ninguna causa, aunque sea inocente y justa, me separará jamás de mi madre, que es la causa más importante».

Y que pronunció en su discurso del Premio Novel. Qué declaración reveladora… No es de extrañar que en El extranjero la figura de la madre sea un eje fundamental en el argumento, y por lo que se le condena a muerte a Mersault: por su incapacidad de amar a la madre como justificación de una naturaleza depravada que lo enajena como ser humano, y por eso, por su incapacidad de amar a la madre, es capaz de cometer el peor de los crímenes: cuestión que justifica su sentencia a muerte. La justicia de los hombres cae sobre aquél incapaz amar a la madre. La madre como principio de vida.
Y su madre, la de Camus, guardaba ese trozo de metralla que asesinó a su marido un 11 de octubre de 1911, en una caja de galletas, quedando viuda con dos niños pequeños. Tras la muerte de su esposo se trasladaron de Mondovia a Argel, quedando Catalina con los dos pequeños bajo la tutélela de la madre de su marido, al parecer una autoritaria suegra. Catalina debió ser una mujer peculiar, quien sabe si llegó a vislumbrar cómo moriría su hijo. Dicen que las personas con minusvalías desarrollan ciertas capacidades. Que siniestra metáfora para la muerte del gran escritor.

Finaliza 2010 y con él el cincuentenario de la muerte de Albert Camus, un buen pensador y sobre todo un gran escritor que ha influido poderosamente en toda una generación de escritores, y que sin duda, seguirá haciéndolo a quienes lean su obra. Una obra truncada por una muerte inapropiada, como siempre suele ocurrir con ella.

Mercedes de Vega


martes, 19 de octubre de 2010

Alzheimer

Alzheimer I

Llegó al mostrador de facturación algo fatigado de tanto andar por los largos pasillos colapsados, pidiendo perdón con amabilidad, a la gente que se apretaba en sus filas sin dejar pasar a nadie. Después de tropezarse con varios carritos cargados de maletas, llegó a su ansiada meta el uno de agosto. La azafata miró asombrada su billete y le dijo con cariño que su avión había despegado el año pasado. El hombre, con ojos de incredulidad, lo guardó en el abrigo y se fue para casa. Pensó para consolarse que un olvido lo tiene cualquiera.




Alzheimer II

El uno de agosto llamó a un taxi. Le dijo al conductor que le llevara a…, bueno, a ese lugar donde hay tantos aviones. El taxista le dejó en la puerta de un enorme edificio. El hombre, se maravilló al ver las aeronaves colgadas en los altos techos del…, curioso, al ver esos cacharros metálicos se acordó del nombre: eso es, aeropuerto, ¡estaba en el aeropuerto! Se acercó al mostrador para sacar la tarjeta de embarque. Le entregó a la azafata el billete, ella lo leyó atentamente y llamó al supervisor. Hablaban entre ellos. Le miraban. Al final, la azafata amablemente le dijo con una linda sonrisita, que por exceso de tráfico aéreo se había cancelado su vuelo. El hombre se encogió de hombros y le dio las gracias sin entender qué podía haber pasado. Dobló cuidadosamente el billete, lo guardó en la gabardina y salió por una puerta en la que estaba escrito: Le esperamos de nuevo en el Museo de Aviación. Gracias por su visita. Y tomó un taxi de regreso.


Alzheimer III

Sonó el despertador a las nueve de la mañana. Se levantó muy contento y vio su maleta preparada al lado de la cama. Se duchó, se afeitó canturreando delante del espejo; se vistió, chequeó el billete, se puso su mejor abrigo y cogió la maleta. Con ella en la mano dio varias vueltas por la habitación; se sentó en la silla, se puso a pensar y, al final, con una mueca de resignación en el rostro, dejó la maleta en el suelo y se sentó en la cama. No recordaba lo que tenía que hacer esa mañana. Ni siquiera recordó qué día era.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Miguel Delibes, sociólogo accidental


Con la muerte de Miguel Delibes se cierra definitivamente una época de España, concluye (esperemos que no regrese nunca) la larguísima etapa de pobreza y oscurantismo de la sociedad rural española, que desaparece también con Delibes. Un autor profundamente castellano que escribió con una visión realista y sin nostalgia del pasado, con toda la dureza de un presente fracasado por la guerra civil, la posguerra y la dictadura, y que marcó su mirada del español de mitades del siglo XX. Con todas sus miserias y esperanzas.
La vida en el campo, el paisaje humano y geográfico de Castilla, la diferencia de clases en el espacio rural, que aliena por igual al terrateniente y al siervo, representa el imaginario más potente y creativo de su narrativa.

Su escritura se desarrolla principalmente en la ruralidad española, tan denostada por sí misma y que el autor Vallisoletano recrea con el realismo de la propia experiencia, cultivando en el fracaso de sus personajes caminos de optimismo y ternura. En El Camino (1950), nos muestra el mundo de la infancia, de la muerte; el idealismo juvenil que luego se esfuma como el humo de una hoguera; la naturaleza y el paisaje que tan presente está en todas sus obras, utilizando un lenguaje claro y sencillo, tan reconocible y familiar para el lector, que hace de él su mejor recurso.

