jueves, 17 de octubre de 2013

Haruki Murakami: entre oriente y occidente


Haruki Murakami: entre oriente y occidente
Por Antonio Garrido Domínguez

Reseña de no ficción del libro de Justo Sotelo, 
Los mundos de Haruki Murakami.

Tendremos que esperar un año más para celebrar el Premio Nobel que tan justamente se merece el escritor japonés.
Mi profesor y amigo Antonio Garrido Domínguez, nos disecciona el ensayo de Justo, y nos explica con brillantez, que:

"Justo Sotelo responde a un patrón de escritor no tan habitual como pudiera parecer a primera vista. Que un catedrático de economía escriba novelas cuenta con una tradición relativamente larga –J. L. Sampedro constituye un buen ejemplo, además de reciente- pero no lo es tanto que, además de escribir, se interese por un tipo de estudios –como los de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada- volcados en la reflexión sobre los principios, métodos y conceptos por los que se regula el análisis y comprensión de los textos literarios. 

Este proceso ha culminado con la elaboración de una tesis doctoral –que yo he dirigido al lado de Fernando Rodríguez Lafuente- en torno a un concepto central de la moderna teoría de la ficción: el de mundo posible o mundo ficcional. Al margen de otras consideraciones, el trabajo de Justo Sotelo pone ante todo de manifiesto el valor de las ideas para el estudio de la literatura y cómo, lejos de desvirtuar su vivencia, ayudan a profundizar en el conocimiento de las singularidades que le son propias. El autor hace un uso excelente del concepto de mundo ficcional para explicar el oficio de novelar de H. Murakami, escritor que encarna en grado eminente la mayoría de los rasgos más característicos de la narrativa actual. Desde otro punto de vista, el libro de Justo Sotelo –Los mundos de Haruki Murakami, Madrid, Izana Editores, 2013- viene a ratificar la rentabilidad de determinados conceptos nacidos en el ámbito filosófico aclimatados posteriormente, como ha ocurrido tantas veces, al campo de la reflexión literaria. La inspiración procede en este caso de uno de los grandes teóricos de la ficción literaria, Lubomir Dolezel, y, más específicamente, la propuesta formulada en uno de sus libros más importantes: Heterocósmica. A su luz, Justo Sotelo acomete el análisis de los universos creados por el autor japonés.

Para empezar, cabe decir que Murakami construye mundos de la más diversa índole, que van de los más apegados a la realidad empírica hasta los más alejados de ella, pasando por versiones mestizas (que son ciertamente las más abundantes). En ellos puede encontrarse desde un realismo a lo Carver hasta lo real maravilloso, aunque el predominio corresponde a los mundos híbrido o diádicos, esto es, a aquellos en los que conviven con toda normalidad lo natural y lo sobrenatural (el borrado de fronteras, en suma). En el primer supuesto entrarían Tokio blues, Al sur de la frontera o After Dark, mientras Sputnik, mi amor, Kafka en la orilla, La caza del carnero salvaje, Crónica del pájaro que dio cuerda al mundo, El fin del mundo o 1Q84 responderían a las exigencias del segundo. Como señala el autor del ensayo, la transición de lo real a lo maravilloso/fantástico o viceversa resulta muy fluida y se efectúa habitualmente a través de una serie de conductos muy diversos como túneles, pasadizos, pozos, callejones, espejos, el carnero salvaje, etc. Su cometido consiste fundamentalmente en conectar los dominios que integran un mundo diádico que, como se ha dicho, es el tipo de mundo con el que opera habitualmente Murakami. Es decisivo, en este sentido, el análisis de los diversos códigos que regulan o determinan el comportamiento de los personajes en su interior: el código alético –facilita la explicación de la mitología como mezcla de la natural y lo sobrenatural-, deóntico –relacionado con lo permitido o la prohibición-, axiológico –el bien y el mal- y el epistémico, vinculado al conocimiento. Para completar el catálogo de rasgos de los mundos ficcionales de Murakami, hay que mencionar la importancia de lo extraño, lo onírico y el simbolismo.

Aunque constituye una dimensión fundamental de la cultura japonesa, el simbolismo se apoya en este caso tanto en referentes orientales –en especial, el asociado a los gatos- como occidentales: destaca el vinculado a las grandes tragedias griegas, la búsqueda de la eterna juventud, etc. Pero la trascendencia de lo occidental se manifiesta sobre todo en las frecuentes referencias a la música, además de la literatura: Bach, Beatles, Beethoven, Bergson, Borges, Carver, Chandler, Hemingway, el jazz, Kafka, Michael Jackson, Mozart, Nietzsche, Orwell, Proust, Puig, Salinger… Este hecho ha llevado a algunos críticos –sobre todo, japoneses- a definir a Murakami como un escritor occidentalizado. Se trata sin duda de una calificación abusiva: Murakami, recalca Justo Sotelo, es un autor japonés hasta la médula por mucho que maneje –y con gran solvencia- determinados referentes de la otra parte del mundo. Su imaginario se nutre de elementos tomados de ambas culturas.

