martes, 7 de diciembre de 2010

Camus y la literatura como filosofía



Hay vidas que caben en una caja de galletas, vidas que se convierten en un trozo de metralla y quedan olvidadas en el ruido de las guerras; en una lata como sepultura.
El mundo está lleno de tragedias y de muerte, y las guerras de la primera mitad del siglo XX determinaron la vida y la obra de Camus y de toda una generación de pensadores, de artistas, de filósofos, y de hombres sencillos… que veían cómo la bella Europa se desangraba en guerras e ideologías totalitarias que la sembraban de muerte y horror.
Y mientras el pequeño Albert aprendía a andar en su ciudad natal de Mondovi, Argelia, su padre moría en plena batalla, apenas a unos kilómetros de donde el propio Camus se la dejaría 46 años después en un accidente de automóvil. El destino a veces nos prepara encuentros siniestros.
Me imagino cómo debió ser para Camus crecer sin haber conocido a su padre, mirar de reojo aquella lata de galletas, seguro que debajo de la cama, o en el estante de un armario en la cocina donde su madre debía esconderla y en la que guardaba ese pequeño fragmento de metralla que lo dejó huérfano en la batalla del río Marne, hermoso afluente del Sena, cerca de París en el otoño de 1914, cuando él apenas había cumplido once mes y recién comenzada la Primera Guerra Mundial –el 28 de julio al declarar Austria la guerra a Serbia–.

Albert Camus nació en Argelia en 1913. Pertenecía a una familia pied-noir –franceses nacidos en Argelia y colonos emigrados–.
Filósofo, escritor y dramaturgo, creador de la filosofía del absurdo, como su destino y el de toda una generación que vivió las guerras y revoluciones del siglo pasado, y del anterior, de éste, y de los que seguirán mientras el hombre siga siendo ese lobo que es para sí mismo. Creció en plena guerra de las colonias y pronosticó con una gran visión la llega de las dictaduras a los países descolonizados de esa forma tan brutal como la que dio lugar a la guerra de independencia de Argelia.
Nadie como él representa la dicotomía humana, la contraposición de dos posturas filosóficas: Rousseau Vs Hobbes. Su filosofía contrasta con su obra literaria, que en mi opinión, lleva el espíritu de Rousseau, por muy nietzcheniano y existencialista que muchos piensan que fue. La naturaleza del hombre en Camus es buena, cree en la bondad del ser humano: el mal, viene después, negando el pecado original. Hay una frase en El contrato social de Rousseau que expresa muy bien el sentimiento político de Camus: « Renunciar a la libertad es renunciar a la cualidad de hombres, a los derechos de humanidad e incluso a los deberes». Luchó por la liberación de la esclavitud de los oprimidos, por la rebelión de los pueblos sometidos. Reivindicó al hombre bueno, la lucha por la nobleza y la sencillez criticada por Sartre. Militó por un periodismo crítico y por la búsqueda de la verdad como esencia. El pensamiento y la filosofía de Camus estuvieron en desavenencia y disputa ontológica con Sartre y con el existencialismo de su nausea, sin propósito, sin finalidad para el hombre y el mundo. Luchó contra el estalinismo y toda forma de dictadura.
Influido por el pensamiento de Nietzche y su amor la tragedia griega, es heredero directo de todos los padres de la filosofía y del pensamiento político que sustentan nuestros modernos conceptos occidentales del mundo: la libertad, la democracia, el estado de derecho y la laicidad. Su construcción filosófica y su activismo no se dejaron abatir por la derrota y el fracaso del hombre, que sí supura por su obra literaria.
Y es aquí donde tenemos las dos caras de la moneda del propio ser humano: por una parte, sus personajes literarios representan la indiferencia, la imposibilidad de cambiar el futuro, el absurdo de la existencia; quizás ese existencialismo que él intentaba superar de Sartre. Y por otro lado, su pensamiento y compromiso político nos revelan a un hombre comprometido con su tiempo, postulando con vehemencia la lucha continua por la libertad y la militancia proactiva con la idea del cambio.
No debemos olvidar de donde proceden nuestros conceptos que nos han liberado de la antigua servidumbre, y que al mismo tiempo nos ha lanzado a una lucha sin cuartel a defender los valores que creemos que deben regir a una sociedad de hombres libres. Y aunque a éstas alturas de posmodernidad tecnológica y materialismo científico, nos parezca anticuado ese discurso, sabemos perfectamente, después de haber conseguido los preceptos democráticos, que seguimos siendo siervos de una sociedad de consumo que nos aparta de la naturaleza y que utiliza nuevas formas de esclavización.
Camus, reivindicó la naturaleza de la obra de su admirado Nietzsche con la buena intención de limpiar su imagen del negativismo nihilista y del mal uso y apropiación que había hecho el nazismo de ella. En El hombre rebelde dedica parte de la obra a esclarecer el pensamiento de Nietzsche, al que le dedica el capítulo «Nietzsche y el nihilismo». En este ensayo filosófico, trata de aclarar su postura ante el nihilismo negador de todos los valores, para fundar el nihilismo que afirma, que crea, que construye una jerarquía de nuevos valores con el propósito de denunciar los regímenes totalitarios en una búsqueda continua de justicia laica. Hay un punto medular en su visión del hombre y su filosofía cuando dice que:

«No hay pensamiento absolutamente nihilista, sino, quizás, en el suicidio»

Y éste es un punto esencial en su filo-literatura que queda expresado muy bien en El mito de Sísifo. Aquí suicidio y absurdo van de la mano en esa piedra que carga Sísifo a su espalda, planteando el absurdo de la existencia humana y sus categorías.