Miguel Delibes atesora en sus páginas un conocimiento profundo del campo castellano, de la caza, de la botánica, de la pesca, de los útiles propios de una sociedad rural que experimentaba la naturaleza con toda su potencia y sus recursos, también con toda su miseria, describiéndola con la precisión técnica propia de un científico, que es a la vez poeta de un pueblo humillado y dominado por la estructura oligárquica de la antigua España.
Retrató al hombre rural en su propio hábitat como ningún otro autor del siglo XX, con el lenguaje del hombre humilde y rendido, consciente de su experiencia vital, sin artificios ni experimentaciones narrativas, con un estilo trasparente, costumbrista y tradicional que le alza precisamente hacia lo complejo y universal. Delibes utilizó una riqueza de términos asombrosa y abundantísima, gran experto del discurso popular, usando un caudal de refrenes y dichos, expresiones y locuciones populares que atesora en toda su obra, y nos muestra su discurso a través de las voces de sus personajes que se camuflan entre los rastrojos y los páramos con la escopeta al hombro.
Gran amante y experto conocedor del campo y de la caza en todos sus términos, reivindicando la simbiosis del hombre con su medio; el hombre cazador que se une con la naturaleza en la más primitiva de las asociaciones, en un respeto profundo, absoluto y sensible por orden natural del la vida y de la muerte.
Miguel Delibes, Camilo José Cela, Buero Vallejo, Torrente Ballester, Carmen Laforet, son autores que nacieron antes de la guerra civil, y que la posguerra les conduce a una escritura nacida en la experiencia de la desmoralización, del escepticismo y la desorientación. Son nuestros grandes narradores de la generación del 36 definidos por el realismo social.

Casi todas sus novelas se escenifican en el espacio angosto del pueblo o de la pequeña ciudad de provincias, donde el dominio y la violencia esclavizan al individuo y cercenan su libertad a la servidumbre del cacique. Cinco horas con Mario (1966), se desarrolla en el espacio estanco del monólogo interior de una mujer que conversa con su difunto esposo, profesor e intelectual comprometido, recurriendo a la dialéctica del reproche, de la confrontación y la denuncia de dos visiones distintas del mundo; de la relación de pareja y del fracaso social, y de su propia soledad y frustración como mujer en la encrucijada de las dos Españas. Quizás sea Las ratas (1962), una de sus novelas más duras, en la que un niño de once años y su padre tienen por hogar una cueva donde sobreviven cazando ratas, a la merced del dominio oligárquico en el que el drama está servido.
Delibes entra en el rango del observador etnográfico que mira, escucha, registra, anota y distribuye el material de campo con el que elabora su narrativa, sus personajes, los dramas humanos que son fiel reflejo de su observación profunda y científica del contexto social y microsocial de su entorno, trabajando como el etnógrafo y el sociólogo. Y es así como elaboran su escritura los escritores realistas que aspiran a ser fiel testigo y testimonio del hombre de su época.

Con el paso de los años, la obra de Delibes da fe de un comportamiento humano y una estructura social que se ha transformado radicalmente hacia los valores de la equidad y la justicia con el proceso de democratización de la sociedad española, a raíz de aquel gran pacto de estado que supuso la transición, el estado de derecho y la democracia.
En Los santos inocentes (1981), nos dibuja un retrato cruel y certero de una conciencia social deshumanizada y en descomposición, pone de manifiesto su reivindicación de justicia social, y proporciona un auténtico testimonio de la época en que vivieron los padres y los abuelos de la actual generación de jóvenes de las nuevas tecnologías y del ocio masivo, que ya, no reconocen en la obra de Delibes al español medio que resistía en nuestros pueblos y ciudades no hace más de veinte años.
Quizá no falten ahora autores que testifiquen nuestras formas actuales de vida en el pueblo o en la pequeña ciudad (son abundantes los escritores que lo abordan), y que indudablemente tanto ha cambiado para mimetizarse con la libre impersonalidad urbana de las últimas décadas; pero desde luego, con la profundidad y el oído atento que puso Miguel Delibes, con su observación minuciosa y literal del medio, su esperanza y humanidad, desbordan cualquier consideración que rechace su actualidad.

Miguel Delibes fue un gran observador de la interacción del individuo en el angosto espacio social en continuo conflicto que se desarrolla en las décadas de los 40 a los 80 en la sociedad española, y se alza como el mejor de los sociólogos de una época que desaparece con él. Su escritura desvela no sólo las formas de vida y costumbres de Castilla y de los pueblo de España que salieron hacia otro continente en busca de pan o de grandeza, sino de toda una nación que se transformó radicalmente en el siglo XX, ya irreconocible en la obra de Delibes, pero quizá todavía con las mismas pasiones.

Artículo publicado en la revista El Extramundi y los Papeles de Iria Flavia, Nº LXII.