Otros aspectos de la obra del autor japonés tratados en este ensayo son los temas y, muy en especial, el tipo de personajes. Entre los primeros hay uno fundamental: las relaciones de pareja y, más específicamente, el reiterado abandono de los hombres por las mujeres de su entorno (madre, novia, hermana, amante). De ahí la abundancia de personajes solitarios, desarraigados, que pueblan las novelas de Murakami. No pocos de estos personajes son adolescentes, que tienden a prolongar esta etapa de su vida; en suma, personajes en formación. De ahí también la nostalgia que envuelve muchas de las narraciones y también que los géneros literarios mejor representados sean la vieja novela de pruebas –el relato de las aventuras a lo largo de un camino- y la de formación o aprendizaje. Particularmente interesante es la galería de mujeres que aparecen en sus historias: mucho más ricas en matices y comportamientos que sus correlatos masculinos. La mayoría de los personajes tiene en común la afición a la lectura. Otro motivo temático importante es el del doble (tan importante en la tradición literaria a partir de E. A. Poe). Resulta fácil suponer que en una novelística cuyas historias se sitúan permanentemente en un territorio que bascula entre el realismo y lo maravilloso la autentificación –esto es, la credibilidad de lo que se cuenta y sus fundamentos- se convierta en un asunto de gran trascendencia. Como es lógico, la legitimación de las historias resulta obvia en las narraciones realistas y contadas desde la tercera persona y mucho más problemática en las que no lo son y recurren a la primera. La mayoría de las novelas de Murakami recurre a este procedimiento, aunque no faltan los relatos sin autentificar -La caza del carnero, sin ir más lejos- que contravienen abiertamente las leyes del mundo de la experiencia.

Finalmente, Sotelo alude a lo que podríamos denominar conciencia crítica o social de Murakami respecto de los poderes que controlan el mundo actualmente: los medios de comunicación, las finanzas y otros, como el erotismo y la mente, que tienen que ver más con el mundo interior del individuo.
En suma, Justo Sotelo ha escrito un excelente ensayo en el que desmonta y vuelve a montar pieza a pieza el delicado mecanismo sobre el que descansa el oficio narrativo de Harumi Murakami. Es un trabajo exhaustivo y entusiasta realizado por un verdadero experto en la obra del autor japonés, en el que el lector no solo recibirá mucha información sobre él sino sobre el difícil arte de la narración. Léanlo, antes o después de zambullirse en la lectura de sus novelas, y, sin duda, me darán la razón".


Antonio Garrido Domínguez es Catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada de la Universidad Complutense de Madrid. 

Justo Sotelo: Los mundos de Haruki Murakami (Izana, 2013).

lunes, 9 de septiembre de 2013

Vídeo reportaje de El profesor de inglés


El 26 de julio, en Nueva York, la cadena internacional CRN, para la televisión por cable, me hizo un estupendo reportaje sobre mi novela El profesor de inglés, en su presentación como novedad editorial.

Rodamos en el Boulevard East de Nueva Jersey. Es uno de los paisajes urbanos más conmovedores que hay del planeta: el perfil de la ciudad de Manhattan, junto al Hudson river. Fue una buena experiencia y un gran momento para El profesor de inglés.





Report The English teacher






miércoles, 10 de julio de 2013

Emmet Gowin, la mirada del intimismo americano

Edith, Danville, Virginia, 1967 © Emmet Gowin
Si Hopper dialoga con el vacío y la soledad urbana, enajenando al individuo de cualquier rasgo espiritual, automatizando la vida moderna, como vimos en la inolvidable exposición de Madrid en el museo Thyssen Bornemitza, Emmet Gowin, ahora y hasta el 1 septiembre en la sala Azca, Fundación Mapfre, nos ofrece un viaje al intimismo sureño. Este fotógrafo de Danville (Virginia, 1941), enamorado de Edith, su mujer, hasta lo más íntimo, la retrata siguiendo la estela de la vida: desde su más tierna juventud a la madurez más realista: embarazada de su hijo Isaak, de espaldas, su rostro mil veces, bañándose en el río con los senos descubiertos con la misma naturalidad con la que uno se baña en el río de la vida, y decenas de retratos intensos, vigorosos y sinceros. Y de esto último entiende el artista que arrebata al tiempo su faceta más cruel: la de mostrarnos el paso de los años en cada instantánea en blanco y negro, y viradas en sepia con ese tono del tiempo pasado.