«No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía.
Las demás, si el mundo tiene tres dimensiones, o si el espíritu tiene nueva o doce categorías, viene a continuación
»

En el comienzo de El mito de Sísifo revela la esencia de este pensamiento:

«Los dioses habían condenado a Sísifo a rodar sin cesar una roca hasta la cima de una montaña desde donde la piedra volvería a caer por su propio peso. Habían pensado con algún fundamento
que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza
»

Para Camus, Premio Nobel de Literatura en 1957, predecesor de Juan Ramón Jiménez y antecesor de Boris Pasternak, el suicido es el contrario a la vida y al absurdo de ésta, que toda vida lleva implícito, y por supuesto no lo justifica, sino todo lo contrario: reivindica al hombre rebelde ante las injusticias, ante los órdenes establecidos. Hace de él un ser social y comprometido, pero consciente de su absurdo final, como bien plantea en El hombre rebelde:

«La conclusión final del razonamiento del absurdo es, en efecto, el rechazo del suicidio
y el mantenimiento de esa confrontación desesperada entre la interrogación humana y el silencio del mundo
»

Dioses, fundamentos, naturaleza, condena, esperanza, inutilidad, castigo, destino. En este ensayo encontramos ya todo el humanismo moralista de Camus.

Y centrándonos en la cuestión literaria, Camus postuló por la novela como filosofía: por la literatura filosófica. Dijo, que una novela no es más que una filosofía puesta en imágenes, y, que si se quería ser filosofo había que escribir novelas. Y desde luego, no hay más que leer El extranjero. En el Mito de Sísifo, vemos a un hombre insatisfecho de su condición humana, al amparo de los mitos griegos. Para Camus, la literatura, lo que llamamos ficción, debía ser la expresión de los conceptos filosóficos del artista.
El extranjero, La caída, La peste y El huésped, son novelas mayores de la literatura europea en las que el premio nobel reflexiona profundamente sobre la condición humana y su destino. Quizás, sea El extranjero la novela que mejor condensa el absurdo y la indiferencia del destino y de la muerte, donde la luz tiene una importancia vital en el hombre del sur que él mismo representaba, con un concepto de lo trágico que ha de ser superado por la vida. Juicio, acción y castigo para poner en valor la absurdidad de la justicia de los hombres.
Por las novelas Camus planea la sombra de Kafka. El extranjero y La Peste son grandes obras que me sugieren al escritor Checo. Y con el teatro quiere dar un paso más; ya no se conforma con la novela, quiere encumbrar al teatro a una categoría superior con Calígula, Estado de sitio y Los justos.

El 4 de enero de 1960, murió estrellado contra un árbol en el Facel Vega 500 de su editor y amigo. El accidente se produjo por el reventón de una rueda, a 113 kilómetros de París, cerca de La Capelle Champagny, impactando violentamente contra un plátano, único árbol de una recta de 5 km. Conducía su editor Michel Gallimard, que murió unos días después. Viajaban también la esposa de éste y su hija de 15 años que salieron ilesas. Llevaba con él La gaya ciencia y un manuscrito de El primer hombre, novela en la que trabajaba a modo de autobiografía, publicada inconclusa por su hija Catherine en 1994. En ella el autor evoca su nacimiento y juventud en su querida Argelia de pobreza, en la que el futbol y el teatro ocupaban su interés juvenil. La muerte feliz fue publicada también inconclusa en el 71.


Hay algo muy importante para comprender a Camus, como a cualquier hombre, y es su infancia. Su madre era de origen español, de una humilde familia menorquina. A él le gustaba alardear de sangre española. Catalina Elena Sintes era una mujer taciturna, sentada siempre al lado de una ventana, en la oscuridad –palabras del propio Camus en El primer hombre–. Era sorda y analfabeta; no hace falta añadir nada más… Yo, me la imagino vestida de negro con un pañuelo en la cabeza y zapatillas de esparto mirando al vacio de una ventana sobre la luz de un desierto, mirando hacia ese vacío que habita en el corazón de Monsieur Meursault, protagonista de El extranjero. Camus la debía amar profundamente como muestra esta declaración que escribió:

«Ninguna causa, aunque sea inocente y justa, me separará jamás de mi madre, que es la causa más importante».

Y que pronunció en su discurso del Premio Novel. Qué declaración reveladora... No es de extrañar que en El extranjero la figura de la madre sea un eje fundamental en el argumento, y por lo que se le condena a muerte a Mersault: por su incapacidad de amar a la madre como justificación de una naturaleza depravada que lo enajena como ser humano, y por eso, por su incapacidad de amar a la madre, es capaz de cometer el peor de los crímenes: cuestión que justifica su sentencia a muerte. La justicia de los hombres cae sobre aquél incapaz amar a la madre. La madre como principio de vida.
Y su madre, la de Camus, guardaba ese trozo de metralla que asesinó a su marido un 11 de octubre de 1911, en una caja de galletas, quedando viuda con dos niños pequeños. Tras la muerte de su esposo se trasladaron de Mondovia a Argel, quedando Catalina con los dos pequeños bajo la tutélela de la madre de su marido, al parecer una autoritaria suegra. Catalina debió ser una mujer peculiar, quien sabe si llegó a vislumbrar cómo moriría su hijo. Dicen que las personas con minusvalías desarrollan ciertas capacidades. Que siniestra metáfora para la muerte del gran escritor.


Finaliza 2010 y con él el cincuentenario de la muerte de Albert Camus, un pensador y sobre todo un gran escritor que ha influido poderosamente en toda una generación de escritores, y que sin duda, seguirá haciéndolo a quienes lean su obra. Una obra truncada por una muerte inapropiada, como siempre suele ocurrir con ella.