Me han impresionado todos los retratos de Edith Morris, en las formas más íntimas y cotidianas de la vida rural en su espacio americano y sureño. Y mientras me increpaba el realismo y la magia de lo natural, me venía a la cabeza la escritura de William Faulkner. Hay un hilo de seda que une a estos tres autores, cada uno en su disciplina estética: pintura, fotografía y escritura. Relaciones que no he podido obviar al contemplar la primera época de la fotografía de Emmet Gowin, que con un realismo que sobresalta, muestra su intimidad domestica para hacerla universal, haciendo de ella arte y sensaciones. 

En la segunda parte de la exposición encontramos su segunda época: fotografía aérea, compromiso con la naturaleza y juegos de sombras que complementan el universo estético del fotógrafo que pasó por Granada, retratando también desde el cielo la tierra andaluza. Una sensacional exposición retrospectiva de Emmet Gowin en la Fundación Mapfre, Madrid.

Transcribo las propias palabra de Gowin como declaración del artista:

"Considero mi obra como varias hebras del mismo hilo. Mi evolución desde un enfoque intimista, centrado en la familia y en su entorno más inmediato hasta una toma de conciencia más amplia del paisaje y una aceptación de la era nuclear fue un paso natural y necesario para mí. Al retroceder en el espacio físico y mental, pude ver no solo que nuestra familia tenía un sitio en la Tierra y era sustentada por ella, sino que la tierra vegetal y biológica nos había hecho a todos.
Tuvimos nuestros orígenes en el sueño de las estrellas. Con el paso el tiempo nos convertimos en los pensamientos de la materia y en su conciencia".

Emmet Gowin. Fundación Mapfre. Sala Azca. Avenida del General Perón, 40. Madrid. Hasta el 1 de septiembre.

viernes, 31 de mayo de 2013

NUEVO LIBRO DE MERCEDES DE VEGA, EL PROFESOR DE INGLÉS

NOVEDAD EDITORIAL
NOVELA


Una oscura y poderosa historia de amor y de pérdida. Dos ejes que atraviesan la novela para ofrecernos el retrato de un hombre que no se liberó de los fantasmas de la infancia y del abandono y que lleva el desencanto inoculado como una enfermedad. Un criminal motivado por el acto de amor más absoluto y ruin: el asesinato de su mujer. Ha pagado su condena por el crimen, pero solo ante los hombres. Él sigue buscando la expiación en un continuo arrepentimiento con la sombra de la culpa siempre pisándole los talones.

Con un tono intimista, que nos envuelve desde el principio, la autora nos ofrece con El profesor de inglés una lección conmovedora.

Sinopsis:

El atractivo profesor Elías Vaiser, licenciado en Filología Inglesa en el Trinity Collegge de Dublín, sale de la cárcel y emigra a Galicia. Ha encontrado trabajo como profesor de inglés en un internado para alumnos difíciles. Quiere olvidar su crimen en un recóndito lugar, en una esquina del mapa, donde nadie irá a molestarle ni a pedirle cuentas, y que hasta el recuerdo y la memoria pueden dormir tranquilamente sin llegar a despertarse del todo. Un pueblo con gente extraña, vinculada por parentescos y vidas marcadas. La historia se trenza alrededor de Elías y tres personajes femeninos en una red de relaciones difíciles y amorosas. Se desarrolla en Noia (Galicia), Madrid, Dublín y Londres.

Huerga & Fierro Editores, presenta en La Feria del Libro de Madrid, El profesor de inglés. 
La autora estará firmando en la caseta 250 de la editorial, el día 9 de junio, de 12:00 a 14:30 horas.





domingo, 28 de abril de 2013

Desaparecido



Microrrelato


Un temblor precipitó su caída hacia la cama,
y sin poder despedirse de su amada, 
el colchón se lo tragó. 

Ella todavía le está buscando.






Mujer acostada en el colchón, 1974, Darío Morales.

domingo, 3 de marzo de 2013

Leche de coco y crema de bananas


 Relato publicado en Cuentos del Sismógrafo

 

He de empezar por lo importante, recordando el áspero gusto a higo chumbo que me produjo la mirada de Alberto cuando lo conocí. Cómo lentamente el olor de su cuerpo se iba convirtiendo en un aroma dulzón y áspero que me recordaba al de la leche cortada. Me causó esa grata impresión que posee para mí la belleza mantecosa. Apenas hube mantenido las primeras impresiones con él, la acidez que contenía nuestros primeros saludos por el parque, junto a una emoción repulsiva, dieron paso a la sensación de licuarme en su mirada. Cuando le observaba hablar tirando de la correa de su perro, mi holgada falda disimilaba la húmeda y correosa excitación que se producía en mi cuerpo. Esta transformación se produjo en el trascurso de una sesión de cine erótico a la que me invitó tras entablar nuestra segunda y tímida conversación en el parque de Berlín.  

     Conocí a Alberto una tarde de intenso calor de verano. El bochorno abrasador nos arrojaba de nuestros incandescentes y minúsculos apartamentos de la calle Pradillo. Los edificios que bordean el parque se desvanecían tras diez horas expuestos al sol inclemente del mes de Julio de Madrid. Ambos solíamos pasear a nuestros perros por el parque, del que todavía somos vecinos. Nos habíamos visto en numerosas ocasiones alrededor del pequeño estanque, a la entrada de Concha Espina, pero hasta entonces nos esquivábamos con timidez mientras nuestros perros se olfateaban atrozmente. 

          Aquella tarde, la que inauguró nuestra historia, al principio, él me pareció un chaval ásperamente gordo y seboso, como embadurnado en mantequilla. Le sudaba la frente, brillante y grasienta. Llevaba una perilla a lo Adolfo Bécquer que me pareció intelectual y morbosa. Vestía con ropa escandalosa de surfista que le queda muy grande; ideal para ocultar su amorfo y celulítico cuerpo, tras el despiste de un deporte para flacos. La verdad: sus camisas de verdes chirriantes y naranjas calientes grabadas con motivos surferos de Tarifa, le daban un aire de chico desesperado en busca de una tabla de surf con dos tetas bien puestas con la que surcar las olas del verano madrileño.

     Pensé entonces que era un tipo desesperado, como tantos otros, por olor a mar y a caracola, en estado de castigo en la meseta castellana, suspirando por un trocito de sal marina entre los dientes y pidiendo a gritos ser rescatado de la sosa y aburrida sequía de su cuerpo. 

     Yo, que hasta en la poca agua que concentra mi bañera me puedo ahogar, decidí aceptar un pequeño chapuzón bajo las olas de la camisa de Alberto y surfear en la butaca de un cine porno por las magrosidades de su cuerpo. Subir y bajar por las sudorosas olas de su piel; entrar y salir por los recovecos de sus tintineantes michelines; deslizarme por sus pantalones buscando la isla prohibida entre sus piernas, balancearme por una rama de su palmera y rebozarme entre la arena de su playa desbordada. 

¡Ah…! Excelente prefacio para un rato de surf. Lo recuerdo tan bien como si lo tuviera delante. Quedamos en la puerta del cine Max, sólo para adultos de la calle Arapiles. La película se titulaba Sabor a mar. No podía haber en el mundo un nombre mejor para quienes añoran el gusto del líquido salado. Alberto y yo, en cuanto tomamos posesión de nuestras butacas y empezó la película, comenzamos a balancearnos de aquí para allá, hacia arriba y hacia abajo, hacia fuera y hacia adentro. Las protagonistas del film, dos rubias bañistas despampanantes tan desnudas como vinieron a este mundo, hacían saltar a los peces del agua en cabriolas indescriptibles. Las dos eróticas sirenas iban acompañadas por cuatro estrellas masculinas del cine porno que alardeaban de miembros febriles a punto de estallar, desperdigando sus humores por la playa. Rojos y calientes, los actores destacaban sobre la blanca arena como cangrejos apareados, sembrando por la arena a los pocos minutos leche de coco y crema de banana. 

     A Alberto se le movían las chichas en obsceno vaivén según avanzaba la película, y el roce de sus carnes producían un ruido lujurioso, semejante al frote de las patas de las cigarras, eso me provocaba una febril excitación. Su olor a sudor salado, mezcla de berberechos y boquerones en vinagre, hacían de mí una cueva marina bajo el mar Mediterráneo, en la que Alberto, ya sin pantalones piratas, entraba y salía buceando con mi pez en su boca. 

     En la oscuridad del cine, no nos percatamos de la audiencia, pensando que todos estarían disfrutando al regocijo playero del penetrante argumento y de la belleza y el exceso de sus protagonistas; pues la verdad, ni Alberto ni yo, con mis 120 kilos, pudimos imaginar que todo el mundo nos miraba enfebrecido, y en un flash de lucidez nos dimos cuenta que, durante toda la película, los protagonistas de Sabor a mar éramos nosotros en el oscuro decorado del cine Max.  

Para nuestra sorpresa al encender las luces todos los espectadores estaban de pie aplaudiéndonos, entusiasmados por nuestra lujosa actuación. Fue una interpretación tan realista que nuestros asientos, como tablas de surf, nadaban en mil piruetas sobre olas de leche de coco y crema de banana que Alberto y yo derramamos con valentía.

     Después de tres años juntos nos amamos locamente y, aprovechando que la obesidad está de moda, nos hemos hecho actores de cine triunfando por todo Madrid como estrellas de mar.

 

Mercedes de Vega

 


Relato publicado en Cuentos del Sismógrafo